viernes, 5 de junio de 2020

La biblioteca del Cornudo


“El cielo y el infierno me parecen desproporcionados: las acciones de los hombres no merecen tanto.” Jorge Luís Borges
El siguiente relato le parecerá, lector, de lo más increíble; sin embargo, puedo jurar –aunque solo sea por mí mismo- que ocurrió de verdad.
Me llamo Luís. El apellido carece de importancia; elija usted, lector, el que más le guste. Por mi parte, reconozco que, desde que tengo uso de razón, viví en Rosario, gran ciudad moderna y cosmopolita, y que lo que estoy a punto de contarle haya sucedido en dicha ciudad suma, me parece, ironía y perplejidad, a medidas justas, al suceso.
Tras finalizar la escuela secundaria en pleno año 1984, poco después del regreso de la democracia, preferí, a mi manera, hacer la carrera de letras. Fue así que alternaba, casi todos los días de la semana, las clases matutinas, los almuerzos y meriendas vespertinas en un café del centro  y las juntadas con amigos –de la secundaria los lunes y los martes, de la universidad los jueves y viernes-, mientras que los fines de semana, los pasaba en la casa de mis padres de zona oeste, ya que durante la semana vivía en un departamento de alquiler –sumamente pequeño- de la calle Córdova, a una cuadra de la facturad. Hacía dos años, había conocido a Ariadna, una bella chica rubia, lista y de gustos similares, sobre todo en temas de literatura. Cuando, dos o tres veces al mes, nos reuníamos los dos para debatir los temas en los cafés y en mi departamento.
En una de esas afortunadas ocasiones, y en compañía tanto de Ariadna como de mis amigos de la facultad –ella, que había decidido hacer la carrera de profesora de escuela primaria, decía que las carreras universitarias eras demasiado largas y complicadas-, Lorenzo –uno de mis amigos- me comentó de la existencia de una biblioteca que, nueva en su aparición, acababa de inaugurar su apertura hacía dos semanas. Pero, me advirtió, no estaba cerca; de hecho, encontrándose en una calle ignota de zona norte, era prácticamente desconocida.
-Estaría bueno conocerla. Ya saben, por acá sólo hay librerías, y el café sólo está abierto en invierno. En verano, sólo la facultad tiene sus puertas abiertas a gente como nosotros, y no estoy para hablar de crítica o teoría en mis ratos libres –comenté.
-¿Cómo se llama? –preguntó Ariadna, interesada.
-Es algo curioso. Se llama La biblioteca del Cornudo.
-¡Ah, ése sí que es un nombre curioso! ¿Por qué será, acaso el bibliotecario tendrá fama de cornudo? –comentó Juan, riéndose.
Días más tarde, decidí permutar allí. Era una biblioteca algo pequeña, de paredes grises tanto por dentro como pro fuera, con autores clásicos: Sófocles, Dante, Shakespeare. Nada de escritores locales, algo que, de por sí, ya me llamó la atención desde el primer instante. En la mesa del bibliotecario, un fornido hombre de tez blanca, cabello negro y ojos grises, todo vestido de verde, con una capa multicolor, estaba leyendo una edición antigua de La divina comedia. Lo más llamativo de su conjunto era un enorme sombrero de ala ancha, de color marrón, bastante raído y polvoriento, como si nunca se lo hubiese quitado para lavarlo.
-¿Nada nacional? ¿Borges? ¿Cortázar? ¡Piglia? ¿Nada?
-Es lo que hay, señor. Si no le gusta, se jode.
-Ah, ¿con que es usted el Cornudo?
De golpe, el bibliotecario dejó su libro, cerrándolo en medio de una página con un marcador lleno de polvo y se levantó, furioso. Por un momento creí que me gritaría para que me largara, pero, de la nada, pareció cambiar de opinión y, extrañamente, sonrió.
-Ah, no importa. ¿Conoce La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne?
-¿Qué?
-Oh, es una vieja novela norteamericana. Sobre cómo una mujer que engaña a su marido es repudiada por su comunidad. Bueno, es una de mis lecturas favoritas. El nombre de mi biblioteca es una broma acerca de ese libro.
-Uh, entonces tiene sentido. Perdone mi impertinencia. Por cierto, me llamo Luís.
-Tiverio. Es la primera vez que visita una biblioteca, ¿me equivoco?
-Ah, ¿Tiverio? ¿Como el emperador romano? ¿Qué coincidencia!
-Cosas de la vida. Por lo menos usted no se llama Jorge, como Borges.
-Bueno, me llamo como Borges, su segundo nombre de pila era Luís.
-Da igual. ¿Viene a leer algo o a fastidiarme el día? Perdone, desde que mi esposa murió hace cosa de veinte años, vivo retraído. Un sobrino mío me sugirió que pusiera esta biblioteca con todos los libros que he ido comprando a lo largo de los años. Si no ve nada nacional o local, es culpa mía, nunca fui muy aficionado a la literatura argentina. Pero ¡eh, mire! ¡Tenemos a Poe, a Shakespeare! Yo digo que son joyas.
-Sí, supongo que tiene razón. Bueno, Poe está entre mis lecturas de preferencia. Supongo que puedo leer algo suyo mientras. Por cierto, ¿es de acá? ¿O viene de otro país? He notado que su acento es algo... extravagante.
-Soy de... eh, Creta. Quiero decir, mis padres eras de Grecia. Yo nací aquí, a finales de los años 30.
-Ah, qué interesante. Un hijo de inmigrantes griegos, Cosa poco común en este país.
A la semana siguiente, les comenté a mis amigos sobre ese singular sitio. Aunque todos se rieron al comentar yo la vestimenta del bibliotecario, se decepcionaron al saber que no tenía nada nuevo. A pesar de ello, insistí en volver. Después de todo, en esa biblioteca habían al menos unos cinco mil libros. Una tarde de sábado, que decidí saltarme la rutinaria visita a mis padres –ya que ellos dijeron que no importaba si ese día no los iba a ver, cosa algo tranquilizante, ya que papá es un seguidor incondicional de todo lo que tenga que ver con las milicias españolas, por su vocación de historiador militar, y mamá insiste en que Ariadna y yo deberíamos apurarnos en casarnos-, descubrí que Ti –como comencé a llamarlo- poseía todo el teatro clásico conservado; las obras completas de Platón, Aristóteles y Cicerón. Mi ánimo aumentó cuando, el miércoles siguiente, día que aprovechaba para pasear a mi perro –Sócrates-, luego del paseo de media tarde, preferí volver y descubrí, extasiado, que tenía la obra completa del autor de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doile. Lo felicité más tarde por dicho hallazgo, pero él no pareció sorprendido.
Lo raro fue que, un buen día de ese invierno, Francisco, hermano mayor de Ariadna, se topó conmigo a la salida del café. Yo estaba solo ese día. Por un instante esperé que me incordiara por salir con su hermana, pero lo que me dijo me dejó sin habla.
-¿Vos conocés lo que dicen sobre el tal Tiverio, ese bibliotecario rarito? Un vecino suyo me dijo que es mentira eso de que su esposa murió hace muchos años, supuestamente de una fuerte gripe. Dice que él la mató. Por lo demás, no se le conoce otra familia. Te digo, Luís, ese hombre es un loco y un psicópata. No volvás más a esa biblioteca del infierno.
-Si eso es cierto, ¿por qué nadie se lo ha dicho a la policía?
-Nadie pudo probar nunca nada en su contra. Pero Luís, ¡ese hombre es violento! ¡Sádic!
-Nah, es un aburrido, pero nada más.
Era lunes, pero ese mismo miércoles, a media tarde, decidí ir y preguntárselo personalmente. Para mi asombro, Tiverio me miró como un loco y me dijo:
-¿De dónde sacó usted que alguna vez yo tuve esposa?
-¡usted mismo me lo dijo, el primer día que entré aquí!
-Ah, qué raro. No recuerdo haberle dicho nada de eso.
Hasta aquí, nada fuera de lo común. Lo extraño, querido lector, ocurrió el viernes. Yo volvía a la biblioteca, a devolver un ejemplar gastado de las Tragedias de Sófocles.
Al entrar a la biblioteca, me llamó la atención el hecho de que todo estuviera a oscuras. ¿Y Tiverio? No estaba por ninguna parte, ese viejo cascarrabias.
Al buscarlo más profundamente en el lugar, un escalofrío me recorrió la columna. De pronto, la biblioteca me pareció mucho más grande. Los ejemplares de Shakespeare, de Poe y de Platón se entremezclaron, inexplicablemente, con nuevos tomos que, hasta entonces,  nunca habían estado allí, que yo recordara. Vi libros de Freud, Kafka, hasta viejísimas y empolvadas ediciones de biblias del siglo XIX. Mi sorpresa fue aumentando hasta descubrir enormes libros en latín, con apariencia de haber salido directamente de la Edad Media. Se preguntará, lector, cómo podía leer los títulos sin luz, pero allí, una serie de antorchas, interpuestas dos a cada lado de los pasillos, se intercalaban a cada diez metros, expeliendo una fantasmal luminiscencia. Estuve a punto de gritar de puro terror al internarme en una sección donde una enorme estatua de una de las Gorgonas de la mitología griega, Medusa, tan realista que su cara me petrificó, aunque para mi suerte, sólo metafóricamente.
-¿Ti-Tiverio?
Mi voz se perdió entre las estanterías y los pasillos. Trastabillé al chocar con una pared, no de madera sino de piedra. Resbalando, estuve a punto de darme de cabeza contra la próxima estantería, pero fui capaz de sostenerme de un saliente, descubriendo, anonadado, que mis dedos acababan de rozar un pergamino. Al retirarlo a la luz de una de las antorchas, mis ojos se agrandaron como platos: ¡era griego antiguo!
De repente, escuché una risa cavernosa. Fue cuando arrojé el pergamino a ninguna parte y corrí sin un objetivo claro durante los próximos cinco minutos. El terror ofuscó mi corazón, en aquel sitio de pesadilla, en que acababa de convertirse la biblioteca.
Llegué a una pared sin salida, en la que me apoyé, sin aliento. Di un gritito de miedo al sentir una mano en mi espalda, pero volví en mi razón al encontrarme con Tiverio, el bibliotecario, sonriéndome y con una antorcha en una mano.
-¡Oh, qué alivio! ¿Qué es todo esto? ¿Qué está pasando?
-Tenía usted razón, mi buen amigo –me dijo en un susurro-. Sí que tuve esposa, pero murió, hace ya veinte años. Ah, cierto. No murió, yo la maté. ¿Y Sabe qué más?
-¿Q-qué más?
-Venga. Acompáñeme.
-¿Por qué debería hacerlo?
Sin responderme, el ahora ruin Tiverio comenzó a alejarse, así que me vi obligado a seguirlo. Nos detuvimos a mitad de un enorme pasillo, donde la estatua de bronce de un gigantesco toro nos ofrecía su flanco izquierdo.
-No le he contado toda mi historia. ¿Ha oído o leído, alguna vez, el mito del minotauro? Borges le dedicó un relato memorable, por lo que debería conocer la historia.
-Eh, bueno, sí. A ver... Minos, el rey de Creta, se negaba a sacrificar un magnífico ejemplar de un toro a Poseidón... ¿O era Zeus? Y a cambio, el dios castigó al rey haciendo que su esposa, Pasifae, se enamore de ese mismo toro, dando a luz al minotauro. El rey le encargó a Dédalo crear un gigantesco laberinto en el que encierra al minotauro, pero al saber que también había creado el toro de bronce donde la reina y el toro tuvieron su momento, también lo encerró a él. Y también está lo de Ariadna y Teseo.
-Ya lo entendió, ¿no?
-Un momento. ¿Ese toro de antes es...?
-Sí. Y esta biblioteca, como se podrá imaginar, es el laberinto.
-¡Imposible! ¡Teseo mató al minotauro! Además, estoy diciendo tonterías. Sólo es un mito.
-¿Esto le parece un mito?
De repente, Tiverio, el bibliotecario, experimentó una espantosa transformación ante mis propios ojos. Creció en altura, unos dos metros, su cabeza se infló, como un globo de aire, y su extravagante sombrero salió volando, revelando un par de enormes cuernos grisáceos, de al menos cincuenta centímetros cada uno.
-La humanidad es ingenua. Olvida su pasado, lo entierra y lo convierte todo en un mito. Por ejemplo, cree que el minotauro es un mito de los antiguos griegos, además de que ese mismo minotauro no sólo no existió, sino que era un bruto sin cerebro, falto de lenguaje y de inteligencia. Pues no. Porque el minotauro soy yo. Y esta vez, Teseo no está para matarme. Usted no es ningún héroe. Sólo es un simple estudiante universitario, un lector vago y con pocas pretensiones. ¡Y va a ser mi cena!
Una vez más, me descubrí corriendo, derribando la enorme estatua de Medusa a mi espalda, convirtiéndola en un pequeño muro, que me dio unos segundos de tiempo. Sin embargo, escuché cómo el monstruo la partía en pedazos, persiguiéndome airado. Pensé: ¿qué puede matar a un minotauro? Yo no era un héroe, pero al menos tampoco era un tonto. Al girar la siguiente esquina, reparé en una de las estanterías, de madera polvorienta, llena de antiguos pergaminos en griego. La estantería estaba a punto de caerse, y fue entonces que elaboré un plan.
Detrás de mí, Tiverio, el minotauro, me alcanzaba. Me di la vuelta para contemplarlo, con sus enormes colmillos y sus gigantescos cuernos.
-¡Va a morir, señor Luís!
-¡Al menos, no moriré solo! ¡Los dos moriremos!
Haciendo palanca a mi izquierda, conseguí derrumbar la primera de las estanterías. En un efecto de Dominó, el resto fue cayéndose sobre nosotros. Sonriendo, vi, satisfecho, cómo las más cercanas a mi agresor, hechas de piedra, lo sepultaban, mientras expulsaba un último alarido de dolor y frustración. Mientras cerraba mis ojos, despidiéndome de este mundo cruel, me arrodillé entre los escombros, rezando para que esta historia no cayera también en el olvido, con el rostro entre un par de pergaminos en blanco. La última estantería se desplomó sobre mi cabeza, sin permitirme siquiera despedirme en buenos términos de todo lo que alguna vez había conocido. Recuerdo que, para mi sorpresa, y a pesar de que en ese siniestro antro nunca hallé ninguna ventana, pude escuchar a lo lejos, entre sollozos, una serie de gritos y lamentos.
-¡No! ¡El primero me abandona en una isla solitaria, el segundo me abandona en la soledad de la vida, ya en su muerte!
-No te preocupés. Éste no era tu Teseo. No tenía nada que ver con un héroe.


Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986) fue un escritor de cuentos, ensayista, poeta y traductor argentino y una figura clave tanto para la literatura en habla hispana como para la literatura universal. Entre sus escritos más conocidos se encuentran El Aleph, La biblioteca de Babel, La casa de Asterión, Las ruinas circulares, Emma Zunz, La trama y Tema del traidor y del héroe.
Dedico mi relato a este genial escritor de nuestra literatura argentina.