“El cielo y
el infierno me parecen desproporcionados: las acciones de los hombres no
merecen tanto.” Jorge Luís Borges
El
siguiente relato le parecerá, lector, de lo más increíble; sin embargo, puedo
jurar –aunque solo sea por mí mismo- que ocurrió de verdad.
Me llamo
Luís. El apellido carece de importancia; elija usted, lector, el que más le
guste. Por mi parte, reconozco que, desde que tengo uso de razón, viví en
Rosario, gran ciudad moderna y cosmopolita, y que lo que estoy a punto de
contarle haya sucedido en dicha ciudad suma, me parece, ironía y perplejidad, a
medidas justas, al suceso.
Tras
finalizar la escuela secundaria en pleno año 1984, poco después del regreso de
la democracia, preferí, a mi manera, hacer la carrera de letras. Fue así que
alternaba, casi todos los días de la semana, las clases matutinas, los
almuerzos y meriendas vespertinas en un café del centro y las juntadas con amigos –de la secundaria
los lunes y los martes, de la universidad los jueves y viernes-, mientras que
los fines de semana, los pasaba en la casa de mis padres de zona oeste, ya que
durante la semana vivía en un departamento de alquiler –sumamente pequeño- de
la calle Córdova, a una cuadra de la facturad. Hacía dos años, había conocido a
Ariadna, una bella chica rubia, lista y de gustos similares, sobre todo en
temas de literatura. Cuando, dos o tres veces al mes, nos reuníamos los dos
para debatir los temas en los cafés y en mi departamento.
En una de
esas afortunadas ocasiones, y en compañía tanto de Ariadna como de mis amigos
de la facultad –ella, que había decidido hacer la carrera de profesora de
escuela primaria, decía que las carreras universitarias eras demasiado largas y
complicadas-, Lorenzo –uno de mis amigos- me comentó de la existencia de una
biblioteca que, nueva en su aparición, acababa de inaugurar su apertura hacía
dos semanas. Pero, me advirtió, no estaba cerca; de hecho, encontrándose en una
calle ignota de zona norte, era prácticamente desconocida.
-Estaría
bueno conocerla. Ya saben, por acá sólo hay librerías, y el café sólo está
abierto en invierno. En verano, sólo la facultad tiene sus puertas abiertas a
gente como nosotros, y no estoy para hablar de crítica o teoría en mis ratos
libres –comenté.
-¿Cómo se
llama? –preguntó Ariadna, interesada.
-Es algo curioso.
Se llama La biblioteca del Cornudo.
-¡Ah, ése
sí que es un nombre curioso! ¿Por qué será, acaso el bibliotecario tendrá fama
de cornudo? –comentó Juan, riéndose.
Días más
tarde, decidí permutar allí. Era una biblioteca algo pequeña, de paredes grises
tanto por dentro como pro fuera, con autores clásicos: Sófocles, Dante,
Shakespeare. Nada de escritores locales, algo que, de por sí, ya me llamó la
atención desde el primer instante. En la mesa del bibliotecario, un fornido
hombre de tez blanca, cabello negro y ojos grises, todo vestido de verde, con
una capa multicolor, estaba leyendo una edición antigua de La divina comedia.
Lo más llamativo de su conjunto era un enorme sombrero de ala ancha, de color
marrón, bastante raído y polvoriento, como si nunca se lo hubiese quitado para
lavarlo.
-¿Nada
nacional? ¿Borges? ¿Cortázar? ¡Piglia? ¿Nada?
-Es lo que
hay, señor. Si no le gusta, se jode.
-Ah, ¿con
que es usted el Cornudo?
De golpe,
el bibliotecario dejó su libro, cerrándolo en medio de una página con un
marcador lleno de polvo y se levantó, furioso. Por un momento creí que me
gritaría para que me largara, pero, de la nada, pareció cambiar de opinión y,
extrañamente, sonrió.
-Ah, no
importa. ¿Conoce La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne?
-¿Qué?
-Oh, es una
vieja novela norteamericana. Sobre cómo una mujer que engaña a su marido es
repudiada por su comunidad. Bueno, es una de mis lecturas favoritas. El nombre
de mi biblioteca es una broma acerca de ese libro.
-Uh,
entonces tiene sentido. Perdone mi impertinencia. Por cierto, me llamo Luís.
-Tiverio.
Es la primera vez que visita una biblioteca, ¿me equivoco?
-Ah,
¿Tiverio? ¿Como el emperador romano? ¿Qué coincidencia!
-Cosas de
la vida. Por lo menos usted no se llama Jorge, como Borges.
-Bueno, me
llamo como Borges, su segundo nombre de pila era Luís.
-Da igual.
¿Viene a leer algo o a fastidiarme el día? Perdone, desde que mi esposa murió
hace cosa de veinte años, vivo retraído. Un sobrino mío me sugirió que pusiera
esta biblioteca con todos los libros que he ido comprando a lo largo de los
años. Si no ve nada nacional o local, es culpa mía, nunca fui muy aficionado a
la literatura argentina. Pero ¡eh, mire! ¡Tenemos a Poe, a Shakespeare! Yo digo
que son joyas.
-Sí,
supongo que tiene razón. Bueno, Poe está entre mis lecturas de preferencia.
Supongo que puedo leer algo suyo mientras. Por cierto, ¿es de acá? ¿O viene de
otro país? He notado que su acento es algo... extravagante.
-Soy de...
eh, Creta. Quiero decir, mis padres eras de Grecia. Yo nací aquí, a finales de
los años 30.
-Ah, qué
interesante. Un hijo de inmigrantes griegos, Cosa poco común en este país.
A la semana
siguiente, les comenté a mis amigos sobre ese singular sitio. Aunque todos se
rieron al comentar yo la vestimenta del bibliotecario, se decepcionaron al
saber que no tenía nada nuevo. A pesar de ello, insistí en volver. Después de
todo, en esa biblioteca habían al menos unos cinco mil libros. Una tarde de
sábado, que decidí saltarme la rutinaria visita a mis padres –ya que ellos
dijeron que no importaba si ese día no los iba a ver, cosa algo tranquilizante,
ya que papá es un seguidor incondicional de todo lo que tenga que ver con las
milicias españolas, por su vocación de historiador militar, y mamá insiste en
que Ariadna y yo deberíamos apurarnos en casarnos-, descubrí que Ti –como
comencé a llamarlo- poseía todo el teatro clásico conservado; las obras
completas de Platón, Aristóteles y Cicerón. Mi ánimo aumentó cuando, el
miércoles siguiente, día que aprovechaba para pasear a mi perro –Sócrates-,
luego del paseo de media tarde, preferí volver y descubrí, extasiado, que tenía
la obra completa del autor de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doile. Lo felicité
más tarde por dicho hallazgo, pero él no pareció sorprendido.
Lo raro fue
que, un buen día de ese invierno, Francisco, hermano mayor de Ariadna, se topó
conmigo a la salida del café. Yo estaba solo ese día. Por un instante esperé
que me incordiara por salir con su hermana, pero lo que me dijo me dejó sin
habla.
-¿Vos
conocés lo que dicen sobre el tal Tiverio, ese bibliotecario rarito? Un vecino
suyo me dijo que es mentira eso de que su esposa murió hace muchos años,
supuestamente de una fuerte gripe. Dice que él la mató. Por lo demás, no se le
conoce otra familia. Te digo, Luís, ese hombre es un loco y un psicópata. No
volvás más a esa biblioteca del infierno.
-Si eso es
cierto, ¿por qué nadie se lo ha dicho a la policía?
-Nadie pudo
probar nunca nada en su contra. Pero Luís, ¡ese hombre es violento! ¡Sádic!
-Nah, es un
aburrido, pero nada más.
Era lunes,
pero ese mismo miércoles, a media tarde, decidí ir y preguntárselo
personalmente. Para mi asombro, Tiverio me miró como un loco y me dijo:
-¿De dónde
sacó usted que alguna vez yo tuve esposa?
-¡usted
mismo me lo dijo, el primer día que entré aquí!
-Ah, qué
raro. No recuerdo haberle dicho nada de eso.
Hasta aquí,
nada fuera de lo común. Lo extraño, querido lector, ocurrió el viernes. Yo
volvía a la biblioteca, a devolver un ejemplar gastado de las Tragedias de
Sófocles.
Al entrar a
la biblioteca, me llamó la atención el hecho de que todo estuviera a oscuras.
¿Y Tiverio? No estaba por ninguna parte, ese viejo cascarrabias.
Al buscarlo
más profundamente en el lugar, un escalofrío me recorrió la columna. De pronto,
la biblioteca me pareció mucho más grande. Los ejemplares de Shakespeare, de
Poe y de Platón se entremezclaron, inexplicablemente, con nuevos tomos que,
hasta entonces, nunca habían estado
allí, que yo recordara. Vi libros de Freud, Kafka, hasta viejísimas y
empolvadas ediciones de biblias del siglo XIX. Mi sorpresa fue aumentando hasta
descubrir enormes libros en latín, con apariencia de haber salido directamente
de la Edad Media. Se preguntará, lector, cómo podía leer los títulos sin luz,
pero allí, una serie de antorchas, interpuestas dos a cada lado de los
pasillos, se intercalaban a cada diez metros, expeliendo una fantasmal
luminiscencia. Estuve a punto de gritar de puro terror al internarme en una
sección donde una enorme estatua de una de las Gorgonas de la mitología griega,
Medusa, tan realista que su cara me petrificó, aunque para mi suerte, sólo
metafóricamente.
-¿Ti-Tiverio?
Mi voz se
perdió entre las estanterías y los pasillos. Trastabillé al chocar con una
pared, no de madera sino de piedra. Resbalando, estuve a punto de darme de cabeza
contra la próxima estantería, pero fui capaz de sostenerme de un saliente,
descubriendo, anonadado, que mis dedos acababan de rozar un pergamino. Al
retirarlo a la luz de una de las antorchas, mis ojos se agrandaron como platos:
¡era griego antiguo!
De repente,
escuché una risa cavernosa. Fue cuando arrojé el pergamino a ninguna parte y
corrí sin un objetivo claro durante los próximos cinco minutos. El terror
ofuscó mi corazón, en aquel sitio de pesadilla, en que acababa de convertirse
la biblioteca.
Llegué a
una pared sin salida, en la que me apoyé, sin aliento. Di un gritito de miedo
al sentir una mano en mi espalda, pero volví en mi razón al encontrarme con
Tiverio, el bibliotecario, sonriéndome y con una antorcha en una mano.
-¡Oh, qué
alivio! ¿Qué es todo esto? ¿Qué está pasando?
-Tenía
usted razón, mi buen amigo –me dijo en un susurro-. Sí que tuve esposa, pero
murió, hace ya veinte años. Ah, cierto. No murió, yo la maté. ¿Y Sabe qué más?
-¿Q-qué
más?
-Venga.
Acompáñeme.
-¿Por qué
debería hacerlo?
Sin
responderme, el ahora ruin Tiverio comenzó a alejarse, así que me vi obligado a
seguirlo. Nos detuvimos a mitad de un enorme pasillo, donde la estatua de
bronce de un gigantesco toro nos ofrecía su flanco izquierdo.
-No le he
contado toda mi historia. ¿Ha oído o leído, alguna vez, el mito del minotauro?
Borges le dedicó un relato memorable, por lo que debería conocer la historia.
-Eh, bueno,
sí. A ver... Minos, el rey de Creta, se negaba a sacrificar un magnífico
ejemplar de un toro a Poseidón... ¿O era Zeus? Y a cambio, el dios castigó al
rey haciendo que su esposa, Pasifae, se enamore de ese mismo toro, dando a luz
al minotauro. El rey le encargó a Dédalo crear un gigantesco laberinto en el
que encierra al minotauro, pero al saber que también había creado el toro de
bronce donde la reina y el toro tuvieron su momento, también lo encerró a él. Y
también está lo de Ariadna y Teseo.
-Ya lo
entendió, ¿no?
-Un
momento. ¿Ese toro de antes es...?
-Sí. Y esta
biblioteca, como se podrá imaginar, es el laberinto.
-¡Imposible!
¡Teseo mató al minotauro! Además, estoy diciendo tonterías. Sólo es un mito.
-¿Esto le
parece un mito?
De repente,
Tiverio, el bibliotecario, experimentó una espantosa transformación ante mis
propios ojos. Creció en altura, unos dos metros, su cabeza se infló, como un
globo de aire, y su extravagante sombrero salió volando, revelando un par de
enormes cuernos grisáceos, de al menos cincuenta centímetros cada uno.
-La
humanidad es ingenua. Olvida su pasado, lo entierra y lo convierte todo en un
mito. Por ejemplo, cree que el minotauro es un mito de los antiguos griegos,
además de que ese mismo minotauro no sólo no existió, sino que era un bruto sin
cerebro, falto de lenguaje y de inteligencia. Pues no. Porque el minotauro soy
yo. Y esta vez, Teseo no está para matarme. Usted no es ningún héroe. Sólo es
un simple estudiante universitario, un lector vago y con pocas pretensiones. ¡Y
va a ser mi cena!
Una vez
más, me descubrí corriendo, derribando la enorme estatua de Medusa a mi
espalda, convirtiéndola en un pequeño muro, que me dio unos segundos de tiempo.
Sin embargo, escuché cómo el monstruo la partía en pedazos, persiguiéndome
airado. Pensé: ¿qué puede matar a un minotauro? Yo no era un héroe, pero al
menos tampoco era un tonto. Al girar la siguiente esquina, reparé en una de las
estanterías, de madera polvorienta, llena de antiguos pergaminos en griego. La
estantería estaba a punto de caerse, y fue entonces que elaboré un plan.
Detrás de
mí, Tiverio, el minotauro, me alcanzaba. Me di la vuelta para contemplarlo, con
sus enormes colmillos y sus gigantescos cuernos.
-¡Va a
morir, señor Luís!
-¡Al menos,
no moriré solo! ¡Los dos moriremos!
Haciendo
palanca a mi izquierda, conseguí derrumbar la primera de las estanterías. En un
efecto de Dominó, el resto fue cayéndose sobre nosotros. Sonriendo, vi,
satisfecho, cómo las más cercanas a mi agresor, hechas de piedra, lo
sepultaban, mientras expulsaba un último alarido de dolor y frustración.
Mientras cerraba mis ojos, despidiéndome de este mundo cruel, me arrodillé
entre los escombros, rezando para que esta historia no cayera también en el
olvido, con el rostro entre un par de pergaminos en blanco. La última
estantería se desplomó sobre mi cabeza, sin permitirme siquiera despedirme en
buenos términos de todo lo que alguna vez había conocido. Recuerdo que, para mi
sorpresa, y a pesar de que en ese siniestro antro nunca hallé ninguna ventana,
pude escuchar a lo lejos, entre sollozos, una serie de gritos y lamentos.
-¡No! ¡El
primero me abandona en una isla solitaria, el segundo me abandona en la soledad
de la vida, ya en su muerte!
-No te
preocupés. Éste no era tu Teseo. No tenía nada que ver con un héroe.
Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986) fue un escritor de cuentos, ensayista, poeta y traductor argentino y una figura clave tanto para la literatura en habla hispana como para la literatura universal. Entre sus escritos más conocidos se encuentran El Aleph, La biblioteca de Babel, La casa de Asterión, Las ruinas circulares, Emma Zunz, La trama y Tema del traidor y del héroe.
Dedico mi relato a este genial escritor de nuestra literatura argentina.