La casa
tomada: una reescritura
Desde que vivo acá, en Buenos Aires, he
requerido un buen lugar para vivir, el cual no he encontrado nunca...
Mi hermana y yo fuimos abandonados, según nos
dijeron, cuando yo sólo tenía tres años, y desde entonces una familia humilde
nos cuidó.
Pero cuando crecimos, también requerimos
trabajar, para vivir y sustentar la casa de nuestros padres adoptivos, pero de
todo esto sólo nos dimos cuenta cuando yo ya tenía veinte años, y mi hermana
dieciocho. Fue así, como tomados de empleados ambos por el dueño de una
librería, comenzamos a trabajar de ayudantes suyo, haciendo cualquier tipo de
trabajo: le llevábamos y traíamos papeles, limpiábamos los estantes del negocio
y a veces o casi nunca, también barríamos el lugar, antes de abrir el local o
después de cerrarlo.
Pero al cumplir los veinticinco y veintitrés
años, un día de tantos otros, todo nuestro mundo cambió de golpe y para
siempre.
Estaba yo ordenando unos papeles en el local
un día de poco trabajo, cuando de pronto apareció mi hermana corriendo, agitada
y sollozando.
-Che ¿pero a vos que te pasa?
Mi hermana me contó entre lágrimas, que
nuestro padre había muerto de un ataque al corazón mientras regresaba a casa.
De pronto apareció el jefe, enojado y con los
ojos rojos de ira.
-¡Vean ustedes, esta locura!
Fuimos afuera y vimos como grupos, grandes
grupos de personas, iban cantando algo así como una marcha, mientras levantaban
enormes carteles llenos de símbolos extraños y una imagen, tal vez la de un
político.
-Ese hombre, ¡ese sinvergüenza! ¿Cómo espera
él que yo gane dinero ahora?
-¿De que está hablando? –dijo mi hermana,
confundida.
-Es el gobierno, ¡por Dios! El gobierno... ¿y
quién le dio el poder de decirme a mí que tengo o que no tengo que hacer? Y con
estos guachos acá afuera..., ¡me van a volver loco! ¿Quién dice que yo tengo
que cumplir con los derechos del trabajador o qué sé yo que cosa? ¡que se vaya
al diablo! Pero al parecer no tengo otra opción.
-No le entendemos nada –dije, enojado.
-Tendré que echarlos, lo siento. Pero no
puedo pagarles más y la policía se acerca. Fue un gusto conocerlos, pero ahora
tendré que decirles adiós.
Nos quedamos estáticos.
-¡Que se larguen, he dicho!
Estaba tan enojado que nos fuimos enseguida,
mientras afuera comenzaba a oscurecer.
-¿Qué vamos a hacer ahora? –me preguntó mi
hermana, llorando.
-Vamos a casa. No podemos hacer otra cosa.
Pero la noche comenzaba a meterse en el cielo
de Buenos Aires, y cuando llegamos a nuestro hogar, encontramos con sorpresa y
horror la casa destruída por un incendio. Corrimos a ver si mamá estaba dentro,
descubriendo aterrorizados que así era, pero que ya no podía salir de ahí.
En shock vimos la escena: nuestra madre
abrazando a nuestro padre, ambos muertos y con una cola de cigarrillo a un
lado, hechos cenizas los muebles.
Comprendiendo que nada quedaba ya por hacer,
corrimos afuera desesperados, como un par de cachorros huérfanos en medio de la
oscura noche.
Ya no había gente en las calles y la ciudad
parecía ahora un desierto frío, con sus casas y edificios como esqueletos de
dinosaurios extintos y sin embargo aún vivos sus cuerpos, vigilantes como
fantasmas de una tierra lejana, lejana y arrebatada por conquistadores feroces,
tierra como la tierra que también a nosotros nos habían arrebatado, como
fantasmas de nuestros padres o de nosotros mismos.
(Cuando era chico, mi único juguete era un
dinosaurio de goma gastada con el que me divertía todo el día).
Yo me mantenía fuerte por fuera mientras mi
hermana lloraba con fuerza, por dentro mi alma era una criatura deforme y
atravesada por un cuchillo de caza como el que usaba el abuelo paterno,
sintiéndonos más desterrados o exiliados de este mundo que fugitivos, primero
sin trabajo y sin padre y ahora también sin madre y sin hogar.
-Tendremos que buscar un lugar para vivir
–dije a un tiempo, cuando mi hermana ya no lloraba.
-¿Pero adónde vamos a ir?
-Algún lugar encontraremos, quizá..., un
momento, ¡mirá eso! Una casa ¡y parece que los dueños duermen!
-No te parece que estaría mal que
intentáramos tomar esta casa? –decía mi hermana, retomando la cordura-.
Acordate de lo que decían mamá y papá: “nunca, por nada del mundo, hagan nada
malo”.
-¡Mamá y papá están muertos! Además no creo
que les importe que aunque sea, pasemos una noche ahí adentro. Sólo será una
noche, no te preocupés.
Entramos pues en la casa. Era inmensa y tenía
muchas habitaciones, según creí en un principio.
Todo estaba muy silencioso, y al llegar a lo
que parecía ser un gran comedor, nos acomodamos como pudimos entre unas cuantas
sillas. Eran finísimas y al menos a mí, me parecieron muy cómodas.
Con miedo oímos una pesada puerta, cerrarse
con fuerza. Ahí en la penumbra ningún otro ruido se escuchaba y suspiramos
aliviados al saber que se cerraba del otro lado.
Caminé hasta un pasillo sigilosamente, para
verificar que nadie estuviera escuchándonos, pero sólo vi una gran puerta
maciza de roble.
Dormimos bien esa noche, pero en cuanto
empezamos a repensar en la idea de irnos, nos quedábamos aún más tiempo.
Ninguno de los dos tenía la intensión de molestar a los dueños de la casa que
nos había permitido conciliar el sueño luego del terrible día anterior, pero
había algo, algo en esa casa que no nos dejaba irnos.
No sé, pero poco a poco se fue adueñando de
nosotros otra idea extraña, muy diferente de la de irnos de ahí y no volver:
que la casa podría ser nuestra (y me sentía tan cómodo y tan libertado de mí
mismo, que la casa sería como nuestra).
Sin embargo teníamos todavía mucho miedo y
nos aterraba el hecho de conocer a los dueños, quienes también tendrían miedo
de nosotros.
Hasta que un día, mientras veía por la
ventana que se iba adentrando la noche como si me adentrara en el centro al
fondo de un mar o de un océano, nos decidimos a que lo mejor sería conocer a
los dueños de la casa, para contarles nuestra situación y ver qué pasaba,
aunque lo más probable sería que llamaran a la policía y nos sacaran a patadas.
Fuimos pues, ante la gruesa puerta de roble e intentamos moverla. Parecía una
piedra egipcia y correrla sería imposible. Hasta que como por arte de magia, se
abrió un poco, y nos animamos a recorrer el lugar en busca de sus dueños.
Había ruido a puertas cerrándose por delante
nuestro, en toda la casa y gente que se alejaba.
-Parece que acaban de salir a algún lado
–dijo mi hermana, confundida.
Nos dirigimos a una de las piezas contiguas
al pasillo. Allí había un par de canastas con ropa a medio tejer y una caja de
estampillas.
Fuimos hacia lo que parecía un zaguán,
descubriendo con sorpresa los hilos de un tejido que corrían desde debajo de la
puerta de ingreso hacia nosotros, desde ahí detrás hasta acá.
-¿y ahora? –preguntó mi hermana.
-¡Qué va! Podés tejer algo, Irene. Quizá un
día yo también aprenda algo, como a leer, para escribir esta historia, sobre la
casa tomada.
Éste es nuestro homenaje a su singular obra inmortal.