miércoles, 26 de agosto de 2020

Reescritura de La casa tomada

A 106 años del nacimiento de Julio Cortázar, publicamos un texto. Una fanfiction de la casa tomada, en homenaje al gran escritor argentino.

La casa tomada: una reescritura
  Desde que vivo acá, en Buenos Aires, he requerido un buen lugar para vivir, el cual no he encontrado nunca...
  Mi hermana y yo fuimos abandonados, según nos dijeron, cuando yo sólo tenía tres años, y desde entonces una familia humilde nos cuidó.
  Pero cuando crecimos, también requerimos trabajar, para vivir y sustentar la casa de nuestros padres adoptivos, pero de todo esto sólo nos dimos cuenta cuando yo ya tenía veinte años, y mi hermana dieciocho. Fue así, como tomados de empleados ambos por el dueño de una librería, comenzamos a trabajar de ayudantes suyo, haciendo cualquier tipo de trabajo: le llevábamos y traíamos papeles, limpiábamos los estantes del negocio y a veces o casi nunca, también barríamos el lugar, antes de abrir el local o después de cerrarlo.
  Pero al cumplir los veinticinco y veintitrés años, un día de tantos otros, todo nuestro mundo cambió de golpe y para siempre.
  Estaba yo ordenando unos papeles en el local un día de poco trabajo, cuando de pronto apareció mi hermana corriendo, agitada y sollozando.
  -Che ¿pero a vos que te pasa?
  Mi hermana me contó entre lágrimas, que nuestro padre había muerto de un ataque al corazón mientras regresaba a casa.
  De pronto apareció el jefe, enojado y con los ojos rojos de ira.
  -¡Vean ustedes, esta locura!
  Fuimos afuera y vimos como grupos, grandes grupos de personas, iban cantando algo así como una marcha, mientras levantaban enormes carteles llenos de símbolos extraños y una imagen, tal vez la de un político.
  -Ese hombre, ¡ese sinvergüenza! ¿Cómo espera él que yo gane dinero ahora?
  -¿De que está hablando? –dijo mi hermana, confundida.
  -Es el gobierno, ¡por Dios! El gobierno... ¿y quién le dio el poder de decirme a mí que tengo o que no tengo que hacer? Y con estos guachos acá afuera..., ¡me van a volver loco! ¿Quién dice que yo tengo que cumplir con los derechos del trabajador o qué sé yo que cosa? ¡que se vaya al diablo! Pero al parecer no tengo otra opción.
  -No le entendemos nada –dije, enojado.
  -Tendré que echarlos, lo siento. Pero no puedo pagarles más y la policía se acerca. Fue un gusto conocerlos, pero ahora tendré que decirles adiós.
  Nos quedamos estáticos.
  -¡Que se larguen, he dicho!
  Estaba tan enojado que nos fuimos enseguida, mientras afuera comenzaba a oscurecer.
  -¿Qué vamos a hacer ahora? –me preguntó mi hermana, llorando.
  -Vamos a casa. No podemos hacer otra cosa.
  Pero la noche comenzaba a meterse en el cielo de Buenos Aires, y cuando llegamos a nuestro hogar, encontramos con sorpresa y horror la casa destruída por un incendio. Corrimos a ver si mamá estaba dentro, descubriendo aterrorizados que así era, pero que ya no podía salir de ahí.
  En shock vimos la escena: nuestra madre abrazando a nuestro padre, ambos muertos y con una cola de cigarrillo a un lado, hechos cenizas los muebles.
  Comprendiendo que nada quedaba ya por hacer, corrimos afuera desesperados, como un par de cachorros huérfanos en medio de la oscura noche.
  Ya no había gente en las calles y la ciudad parecía ahora un desierto frío, con sus casas y edificios como esqueletos de dinosaurios extintos y sin embargo aún vivos sus cuerpos, vigilantes como fantasmas de una tierra lejana, lejana y arrebatada por conquistadores feroces, tierra como la tierra que también a nosotros nos habían arrebatado, como fantasmas de nuestros padres o de nosotros mismos.
  (Cuando era chico, mi único juguete era un dinosaurio de goma gastada con el que me divertía todo el día).
  Yo me mantenía fuerte por fuera mientras mi hermana lloraba con fuerza, por dentro mi alma era una criatura deforme y atravesada por un cuchillo de caza como el que usaba el abuelo paterno, sintiéndonos más desterrados o exiliados de este mundo que fugitivos, primero sin trabajo y sin padre y ahora también sin madre y sin hogar.
  -Tendremos que buscar un lugar para vivir –dije a un tiempo, cuando mi hermana ya no lloraba.
  -¿Pero adónde vamos a ir?
  -Algún lugar encontraremos, quizá..., un momento, ¡mirá eso! Una casa ¡y parece que los dueños duermen!
  -No te parece que estaría mal que intentáramos tomar esta casa? –decía mi hermana, retomando la cordura-. Acordate de lo que decían mamá y papá: “nunca, por nada del mundo, hagan nada malo”.
  -¡Mamá y papá están muertos! Además no creo que les importe que aunque sea, pasemos una noche ahí adentro. Sólo será una noche, no te preocupés.
  Entramos pues en la casa. Era inmensa y tenía muchas habitaciones, según creí en un principio.
  Todo estaba muy silencioso, y al llegar a lo que parecía ser un gran comedor, nos acomodamos como pudimos entre unas cuantas sillas. Eran finísimas y al menos a mí, me parecieron muy cómodas.
  Con miedo oímos una pesada puerta, cerrarse con fuerza. Ahí en la penumbra ningún otro ruido se escuchaba y suspiramos aliviados al saber que se cerraba del otro lado.
  Caminé hasta un pasillo sigilosamente, para verificar que nadie estuviera escuchándonos, pero sólo vi una gran puerta maciza de roble.
  Dormimos bien esa noche, pero en cuanto empezamos a repensar en la idea de irnos, nos quedábamos aún más tiempo. Ninguno de los dos tenía la intensión de molestar a los dueños de la casa que nos había permitido conciliar el sueño luego del terrible día anterior, pero había algo, algo en esa casa que no nos dejaba irnos.
  No sé, pero poco a poco se fue adueñando de nosotros otra idea extraña, muy diferente de la de irnos de ahí y no volver: que la casa podría ser nuestra (y me sentía tan cómodo y tan libertado de mí mismo, que la casa sería como nuestra).
  Sin embargo teníamos todavía mucho miedo y nos aterraba el hecho de conocer a los dueños, quienes también tendrían miedo de nosotros.
  Hasta que un día, mientras veía por la ventana que se iba adentrando la noche como si me adentrara en el centro al fondo de un mar o de un océano, nos decidimos a que lo mejor sería conocer a los dueños de la casa, para contarles nuestra situación y ver qué pasaba, aunque lo más probable sería que llamaran a la policía y nos sacaran a patadas. Fuimos pues, ante la gruesa puerta de roble e intentamos moverla. Parecía una piedra egipcia y correrla sería imposible. Hasta que como por arte de magia, se abrió un poco, y nos animamos a recorrer el lugar en busca de sus dueños.
  Había ruido a puertas cerrándose por delante nuestro, en toda la casa y gente que se alejaba.
  -Parece que acaban de salir a algún lado –dijo mi hermana, confundida.
  Nos dirigimos a una de las piezas contiguas al pasillo. Allí había un par de canastas con ropa a medio tejer y una caja de estampillas.
  Fuimos hacia lo que parecía un zaguán, descubriendo con sorpresa los hilos de un tejido que corrían desde debajo de la puerta de ingreso hacia nosotros, desde ahí detrás hasta acá.
  -¿y ahora? –preguntó mi hermana.
  -¡Qué va! Podés tejer algo, Irene. Quizá un día yo también aprenda algo, como a leer, para escribir esta historia, sobre la casa tomada.

Julio Cortázar (1914-1984), es famoso por novelas como Rayuela, El examen, Historias de cronopios y de famas, y cuentos como La casa tomada o Una noche Boca arriba o. Profundo crítico de la realidad argentina y latinoamericana de su tiempo, candidato al Premio Novel de Literatura en varias ocasiones, docente, traductor, crítico y ensayista, cuentista y poeta. Fue el primer traductor de las obras completas de Edgar Allan Poe al español.
Éste es nuestro homenaje a su singular obra inmortal.