miércoles, 26 de agosto de 2020

Reescritura de La casa tomada

A 106 años del nacimiento de Julio Cortázar, publicamos un texto. Una fanfiction de la casa tomada, en homenaje al gran escritor argentino.

La casa tomada: una reescritura
  Desde que vivo acá, en Buenos Aires, he requerido un buen lugar para vivir, el cual no he encontrado nunca...
  Mi hermana y yo fuimos abandonados, según nos dijeron, cuando yo sólo tenía tres años, y desde entonces una familia humilde nos cuidó.
  Pero cuando crecimos, también requerimos trabajar, para vivir y sustentar la casa de nuestros padres adoptivos, pero de todo esto sólo nos dimos cuenta cuando yo ya tenía veinte años, y mi hermana dieciocho. Fue así, como tomados de empleados ambos por el dueño de una librería, comenzamos a trabajar de ayudantes suyo, haciendo cualquier tipo de trabajo: le llevábamos y traíamos papeles, limpiábamos los estantes del negocio y a veces o casi nunca, también barríamos el lugar, antes de abrir el local o después de cerrarlo.
  Pero al cumplir los veinticinco y veintitrés años, un día de tantos otros, todo nuestro mundo cambió de golpe y para siempre.
  Estaba yo ordenando unos papeles en el local un día de poco trabajo, cuando de pronto apareció mi hermana corriendo, agitada y sollozando.
  -Che ¿pero a vos que te pasa?
  Mi hermana me contó entre lágrimas, que nuestro padre había muerto de un ataque al corazón mientras regresaba a casa.
  De pronto apareció el jefe, enojado y con los ojos rojos de ira.
  -¡Vean ustedes, esta locura!
  Fuimos afuera y vimos como grupos, grandes grupos de personas, iban cantando algo así como una marcha, mientras levantaban enormes carteles llenos de símbolos extraños y una imagen, tal vez la de un político.
  -Ese hombre, ¡ese sinvergüenza! ¿Cómo espera él que yo gane dinero ahora?
  -¿De que está hablando? –dijo mi hermana, confundida.
  -Es el gobierno, ¡por Dios! El gobierno... ¿y quién le dio el poder de decirme a mí que tengo o que no tengo que hacer? Y con estos guachos acá afuera..., ¡me van a volver loco! ¿Quién dice que yo tengo que cumplir con los derechos del trabajador o qué sé yo que cosa? ¡que se vaya al diablo! Pero al parecer no tengo otra opción.
  -No le entendemos nada –dije, enojado.
  -Tendré que echarlos, lo siento. Pero no puedo pagarles más y la policía se acerca. Fue un gusto conocerlos, pero ahora tendré que decirles adiós.
  Nos quedamos estáticos.
  -¡Que se larguen, he dicho!
  Estaba tan enojado que nos fuimos enseguida, mientras afuera comenzaba a oscurecer.
  -¿Qué vamos a hacer ahora? –me preguntó mi hermana, llorando.
  -Vamos a casa. No podemos hacer otra cosa.
  Pero la noche comenzaba a meterse en el cielo de Buenos Aires, y cuando llegamos a nuestro hogar, encontramos con sorpresa y horror la casa destruída por un incendio. Corrimos a ver si mamá estaba dentro, descubriendo aterrorizados que así era, pero que ya no podía salir de ahí.
  En shock vimos la escena: nuestra madre abrazando a nuestro padre, ambos muertos y con una cola de cigarrillo a un lado, hechos cenizas los muebles.
  Comprendiendo que nada quedaba ya por hacer, corrimos afuera desesperados, como un par de cachorros huérfanos en medio de la oscura noche.
  Ya no había gente en las calles y la ciudad parecía ahora un desierto frío, con sus casas y edificios como esqueletos de dinosaurios extintos y sin embargo aún vivos sus cuerpos, vigilantes como fantasmas de una tierra lejana, lejana y arrebatada por conquistadores feroces, tierra como la tierra que también a nosotros nos habían arrebatado, como fantasmas de nuestros padres o de nosotros mismos.
  (Cuando era chico, mi único juguete era un dinosaurio de goma gastada con el que me divertía todo el día).
  Yo me mantenía fuerte por fuera mientras mi hermana lloraba con fuerza, por dentro mi alma era una criatura deforme y atravesada por un cuchillo de caza como el que usaba el abuelo paterno, sintiéndonos más desterrados o exiliados de este mundo que fugitivos, primero sin trabajo y sin padre y ahora también sin madre y sin hogar.
  -Tendremos que buscar un lugar para vivir –dije a un tiempo, cuando mi hermana ya no lloraba.
  -¿Pero adónde vamos a ir?
  -Algún lugar encontraremos, quizá..., un momento, ¡mirá eso! Una casa ¡y parece que los dueños duermen!
  -No te parece que estaría mal que intentáramos tomar esta casa? –decía mi hermana, retomando la cordura-. Acordate de lo que decían mamá y papá: “nunca, por nada del mundo, hagan nada malo”.
  -¡Mamá y papá están muertos! Además no creo que les importe que aunque sea, pasemos una noche ahí adentro. Sólo será una noche, no te preocupés.
  Entramos pues en la casa. Era inmensa y tenía muchas habitaciones, según creí en un principio.
  Todo estaba muy silencioso, y al llegar a lo que parecía ser un gran comedor, nos acomodamos como pudimos entre unas cuantas sillas. Eran finísimas y al menos a mí, me parecieron muy cómodas.
  Con miedo oímos una pesada puerta, cerrarse con fuerza. Ahí en la penumbra ningún otro ruido se escuchaba y suspiramos aliviados al saber que se cerraba del otro lado.
  Caminé hasta un pasillo sigilosamente, para verificar que nadie estuviera escuchándonos, pero sólo vi una gran puerta maciza de roble.
  Dormimos bien esa noche, pero en cuanto empezamos a repensar en la idea de irnos, nos quedábamos aún más tiempo. Ninguno de los dos tenía la intensión de molestar a los dueños de la casa que nos había permitido conciliar el sueño luego del terrible día anterior, pero había algo, algo en esa casa que no nos dejaba irnos.
  No sé, pero poco a poco se fue adueñando de nosotros otra idea extraña, muy diferente de la de irnos de ahí y no volver: que la casa podría ser nuestra (y me sentía tan cómodo y tan libertado de mí mismo, que la casa sería como nuestra).
  Sin embargo teníamos todavía mucho miedo y nos aterraba el hecho de conocer a los dueños, quienes también tendrían miedo de nosotros.
  Hasta que un día, mientras veía por la ventana que se iba adentrando la noche como si me adentrara en el centro al fondo de un mar o de un océano, nos decidimos a que lo mejor sería conocer a los dueños de la casa, para contarles nuestra situación y ver qué pasaba, aunque lo más probable sería que llamaran a la policía y nos sacaran a patadas. Fuimos pues, ante la gruesa puerta de roble e intentamos moverla. Parecía una piedra egipcia y correrla sería imposible. Hasta que como por arte de magia, se abrió un poco, y nos animamos a recorrer el lugar en busca de sus dueños.
  Había ruido a puertas cerrándose por delante nuestro, en toda la casa y gente que se alejaba.
  -Parece que acaban de salir a algún lado –dijo mi hermana, confundida.
  Nos dirigimos a una de las piezas contiguas al pasillo. Allí había un par de canastas con ropa a medio tejer y una caja de estampillas.
  Fuimos hacia lo que parecía un zaguán, descubriendo con sorpresa los hilos de un tejido que corrían desde debajo de la puerta de ingreso hacia nosotros, desde ahí detrás hasta acá.
  -¿y ahora? –preguntó mi hermana.
  -¡Qué va! Podés tejer algo, Irene. Quizá un día yo también aprenda algo, como a leer, para escribir esta historia, sobre la casa tomada.

Julio Cortázar (1914-1984), es famoso por novelas como Rayuela, El examen, Historias de cronopios y de famas, y cuentos como La casa tomada o Una noche Boca arriba o. Profundo crítico de la realidad argentina y latinoamericana de su tiempo, candidato al Premio Novel de Literatura en varias ocasiones, docente, traductor, crítico y ensayista, cuentista y poeta. Fue el primer traductor de las obras completas de Edgar Allan Poe al español.
Éste es nuestro homenaje a su singular obra inmortal.

miércoles, 22 de julio de 2020

Ninja o samurai I. Capítulo 3


  Una misión para comenzar

  -Vaya, no sabía que estudiar para ser un samurai fuera tan duro –decía Kasunaru, mientras acababa de limpiar las espadas de Ohara.
  -Bueno, después de un tiempo terminas por acostumbrarte –dijo Daisuke, trayéndole una bandeja con bollos de arroz-. Aquí, lo que más recibes son golpes.
  -En realidad, nos sorprende que sigas vivo –dijo Sadashi, apareciendo por detrás del pelirrojo.
  -Ahora que ya pasé mi prueba, ¿qué creen que ocurra?
  -Ahora eres oficialmente un aprendiz de samurai, felicidades –dijo la peliazul.
  -Francamente, espero que llegues a ser un gran guerrero. Aunque esté prohibido, me gustaría ponerte a prueba algún día –dijo Daisuke, cambiando su expresión de diversión por una de seriedad y reto.
  -¿Qué? –tanto Kasunaru como Sadashi miraron con desconcierto a su amigo.
  -Ya me escuchaste; conviértete en un digno guerrero, porque espero luchar contra ti alguna vez.
  -¡Pero creía que éramos amigos! –dijo Kasunaru, entre enojado y confundido.
  -Eso fue hasta que te admitieron aquí como aprendiz. Desde ahora, tú y yo somos rivales. –Y con esas últimas palabras, Daisuke se marchó sin voltearse ni una sola vez.
  -No le hagas caso, es uno de sus días de caza, seguro que es por eso que está de mal humor.
  -¿Qué significa eso? ¿De “caza”?
  -Cría halcones y águilas para entrenarlos y entrenarse a sí mismo para las batallas.
  -No importa. –Kasunaru desvió la mirada hacia la dirección en la que había partido Daisuke-. Espero estar listo para entonces; sé que lo estaré, Águila Roja.

Ninja o samurai I. Capítulo 2


  El examen de ingreso a la academia

  -Bien, parece que soy la primera en llegar, como siempre –dijo una mujer de aspecto juvenil, que no pasaría de los treinta, de tez pálida, con cabello y ojos marrones, vestida con un uwagi verde bosque, junto con un obi negro adornado con una cinta dorada, con dos wakizashis-. ¿Eh? Miyaru, ¿eres tú?
  -Buenos días, Michiko sensey; ¿se ha cortado el cabello? Luce menos cansada hoy, ayer no parecía muy feliz –dijo el señalado, un chico moreno de cabello amarillo y vestimentas azules, que acababa de sacar un mazo de cartas de su bolso, y se disponía a mezclarlas-. Oiga, ¿qué tal un truco? Ya sabe, para mi entrenamiento.
  -Lo siento, Miyaru; tal vez otro día, en algún sitio abierto y sin objetos afilados cerca. Por cierto, ¿cómo lo llevas?
  -¿Eso? Oh, está mejor que ayer, por lo menos ya no sangra –el chico se levantó y se quitó su sandalia del pie derecho, dejando ver una marca profunda hecha por algún arma.
  -la próxima vez, procura utilizar zapatos o algo así, ¿de acuerdo? Hablando de otra cosa, ¿cuáles trajiste hoy? ¿Las cartas especiales o las comunes?
  -Mi padre no quiere que vea las otras, dice que podrían matarme. Así que traje las clásicas, de todos modos nadie va a querer jugar conmigo después de lo de ayer.
  -No digas eso, no creo que todos piensen así de ti. Es decir, al menos Koemi no se rió de ti.
  -¡Claro que no, sólo me llamó idiota ciento cincuenta veces! Y Menuya tampoco, pero quedó paralizada del miedo y luego salió corriendo a buscar a algún médico. ¿Y sabe quién más tampoco se rió? Toranosuke, porque estaba gritándome: ¿Vamos! ¡Puedes hacerlo mejor, niño mago! ¿Qué tal si también le das al otro pie? Y el resto de la clase que sí se rieron, no creo que siquiera deseen sentarse a mi lado hoy.
  -Daisuke y Sadashi no se rieron, Miyaru. ¿Qué hay de ellos?
  -¿Qué hay de ellos? ¡me odian! Si no se rieron ayer fue porque sabían que no podía humillarme más.
  -¡Hola, Michiko sensey! Hola pequeño rompe-espejos –saludó una chica vestida casi completamente de negro, mientras colgaba su bolso en su silla y procuraba alejar su banco lo más posible del chico-. ¿No sabías, pequeño rompe-vidrios, que ahora vas a tener siete años de mala suerte? Claro, a menos que tu libro de magia diga algo sobre cómo eludir a los idiotas, aunque soy escéptica, ya que te habría matado a ti antes que protegerte, ya que ni un libro puede ser tan estúpido como para querer pasar toda la eternidad junto a alguien tan ingenuo. Y tienes suerte de que Michiko-Sama sea nuestra instructora, de lo contrario ya te habrían expulsado hace tiempo.
  -No, Koemi; pero creo que dice algo sobre las niñas que se han vuelto psicópatas antes siquiera de agarrar una espada –se burló Miyaru de vuelta.
  -Por lo menos, de ser psicópata, que por cierto no lo soy, no mataría accidentalmente a todos mis compañeros, lo cual por lo menos disminuiría mi pena de espada al cuello a prisión de por vida.
  -¡ya vasta, los dos! –Gritó de repente Michiko, harta-. ¡No ha comenzado todavía el segundo turno, y ustedes dos ya están insultándose! ¡Ni que fueran enemigos mortales!
  -No, pero si llego a graduarme de esta tonta academia algún día, mis agujas tendrán sangre en vez de seda en sus puntas.
  -Digo lo mismo; el día que mi padre me deje usar sus cartas, desearás que fuera un mal mago, y preferirás mil veces que te corte a la mitad en un cajón a que te aplique las cintas del infinito dolor.
  -¡ Miyaru! ¿Qué estás diciendo? ¡Estarías declarándole un duelo a tu propia compañera y conciudadana, y acabarías convirtiéndote en un traidor y en un ronin! –al oír esto, Miyaru agachó la cabeza, avergonzado; pero antes de que Koemi tuviera la oportunidad de sonreír y alzar su puño al aire como señal de victoria, la maestra continuó-. ¡y tú, Koemi! ¿Cómo puedes decir algo tan horrible a un compañero? ¿Sólo escúchate! ¡Tú cuidas la naturaleza, no la usas para matar a tus semejantes! No puede llamarse guerrero alguien que osa utilizar sus herramientas de bordado como un arma contra quien se enfada.
  Los niños se callaron, pero continuaron dirigiéndose miradas asesinas el uno a la otra y viceversa.
  -Ahora sí, ¿qué pasó con todos los demás? Ya es tarde.
  En eso, una fila de treinta niños de entre doce y trece años aproximadamente, se abrió paso por la puerta de madera del aula, trayendo al interior el caos exterior. Cuando el orden se hubo reestablecido, la maestra comenzó a tomar lista, extrañada por algo.
  -Qué extraño, ellos nunca llegan tarde. ¿habrá pasado algo malo?
  -¡Permiso, niños! ¡Abran paso, que estoy retrasado! –dijo un chico pelirrojo de mediana estatura, arrojando su antifaz a su bolso antes de caer en su asiento.
  -¡Con permiso, compañeros! Es mi culpa, ya sé. –decía apresuradamente una chica que venía detrás de su amigo, mientras apretaba algo en su mano.
  -¡Niños! ¿Qué les ocurre? Llegan tarde y ... ¡Un momento, señorita Akiyama! ¿Qué está haciendo ahorcando a ese niño? ¿Y qué hace él aquí? ¿Es un civil?
  -¡Michiko sensey, discúlpeme! ¡Es que si no lo tengo así, es capaz de aplastarme! Este chico realmente tiene una fuerza digna de un samurai.
  En efecto, lo que Sadashi sostenía era el andrajoso cuello de una camiseta desteñida debajo de una chaqueta llena de tierra y rota por diferentes partes; dentro de la ropa, un niño de su misma edad se sacudía furiosamente, como un pescado que han sacado del agua y que tiembla por oxígeno.
  De repente, todas las miradas estaban fijas en la escena, con murmullos y risas de fondo.
  -¡ya suéltame, chica loca! ¡Vas a matarme! –dijo kasunaru, liberándose, para sorpresa de la mayoría, del fuerte agarre de la chica-. Por los dioses, ¡de saber que ibas a hacer eso, me volvía corriendo a la caravana! Vaya loca.
  -¿Podría alguien explicarme qué rayos está ocurriendo? ¡Y no quiero excusas! ¡usted tampoco, señor Sennokaze! –de un segundo a otro, la apacible faz de Michiko Kurotoba se transformó en una mirada asesina, que hizo que un escalofrío recorriera las columnas vertebrales de los señalados, de golpe asustados.
  -Fue su idea, sensey; ya sabe como es Sadashi-San, tan inquieta.
  -¡Que no, sensey! Él venía corriendo detrás de nosotros ... yo pensé ... No sé cómo logró alcanzarnos y ver dónde estaba la academia. ¡Lo juro! Dimos un rodeo, ¡pero igual nos encontró! ¡Vaya mocoso!
  -¿Y tú, Daisuke-Kun, qué tienes que decir?
  -Debí alejarlo con mi tornado. Ya sé, en parte también es mi culpa. –El chico se encogió de hombros, abatido-. Fui yo quien lo encontró, debería haberme ido y ya. Creí que simplemente querría un autógrafo, después de todo algo tenía que hacer por el pobre, esos tres salieron volando.
  -¿Cómo dices? –esta vez la suavidad repentinamente adquirida por la voz de la maestra se hizo apenas más aguda, recalcando el veneno en ella-. ¿Acaso expusiste tus habilidades frente a un civil?
  -No había de otra, ¡en serio! Simplemente pasó, las circunstancias me dijeron que tenía que ayudarlo, ¡lo siento!
  -¡Para eso están las armas, jovencito! La próxima vez te quitaré tu máscara, y te encerraré en el gimnasio por las siguientes dos semanas, ¿me entiendes?
  Daisuke simplemente se limitó a asentir, regresando a su asiento. Mientras, los otros niños miraban a Kasunaru como leones que se disputan una jugosa presa, al tiempo que el chico los miraba entre asustado y enfadado. Sus manos estaban tan fuertemente apretadas en forma de puños, que sus nudillos se ponían blancos por momentos; Sadashi trató de echarlo, pero sólo consiguió hacerlo enojar aún más; entonces, ella rebuscó en su bolso, y le arrojó una shuriken, que el chico esquivó por milímetros.
  -¿Qué rayos te pasa? ¡No voy a decir nada, Sadashi! ¡Sólo deja de arrojarme armas!
  -Señorita Akiyama, ¿cree que esa es manera de tratar a un civil? –en cuanto la chica oyó esas palabras, se detuvo y fue a sentarse, impotente ante la situación-. En cuanto a usted, joven, ¿sabe dónde está?
  -Sí, mis nuevos amigos me lo dijeron. Es la academia de artes marciales, ¿verdad?
  -Claro; pero no es la gran cosa, si es que te esperabas algo más. Escucha ... Puede que ahora desees que te demos un reconocimiento o algo por descubrir la ubicación secreta de la academia, pero ... ya se me hizo tarde, hace más de diez minutos que debería haber comenzado la lección, y tú no estás ayudando; así que, con mis mejores deseos, ¿sería mucho pedir que te fueras? Ya sabes, todo el mundo dice que es más interesante el castillo del Ishi Kage que la academia ...
  -No pienso marcharme.
  -disculpa, ¿qué?
  -Que no pienso irme, eso he dicho.
  -¿Cómo dices? –ahora sí que la maestra estaba desconcertada.
  -¡ya me escuchó, no voy a irme! ¡Voy a quedarme aquí, con Sadashi y Daisuke! ¡Y ningún guerrero o shuriken, ni siquiera toda una caravana, va a evitar que me quede!
  -Si te quedas, vas a tener que ponerte algo más decente, mocoso –dijo un niño rubio, más alto que el resto y que sonreía socarronamente.
  -Toranosuke, ¿qué haces? –dijo Koemy, con curiosidad.
  -ya lo tienes; que se quede, nadie va a quejarse por eso; pero primero que se ponga algo más limpio, parece una rata que alguien sacó del campo y tiró en la ciudad –dijo el chico, provocando risas en gran parte de sus compañeros,
  -Espera, Toramosuke –dijo Sadashi, levantándose de su silla y apuntándolo con el dedo-; ¿acaso pretendes humillar a alguien? No creo que nuestra sensey aquí presente lo permita.  ¿Verdad que no, sensey?
  -nadie lo invitó, así que por mí pueden insultarlo, al menos eso hará que se vaya, y las amenazas lo disuadirán para que no diga nada –dijo la maestra, sentándose en su escritorio y observando.
  -¡Siéntate, estúpida niña lanza shuriken! –se burló Kaemy, provocando más risas en el grupo-. ¿No ves que estás sola?
  -Oblígame a hacerlo, viuda negra. De todos modos, es nuestra responsabilidad, así que nosotros lo sacaremos de aquí, no ustedes.
  -ya hablaste, niña estrella; pero me parece que no hay suficiente espacio como para que el tornado no cause daños a todos los que están dentro –dijo Borisuke, levantándose de su asiento y adoptando una mirada asesina hacia el resto de sus compañeros.
  -Vamos, no hay necesidad de una pelea; llamen a los guardias, y ellos se lo llevarán sin consecuencias para nadie –sugirió una niña de tez pálida.
  -Tienes razón, pequeña Sayuri; no hay necesidad de una pelea, de todos modos ya la tendría ganada. ¡Eh, tú! Vamos a darte ropa nueva, pero necesitamos que primero te quites la que ya tienes puesta.
  -¿Uh? ¿En serio? –dijo kasunaru, que había cambiado su expresión de furia por una de confusión-. ¿Aquí mismo? Pero es que hay mucha gente ... Y las niñas ... No sé...
  -Toranosuke, ya vasta; esto es lo peor que has hecho.
  -En eso tiene razón, señorita Akiyama –dijo de repente la maestra-; Menuya, ve y haz que alguien traiga a los guardias, ellos resolverán esto sin causarnos más problemas.
  Pero Sayuri estaba paralizada, muda como el resto de sus compañeros, ya que Kasunaru, ante la insistente voz de Yurosuke, llevó sus manos lentamente hacia su chaqueta, y se sonrojó de vergüenza.
  -¿Realmente si hago esto me dejarán quedarme y ser uno de ustedes?
  -Ya, sí, ¡sólo quítate la ropa y te daremos la adecuada para la academia! ¿O quieres que los otros profesores piensen mal de la sensey? ¿Qué estás esperando?
  Lentamente, Kasunaru comenzó a quitarse la chaqueta, arrojándola al suelo. Luego, poniéndose más rojo que un tomate, comenzó a quitarse la camiseta; sin embargo, en cuanto arrojó la segunda prenda al suelo, allí se detuvo, cruzándose de brazos.
  -Oye, ¿qué te pasa? ¿No sabes que todavía te queda ropa, o qué?
  -¡Por favor! ¡No me digan que el uniforme incluye pantalones especiales también!
  -Mira a tu alrededor, mocoso –dijo casualmente Kaemy, extendiendo sus piernas en su asiento.
  -En ese caso, creo que puedo cambiarme en algún baño o algo así.
  Sorprendidos todos ante esto, y al ver Yurosuke que su proyecto de humillar a un mocoso de la calle  e ignorante del mundo samurai, el rubio se levantó y fue hasta Kasunaru, con evidentes intenciones de desnudarlo de todos modos.
  -¡Eh, suéltame! –gritó el chico, una vez en las garras de su atacante, que lo elevaba unos cuantos centímetros de piso, por las axilas.
  -No durará mucho, ya lo verás.
  -¡Que alguien llame a los guardias, de una maldita vez! ¿Qué nadie me escucha? –decía la maestra, ahora realmente preocupada, por primera vez, de la situación.
  -¡Detente, Toranosuke! ¡Es un civil, no un enemigo! –gritó Sadashi, acercándose.
  -¿Y qué vas a hacer si no te hago caso? Sabes que si inicias una pelea, te expulsarán.
  Antes de que la peliazul pudiera alcanzar a Toranosuke, y sin que nadie, aparentemente, pudiera notar por qué, el rubio soltó a su víctima, gritando de dolor.
  -¡Maldito animal! –gritó el niño, agarrándose la entrepierna, que Kasunaru acababa de patear.
  -¿Qué ocurre, señorita Kurotoba? –al pararse, la señalada pudo ver que se trataba de dos samurais flacuchos, que venían detrás de un asustado Miyaru.
  -Es ese niño de ahí –indicó la maestra, señalando a Kasunaru, quien ahora miraba ferozmente al dolorido Toranosuke-. Aunque él, al menos, no está tratando de intimidar a nadie-y de repente cambió su mirada al bravucón- a diferencia de este otro; llévenlo a la entrada, creo que sabrá el camino para regresar a su casa. Al otro llévenlo con los directores, ellos sabrán qué hacer.
  Ante el repentino cambio de actitud de su sensey, tanto Borisuke como Sadashi sonrieron por el alivio, mientras Kasunaru miraba alrededor nuevamente confundido, y Toranosuke adquiría una expresión aterrada, mirando primero a los guerreros, luego a la maestra.
  -¿Qué quiere decir con eso, sensey?
  -Que estás expulsado, eso es lo que significa.
  -Pero ... pero ... ¡Pero el mocoso que no debería estar aquí es él, no yo!
  -¿Un civil? –dijo uno de los guardias, mirando inquisitivamente a la maestra.
  -Eso cambiará pronto, estoy segura; en cuanto a ti, Toranosuke, creo que los papeles se acaban de invertir. Así que, por favor, márchate, tus padres serán debidamente informados en unos días, aunque, de ser tú, no estaría con muchas ganas de volver a casa con lo que estabas apunto de hacer.
  Obedeciendo la orden de la guerrera, los dos samurais escoltaron tanto a Yurosuke a la salida como a Kasunaru a la sala de los superiores, cuidando que hubiera una distancia suficientemente grande entre los dos niños, para evitar otro incidente.

  -¿Aburrida, Konomy-Sama? –preguntó un hombre vestido con ropas formales a una mujer mayor, que en cambio llevaba un conjunto completo de ropas de palacio combinadas con un cinturón de cuero donde portaba su espada, y un par de votas enfundadas en acero, menos de la cantidad recomendada de partes de una armadura de un samurai fuera de la guerra.
  -Supongo que sí, Tamaru-Kun; o creo que nada interesante o fuera de lo común vaya a ocurrir hoy, ni en los próximos meses. Detesto ir a las guerras, pero incluso eso es más emocionante que vivir aquí, encerrada diez horas diarias en esta caja gris.
  -¡Disculpen, señor Kibura, señora Tsukichira! ¿Puedo pasar?
  -Claro, adelante –respondió la voz femenina.
  Al abrirse la puerta, un samurai delgado y algo descuidado, que era conocido por hacer guardia en la academia, traía del brazo a un niño, quien se destacaba por su ropa raída y sucia, que no era especialmente la de ningún aprendiz. Su cabello, a mitad de camino entre el marrón y el amarillo, parecía confundido.
  -¿Qué hace un niño de la ciudad aquí? –inquirió molesta la mujer.
  - Kurotoba-San me dijo que lo trajera ante ustedes, honorables señores. Discúlpenme, tengo que seguir vigilando la puerta, no vaya a ser que otro como él desee intentar entrar y armar un lío. –Y con eso dicho, el samurai se dio la vuelta, no sin antes realizar el típico saludo marcial, y se fue, cerrando la puerta y dejando solos a los tres.
  -Muy bien, esto será gracioso –dijo casualmente Tamaru, mientras terminaba su taza de té.
  -Juro que no diré nada, en serio –dijo Kasunaru, asustado ante la imponente presencia de los mayores, que parecían por lo menos intrigados.
  -¿Cómo has logrado encontrar la academia? No es un sitio que todo el mundo conozca, la ubicación de este lugar es secreta hasta para los mensajeros –dijo Konomy, cambiando su expresión anterior de fastidio por una de curiosidad.
  -Yo ... bueno ... –recordando lo ocurrido hasta entonces, el niño pareció quedarse mudo. No podía decirles que había seguido a Daisuke y Sadashi, su intuición le indicaba que eso no ayudaría-. ¿Casualidad? No sé, simplemente pasó; la historia es muy larga.
  -Tenemos todo el día para escucharte, querido –dijo la mujer, suavizando su expresión.
  -Eh ... Bueno, esto fue lo que pasó: no soy de aquí, vine de muy lejos, y bueno, pensé que ¿por qué no recorrer esta aldea y ver qué cosas raras habían aquí? Así que ... Bueno, digamos que estaba en eso cuando vi que algunas personas que vestían raro, se dirigían a un sitio apartado. Sin que me vieran, comencé a seguirlos y acabé aquí.
  -Está bien, pero queremos oír la verdadera historia –lo interrumpió el hombre, dejando perplejo a su interlocutor.
  -P-pero ... ¡Pero esa es la verdadera historia!
  -Vamos, no puedes engañarnos, somos samurais y sabemos cuándo una persona está diciendo la verdad, y cuándo está mintiendo.
  -Creo saber qué fue, más o menos, lo que sí ocurrió –dijo casualmente su compañera, sonriendo levemente-. Supongo que el descuido de alguno de nuestros estudiantes consiguió que llegaras hasta aquí, ¿me equivoco?
  -Bueno ... Sí –concedió finalmente Kasunaru, vencido por la evidencia-. Pero por favor, ¡no vaya a expulsarlos! Son los únicos niños que han sido buenos conmigo en la vida, y además ...
  -Detente, te estás confundiendo; no vamos a expulsar a nadie, no está en riesgo la seguridad de la aldea ni la vida de nadie. Sólo cálmate, ¿quieres? No vamos a morderte –dijo Tamaru, adoptando una expresión apacible         .
  -Lo ignoro, Sadashi –decía Daisuke, mientras ambos salían al patio-. Yo que él, me conformaría con que por lo menos no me sacaran a rastras.
  -¡Amigos! –decía alguien a lo lejos, corriendo hasta ellos por detrás.
  Al voltearse, pudieron ver que se trataba de Kasunaru, quien venía corriendo, aún vestido con sus harapos.
  -¿Qué ha pasado? ¿No van a cortarte la cabeza? –preguntó Sadashi, con preocupación.
  -No. Ellos...
  -¿Sí? –inquirieron los otros dos jóvenes, impacientes.
  -Ellos quieren ... quieren que realice un examen.
  -¡Eso es genial! –dijo Sadashi, levantando por los aires a su pronto nuevo compañero de estudios.
  -¿Qué te dijeron que harás? –esta vez fue Daisuke el interesado.
  -Ese es el problema, ¡maldición! –Kasunaru miró para otro lado, algo avergonzado-. ¿Pueden ayudarme con esto?
  -Claro, no hay problema –accedió Sadashi-. ¿qué dices tú, Daisuke?
  El otro se limitó a asentir.
  -Primero, ¿saben quién es Yashutotsu Ohara?
  En cuanto pronunció ese nombre, el rastro de entusiasmo que acababa de aparecer en los rostros de sus recientes amigos desapareció.
  -Mi prueba de admisión consiste, según parece, en presentarme ante él y dejar que me entrene por al menos diez minutos.
  -¿Qué? ¿Estás loco? –gritó la peliceleste, aterrorizada.
  -Esto no es bueno –la secundó el pelirrojo, cruzándose de brazos-. Sí, claro que sabemos quién es; de hecho, todo el mundo por aquí lo sabe, incluso los pobladores saben algo. Le llaman el Toro Azul. Es conocido como el guerrero más temido de nuestra aldea.
  -No me digas –el rostro del chico extranjero se puso pálido, como si le hubieran pedido que se tirara por un acantilado-. ¡No puedo hacer algo así!

Ninja o samurai I. Capítulo 1

Primera parte
Los Comienzos del Guerrero

  Capítulo 1

  Kasunaru llega a Kakureta rokkubirejji

  Aquella mañana de enero, el sol despuntaba ya en su primer despertar del día, alumbrando el mundo desde los cielos hasta los lejanos horizontes. Día por demás inusual, ya que el mismo se pintaba primaveral, a pesar del largo invierno hace poco empezado. Tras kilómetros y kilómetros de quejumbrosos árboles que reunían un bosque extensísimo, el Mugen Tsuyu, se abría al tocar su parte sudoeste, un extenso claro de verdes montañas. Kakureta rokkubirejji, o la Aldea de la Roca Escondida, se elevaba soberbia entre los accidentados terrenos, rodeada de pequeñas y medianas colinas por su parte norte, oeste y sur.
  A las puertas de la aldea, un grupo de alrededor de doscientos guerreros, enfundados en sus marrones y plateadas armaduras, algunos montados a sus caballos de guerra, a pie la mayor parte, guardaban las puertas de roble y roca recientemente construidas en el extremo oriental de la ciudadela. Uno de los que se encontraba más cerca del bosque, con una libreta y una pluma en una mano y un cuchillo en la otra, paseaba su mirada por las inmediaciones del claro, aún tranquilo a pesar de los avistamientos recientes de shinobis. A lo lejos, a media mañana, divisó una comitiva de gente.
  -¡Alto ahí! ¿Quiénes son?
  Un hombre robusto, con atuendos que mezclaban los hábitos de un monje budista con las maneras de un guerrero, al parecer quien dirigía la marcha, se adelantó, dando antes órdenes al grupo de que se detuviera y esperara una señal.
  -Disculpe, honorable samurai. Mi nombre es Kento Atsumarabutra, y dirijo esta caravana que puede ver a pocos pasos de nosotros. Mis respetos, esperamos encontrar una buena acogida en esta aldea, mañana seguiremos camino rumbo al norte.
  -Un momento, podrán pasar todos, pero antes necesito que se identifiquen y registren todos, por favor. Sé que es una medida algo exagerada, pero es necesaria, si queremos impedir el ingreso de shinobis en las Naciones Samurais.
  El que dirigía la caravana accedió, y en menos de tres horas, los más de cuatrocientos viajantes fueron registrados, tras lo cual Kento se dispuso a realizar su cometido.
  -Un momento, ¡tú! ¡Sí, tú! Ese del pelo enmarañado y con la bolsa al hombro. ¡No te identificaste! ¡Ven aquí e identifícate! –exigió el portero.
  El señalado, que no tendría más de doce años, que había quedado rezagado al final del grupo, llegó arrastrando los pies cansadamente ante el guerrero. El chico era rubio con los ojos de un fuerte color verde bosque, y vestía con unos harapos grises, que alguna vez podrían haber sido de otro color.
  -Muy bien, ¿cómo te llamas?
  -Ka ... su ... nar ... u ...
  -Lo siento, no pude oírte bien; ¿cómo dijiste que te llamas?
  -Kasu-naru... Kasunaru ... –el muchacho se quedó sin aliento, mientras tosía audiblemente-. Kasunaru.
  -Bien, muchacho. Pareces muerto de sed y de hambre; espero que te portes bien, esta aldea es muy estricta, hablo en serio. Ah, y no te olvides de usar el aseo público, también es para extranjeros –dijo el hombre, haciendo que sus compañeros se rieran.
  Sin replicar, el muchacho avanzó y se introdujo en la aldea, escoltado por las cientas de miradas de los guerreros.
  Al quedar solo con el comandante de la caravana, que ya había terminado de acomodar al resto en la ciudad temporalmente, Kasunaru lo observó con un rostro famélico pero altivo. En cambio, el otro lo miraba con gesto condescendiente.
  -Lo siento, muchacho; pero no he logrado conseguirte un lugar para que duermas esta noche. ¿Te queda dinero?
  -No, señor. Unos bandidos me robaron las últimas monedas que tenía la otra noche.
  -Bien ... No importa. ¿Sabes qué? Toma esto –el hombre, con pena en sus ojos, revolvió entre sus gastados bolsillos de su traje remendado, y sacó algunas monedas, que entregó al chico-. No es mucho, pero te alcanzará para esta noche; podrás alquilar algún cuarto barato si quieres, y para lo necesario de comida y ropa para una semana. Sin embargo, entérate que ya no podré ayudarte de ahora en más, por lo que si decides continuar con nosotros, tendrás que mendigar, hasta que lleguemos al siguiente monasterio budista; hasta entonces, probablemente mueras en el camino.
  -No, gracias; creo que me quedaré aquí, al menos hasta que consiga que alguien me escuche, alguien como usted. Gracias por todo; adiós.
  Estrechándose las manos, joven y viejo se despidieron, marchándose cada uno por su lado.

Ninja o samurai I. Prólogo

¡Llega una novela llena de acción y aventuras!

Únete a Kasunaru y sus amigos en sus aventuras. Samurais, ninjas, conflictos y batallas... ¿Cuál es el camino que deben seguir nuestros héroes para convertirse en guerreros valerosos y enfrentarse a sus destinos?

Poemas de la era de la COVID-19

En estos tiempos convulsos de incertidumbre y miedo, en una pandemia mundial, no dejamos de escribir sobre lo que sentimos que nos pasa. Por eso publicamos estos poemas, dedicados a la compleja y delicada situación, que no da signos de terminar pronto.

SILENCIO

¿Has visto, mirando por la ventana,
las calles vacías, llenas de fantasmas,
una hoja caída, llevada por la brisa,
el rocío ya viejo, horas pasadas de la mañana?

Dime tú, si has salido
para conseguir lo indispensable, el pan de ayer,
la carne más barata, la más negra papa,
tal vez un tomate, media zanahoria y dos manzanas,
el ladrido de un perro solitario, las hojas sin barrer.

Dime tú, que has crecido
en el interior resguardado de un fresno o de un sauce llorón,
nacido siendo brizna y convirtiéndote en un hermoso gorrión,
si al salir a la intemperie, el silencio te dejó aturdido.

Y dime tú, indefenso gorrión,
si al caminar en la soledad de los parques,
de pronto te has sentido acobardado, al encontrarte
sin pensar con un eco de sordo dolor.

Dime tú, desesperanza recién despertada
tras una noche de pura y sola diversión,
si al volver corriendo de la calle, para acurrucarte en un rincón,
te volviste hacia el espejo, con tal de ver una cara.

Encendiendo de pronto el televisor,
viste tú, sin esperar sorprenderte por nada,
ya no rostros, sino cuerpos metidos en ambulancias,
y crematorios de humo y horror.

Vuelvo a preguntarte, tras el muro que es ahora mi ventana,
si acaso conseguiste ver, desesperadas las naciones del mundo,
pueblos que morían por miles, hora a hora, segundo a segundo,
y fosas comunes, cual trincheras cavadas.

Si así aislados los pueblos has visto, asustado,
te pregunto de nuevo, con la pena arrebujada,
y con la cara entre mis manos enterrada,
cómo la muerte cunde, a la puerta de todos llamando.
¿QUÉ FUE DE LOS CANTANTES?
Dicen que se fueron, que se esfumaron;
dicen que murieron, que se fugaron;
dicen que partieron, pero que nunca regresaron.

Que existieron, en otros tiempos, bajo lunas y sol,
que durmieron el tiempo, acallando un distante dolor;
que luego se fueron, resistiendo la pasión.

Se resignaron a callar por las noches,
se acostumbraron a parlotear durante el día,
se convirtieron en siluetas sombrías
de cuyas voces solo quedan rumores.

Zarparon en barcos de humo,
de nubes blancas como la espuma,
de mantos azules como el mar,
evaporándose al tocar el sol.

Pero dicen que, por ahí, alguno
anda aún cantando, soplando búhos de luz,
el silencio persigue sus notas, la esperanza es su cruz.
NUNCA
Nunca te vi, te oí, te sentí,
nunca esperé, creí, añoré,
nunca me detuve, nunca seguí,
nunca vivir o morir, sólo temer.

Nunca grito, nunca llanto ni debilidad,
nunca derrumbado, vencido, nunca siquiera caído,
nunca emoción, sentimiento ni fragilidad,
nunca una segunda mirada atrás, un segundo latido.

Nunca una duda, pero tampoco una certidumbre,
nunca sino el perro faldero del vencedor,
nunca en el suelo ni en la cumbre,
nunca sino el más inconsciente servidor.

Nunca mancha, tacha o pecado,
nunca nada que se me pudiera reprochar,
nunca odio, tampoco perdón, nunca mojado,
nunca nada que no fuera belleza, bien y verdad.

Nunca inocente, nunca maldad,
nunca riesgo, nunca perdido,
nunca ganancia que no pudiera administrar,
nunca lo indemostrable, lo imposible o lo querido.

Nunca deseo, nunca pasión, amor,
nunca daño, sólo confort y seguridad,
nunca dormido, nunca despierto por ningún horror,
nunca roto o doblado, por ninguna precariedad.

Nunca vivo, nunca moribundo,
nunca muerto, más que muerto incluso,
nunca libre ni recluso,
nunca abierto o cerrado, menos que inmundo.

Nunca niño, joven o adulto,
nunca maduro ni recién nacido,
nunca perro, gato o pulpo,
nunca más que humano, inhumano y perdido.

Nunca perdido ni encontrado,
nunca suelto ni atado,
nunca cuerdo o enloquecido,
nunca dentro del nunca olvido.
CALZADO
Calzadas pantuflas floreadas,
calzadas en pies de gran grosor,
calzadas las botas mojadas,
calzado cada extremo inferior.

Calzar medias desteñidas,
ponerse vestidos vaporosos,
probarse la ropa más fina,
para volver a las medias a trozos.

Calzar, sí, y de manera ordenada,
pie a pie, descalzando botas por sandalias,
pantufla por zapato, bajo una atenta mirada,
sin pausa para un descanso, sin dejar nada atrás.

Calzo entonces la mirada, la piel,
el guante por la media, bufanda por campera,
mano a mano, ojo al pie,
a mano el desinfectante, por si alguien se entera.

viernes, 5 de junio de 2020

La biblioteca del Cornudo


“El cielo y el infierno me parecen desproporcionados: las acciones de los hombres no merecen tanto.” Jorge Luís Borges
El siguiente relato le parecerá, lector, de lo más increíble; sin embargo, puedo jurar –aunque solo sea por mí mismo- que ocurrió de verdad.
Me llamo Luís. El apellido carece de importancia; elija usted, lector, el que más le guste. Por mi parte, reconozco que, desde que tengo uso de razón, viví en Rosario, gran ciudad moderna y cosmopolita, y que lo que estoy a punto de contarle haya sucedido en dicha ciudad suma, me parece, ironía y perplejidad, a medidas justas, al suceso.
Tras finalizar la escuela secundaria en pleno año 1984, poco después del regreso de la democracia, preferí, a mi manera, hacer la carrera de letras. Fue así que alternaba, casi todos los días de la semana, las clases matutinas, los almuerzos y meriendas vespertinas en un café del centro  y las juntadas con amigos –de la secundaria los lunes y los martes, de la universidad los jueves y viernes-, mientras que los fines de semana, los pasaba en la casa de mis padres de zona oeste, ya que durante la semana vivía en un departamento de alquiler –sumamente pequeño- de la calle Córdova, a una cuadra de la facturad. Hacía dos años, había conocido a Ariadna, una bella chica rubia, lista y de gustos similares, sobre todo en temas de literatura. Cuando, dos o tres veces al mes, nos reuníamos los dos para debatir los temas en los cafés y en mi departamento.
En una de esas afortunadas ocasiones, y en compañía tanto de Ariadna como de mis amigos de la facultad –ella, que había decidido hacer la carrera de profesora de escuela primaria, decía que las carreras universitarias eras demasiado largas y complicadas-, Lorenzo –uno de mis amigos- me comentó de la existencia de una biblioteca que, nueva en su aparición, acababa de inaugurar su apertura hacía dos semanas. Pero, me advirtió, no estaba cerca; de hecho, encontrándose en una calle ignota de zona norte, era prácticamente desconocida.
-Estaría bueno conocerla. Ya saben, por acá sólo hay librerías, y el café sólo está abierto en invierno. En verano, sólo la facultad tiene sus puertas abiertas a gente como nosotros, y no estoy para hablar de crítica o teoría en mis ratos libres –comenté.
-¿Cómo se llama? –preguntó Ariadna, interesada.
-Es algo curioso. Se llama La biblioteca del Cornudo.
-¡Ah, ése sí que es un nombre curioso! ¿Por qué será, acaso el bibliotecario tendrá fama de cornudo? –comentó Juan, riéndose.
Días más tarde, decidí permutar allí. Era una biblioteca algo pequeña, de paredes grises tanto por dentro como pro fuera, con autores clásicos: Sófocles, Dante, Shakespeare. Nada de escritores locales, algo que, de por sí, ya me llamó la atención desde el primer instante. En la mesa del bibliotecario, un fornido hombre de tez blanca, cabello negro y ojos grises, todo vestido de verde, con una capa multicolor, estaba leyendo una edición antigua de La divina comedia. Lo más llamativo de su conjunto era un enorme sombrero de ala ancha, de color marrón, bastante raído y polvoriento, como si nunca se lo hubiese quitado para lavarlo.
-¿Nada nacional? ¿Borges? ¿Cortázar? ¡Piglia? ¿Nada?
-Es lo que hay, señor. Si no le gusta, se jode.
-Ah, ¿con que es usted el Cornudo?
De golpe, el bibliotecario dejó su libro, cerrándolo en medio de una página con un marcador lleno de polvo y se levantó, furioso. Por un momento creí que me gritaría para que me largara, pero, de la nada, pareció cambiar de opinión y, extrañamente, sonrió.
-Ah, no importa. ¿Conoce La letra escarlata, de Nathaniel Hawthorne?
-¿Qué?
-Oh, es una vieja novela norteamericana. Sobre cómo una mujer que engaña a su marido es repudiada por su comunidad. Bueno, es una de mis lecturas favoritas. El nombre de mi biblioteca es una broma acerca de ese libro.
-Uh, entonces tiene sentido. Perdone mi impertinencia. Por cierto, me llamo Luís.
-Tiverio. Es la primera vez que visita una biblioteca, ¿me equivoco?
-Ah, ¿Tiverio? ¿Como el emperador romano? ¿Qué coincidencia!
-Cosas de la vida. Por lo menos usted no se llama Jorge, como Borges.
-Bueno, me llamo como Borges, su segundo nombre de pila era Luís.
-Da igual. ¿Viene a leer algo o a fastidiarme el día? Perdone, desde que mi esposa murió hace cosa de veinte años, vivo retraído. Un sobrino mío me sugirió que pusiera esta biblioteca con todos los libros que he ido comprando a lo largo de los años. Si no ve nada nacional o local, es culpa mía, nunca fui muy aficionado a la literatura argentina. Pero ¡eh, mire! ¡Tenemos a Poe, a Shakespeare! Yo digo que son joyas.
-Sí, supongo que tiene razón. Bueno, Poe está entre mis lecturas de preferencia. Supongo que puedo leer algo suyo mientras. Por cierto, ¿es de acá? ¿O viene de otro país? He notado que su acento es algo... extravagante.
-Soy de... eh, Creta. Quiero decir, mis padres eras de Grecia. Yo nací aquí, a finales de los años 30.
-Ah, qué interesante. Un hijo de inmigrantes griegos, Cosa poco común en este país.
A la semana siguiente, les comenté a mis amigos sobre ese singular sitio. Aunque todos se rieron al comentar yo la vestimenta del bibliotecario, se decepcionaron al saber que no tenía nada nuevo. A pesar de ello, insistí en volver. Después de todo, en esa biblioteca habían al menos unos cinco mil libros. Una tarde de sábado, que decidí saltarme la rutinaria visita a mis padres –ya que ellos dijeron que no importaba si ese día no los iba a ver, cosa algo tranquilizante, ya que papá es un seguidor incondicional de todo lo que tenga que ver con las milicias españolas, por su vocación de historiador militar, y mamá insiste en que Ariadna y yo deberíamos apurarnos en casarnos-, descubrí que Ti –como comencé a llamarlo- poseía todo el teatro clásico conservado; las obras completas de Platón, Aristóteles y Cicerón. Mi ánimo aumentó cuando, el miércoles siguiente, día que aprovechaba para pasear a mi perro –Sócrates-, luego del paseo de media tarde, preferí volver y descubrí, extasiado, que tenía la obra completa del autor de Sherlock Holmes, Arthur Conan Doile. Lo felicité más tarde por dicho hallazgo, pero él no pareció sorprendido.
Lo raro fue que, un buen día de ese invierno, Francisco, hermano mayor de Ariadna, se topó conmigo a la salida del café. Yo estaba solo ese día. Por un instante esperé que me incordiara por salir con su hermana, pero lo que me dijo me dejó sin habla.
-¿Vos conocés lo que dicen sobre el tal Tiverio, ese bibliotecario rarito? Un vecino suyo me dijo que es mentira eso de que su esposa murió hace muchos años, supuestamente de una fuerte gripe. Dice que él la mató. Por lo demás, no se le conoce otra familia. Te digo, Luís, ese hombre es un loco y un psicópata. No volvás más a esa biblioteca del infierno.
-Si eso es cierto, ¿por qué nadie se lo ha dicho a la policía?
-Nadie pudo probar nunca nada en su contra. Pero Luís, ¡ese hombre es violento! ¡Sádic!
-Nah, es un aburrido, pero nada más.
Era lunes, pero ese mismo miércoles, a media tarde, decidí ir y preguntárselo personalmente. Para mi asombro, Tiverio me miró como un loco y me dijo:
-¿De dónde sacó usted que alguna vez yo tuve esposa?
-¡usted mismo me lo dijo, el primer día que entré aquí!
-Ah, qué raro. No recuerdo haberle dicho nada de eso.
Hasta aquí, nada fuera de lo común. Lo extraño, querido lector, ocurrió el viernes. Yo volvía a la biblioteca, a devolver un ejemplar gastado de las Tragedias de Sófocles.
Al entrar a la biblioteca, me llamó la atención el hecho de que todo estuviera a oscuras. ¿Y Tiverio? No estaba por ninguna parte, ese viejo cascarrabias.
Al buscarlo más profundamente en el lugar, un escalofrío me recorrió la columna. De pronto, la biblioteca me pareció mucho más grande. Los ejemplares de Shakespeare, de Poe y de Platón se entremezclaron, inexplicablemente, con nuevos tomos que, hasta entonces,  nunca habían estado allí, que yo recordara. Vi libros de Freud, Kafka, hasta viejísimas y empolvadas ediciones de biblias del siglo XIX. Mi sorpresa fue aumentando hasta descubrir enormes libros en latín, con apariencia de haber salido directamente de la Edad Media. Se preguntará, lector, cómo podía leer los títulos sin luz, pero allí, una serie de antorchas, interpuestas dos a cada lado de los pasillos, se intercalaban a cada diez metros, expeliendo una fantasmal luminiscencia. Estuve a punto de gritar de puro terror al internarme en una sección donde una enorme estatua de una de las Gorgonas de la mitología griega, Medusa, tan realista que su cara me petrificó, aunque para mi suerte, sólo metafóricamente.
-¿Ti-Tiverio?
Mi voz se perdió entre las estanterías y los pasillos. Trastabillé al chocar con una pared, no de madera sino de piedra. Resbalando, estuve a punto de darme de cabeza contra la próxima estantería, pero fui capaz de sostenerme de un saliente, descubriendo, anonadado, que mis dedos acababan de rozar un pergamino. Al retirarlo a la luz de una de las antorchas, mis ojos se agrandaron como platos: ¡era griego antiguo!
De repente, escuché una risa cavernosa. Fue cuando arrojé el pergamino a ninguna parte y corrí sin un objetivo claro durante los próximos cinco minutos. El terror ofuscó mi corazón, en aquel sitio de pesadilla, en que acababa de convertirse la biblioteca.
Llegué a una pared sin salida, en la que me apoyé, sin aliento. Di un gritito de miedo al sentir una mano en mi espalda, pero volví en mi razón al encontrarme con Tiverio, el bibliotecario, sonriéndome y con una antorcha en una mano.
-¡Oh, qué alivio! ¿Qué es todo esto? ¿Qué está pasando?
-Tenía usted razón, mi buen amigo –me dijo en un susurro-. Sí que tuve esposa, pero murió, hace ya veinte años. Ah, cierto. No murió, yo la maté. ¿Y Sabe qué más?
-¿Q-qué más?
-Venga. Acompáñeme.
-¿Por qué debería hacerlo?
Sin responderme, el ahora ruin Tiverio comenzó a alejarse, así que me vi obligado a seguirlo. Nos detuvimos a mitad de un enorme pasillo, donde la estatua de bronce de un gigantesco toro nos ofrecía su flanco izquierdo.
-No le he contado toda mi historia. ¿Ha oído o leído, alguna vez, el mito del minotauro? Borges le dedicó un relato memorable, por lo que debería conocer la historia.
-Eh, bueno, sí. A ver... Minos, el rey de Creta, se negaba a sacrificar un magnífico ejemplar de un toro a Poseidón... ¿O era Zeus? Y a cambio, el dios castigó al rey haciendo que su esposa, Pasifae, se enamore de ese mismo toro, dando a luz al minotauro. El rey le encargó a Dédalo crear un gigantesco laberinto en el que encierra al minotauro, pero al saber que también había creado el toro de bronce donde la reina y el toro tuvieron su momento, también lo encerró a él. Y también está lo de Ariadna y Teseo.
-Ya lo entendió, ¿no?
-Un momento. ¿Ese toro de antes es...?
-Sí. Y esta biblioteca, como se podrá imaginar, es el laberinto.
-¡Imposible! ¡Teseo mató al minotauro! Además, estoy diciendo tonterías. Sólo es un mito.
-¿Esto le parece un mito?
De repente, Tiverio, el bibliotecario, experimentó una espantosa transformación ante mis propios ojos. Creció en altura, unos dos metros, su cabeza se infló, como un globo de aire, y su extravagante sombrero salió volando, revelando un par de enormes cuernos grisáceos, de al menos cincuenta centímetros cada uno.
-La humanidad es ingenua. Olvida su pasado, lo entierra y lo convierte todo en un mito. Por ejemplo, cree que el minotauro es un mito de los antiguos griegos, además de que ese mismo minotauro no sólo no existió, sino que era un bruto sin cerebro, falto de lenguaje y de inteligencia. Pues no. Porque el minotauro soy yo. Y esta vez, Teseo no está para matarme. Usted no es ningún héroe. Sólo es un simple estudiante universitario, un lector vago y con pocas pretensiones. ¡Y va a ser mi cena!
Una vez más, me descubrí corriendo, derribando la enorme estatua de Medusa a mi espalda, convirtiéndola en un pequeño muro, que me dio unos segundos de tiempo. Sin embargo, escuché cómo el monstruo la partía en pedazos, persiguiéndome airado. Pensé: ¿qué puede matar a un minotauro? Yo no era un héroe, pero al menos tampoco era un tonto. Al girar la siguiente esquina, reparé en una de las estanterías, de madera polvorienta, llena de antiguos pergaminos en griego. La estantería estaba a punto de caerse, y fue entonces que elaboré un plan.
Detrás de mí, Tiverio, el minotauro, me alcanzaba. Me di la vuelta para contemplarlo, con sus enormes colmillos y sus gigantescos cuernos.
-¡Va a morir, señor Luís!
-¡Al menos, no moriré solo! ¡Los dos moriremos!
Haciendo palanca a mi izquierda, conseguí derrumbar la primera de las estanterías. En un efecto de Dominó, el resto fue cayéndose sobre nosotros. Sonriendo, vi, satisfecho, cómo las más cercanas a mi agresor, hechas de piedra, lo sepultaban, mientras expulsaba un último alarido de dolor y frustración. Mientras cerraba mis ojos, despidiéndome de este mundo cruel, me arrodillé entre los escombros, rezando para que esta historia no cayera también en el olvido, con el rostro entre un par de pergaminos en blanco. La última estantería se desplomó sobre mi cabeza, sin permitirme siquiera despedirme en buenos términos de todo lo que alguna vez había conocido. Recuerdo que, para mi sorpresa, y a pesar de que en ese siniestro antro nunca hallé ninguna ventana, pude escuchar a lo lejos, entre sollozos, una serie de gritos y lamentos.
-¡No! ¡El primero me abandona en una isla solitaria, el segundo me abandona en la soledad de la vida, ya en su muerte!
-No te preocupés. Éste no era tu Teseo. No tenía nada que ver con un héroe.


Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986) fue un escritor de cuentos, ensayista, poeta y traductor argentino y una figura clave tanto para la literatura en habla hispana como para la literatura universal. Entre sus escritos más conocidos se encuentran El Aleph, La biblioteca de Babel, La casa de Asterión, Las ruinas circulares, Emma Zunz, La trama y Tema del traidor y del héroe.
Dedico mi relato a este genial escritor de nuestra literatura argentina.