Prefacio
El ser
humano, cuando se expresa, cuando reflexiona o cuando actúa, utiliza
asociaciones, a veces afortunadas, a veces desgraciadas. Un caso afortunado de
esas asociaciones es, quizás, la metáfora, símil de definición y suspensión,
pariente de la comparación y de la metonimia.
El
significante de gato, por su parte, porta su flexibilidad lingüística cuando se
reemplaza su sentido denotativo –mamífero doméstico que maúlla- por el
metafórico o connotativo, alusivo. Es gato el que roba o el que miente –o rata,
pero el significante ratero es hoy día menos usual-, así como lo es el que
estafa, quien inventa ingeniosas argucias, incluso quien seduce con sus
palabras, cual sofista contemporáneo, desde el podio popular o desde la
camarilla gobernante.
El gato
–literal- es, además, astuto, independiente, y su imagen a lo largo de la
historia multiplica sus cualidades, o las reduce. El gato de los faraones
egipcios, por ejemplo, era venerado y adorado como un dios; pero en la Edad
Media, el gato era un signo demoníaco, como la serpiente. Para Agamben, el gato
es la imagen perfecta que metaforiza la profanación, aquel animal que, jugando
con su ovillo de estambre, piensa en el ratón que quiere cazar; profano y
profanador, deshace o rompe –cual Shakespeare- los nudos de cualquier narrativa
o diálogo preestablecidos, está siempre al acecho de derribar la definición
vigente de las cosas para instaurar significados nuevos. Si por el contrario,
nos retrotrajéramos a la fenomenología de Merleau-Ponti, veríamos en cambio que
el gato tiene, por su capacidad de captar el mundo que lo rodea de una
particular manera, si lo observamos atentamente, una fenomenología propia,
sui-generis, cuya intención felina, cargada de lo que humanamente designamos
con el nombre de pragmatismo, indica su ser o estar en el mundo, sin ignorar
que cuerpo y conciencia son en él uno y el mismo acto –de astuta supervivencia-,
sin fin alguno esencial o aristotélico, sin substancia, cuyos signos son el
acecho, el maullido, el enrollamiento en sí o el desperezarse de sí en la
superficie más cómoda posible. Ignoraríamos así, no obstante, el erotismo
gatuno, lo que Bataille denomina el goce a pura pérdida, que en el hombre es su
condición, pero que, también en el gato –o en el perro, y por qué no afirmarlo
de todo animal superior-, constituye su quehacer epicúreo, mezcla de confort
capitalista y astucia maquiavélica, que insiste tanto cuando caza como cuando
no, si se alimenta de productos procesados, cuando juega o cuando maúlla, que
en el caso del juego con el ovillo, no implica sólo la profanación, sino
también el goce, el disfrute, la atracción transferencial del gato con sus
camaradas, con sus cuidadores o con sus parejas.
Pero el gato
–como animal y como significante- es también una invitación al riesgo, la
incitación a la burla, sin retórica, la suya es una persuasión puramente
corporal, de encantamiento o rechazo, que nos incita a acariciarlo, a darle de
comer, a obedecer sus caprichos ínfimos. Cual político, es capaz de gobierno,
de manipulación o de independencia, espontaneidad e, incluso, de justificación.
No hay, empero, gatos esencialmente buenos o malos, aunque los hay ricos y
pobres. Hay gatos salvajes y tranquilos, perezosos y andariegos, cobardes y
valientes, ruidosos o silenciosos, pragmáticos o tontos.
La
dialéctica, entendida en su sentido griego, clásico, implicaba para un sofista
como Protágoras, que todo asunto es capaz de suscitar entre quienes hablan, dos
discursos o sentidos opuestos, sin una superación necesaria o absoluta, en contraposición
con la moderna dialéctica hegeliana. Por ello, no pretenderemos esbozar en este
poemario dispar y fragmentario una revelación de la esencia o condición humana
del gato, o una cualidad felina o gatuna de la práctica política humana, sino
entregar, sencillamente, una metáfora viva, imágenes e ideas transpuestas, en
constante tensión, de la stasis al éxtasis, las palabras en lucha, conflictiva
y gozosamente. La experiencia de esta caminata del poema, su rodeo absurdo y
cómico, retórico y revolucionario, rebelde y contestatario, satírico a veces,
serio en otras ocasiones, no tiene la intención de derribar las estructuras
vigentes del quehacer filosófico y político actuales, sólo de desnudar el mundo
impuesto como lo dado, provocar, con la risa o con el enmudecimiento, una
incitación erótica y retórica, una deconstrucción lúdica a la vez que seria,
profana y sagrada, una transgresión poética de las formas estáticas de los
monigotes neoliberales, de los gritones mediáticos y sensacionalistas, creativa
y activa, para que no nos avergoncemos de desvelar las realidades cotidianas
del sopor y de la rutina. Un cuento clásico concluía con un hallazgo singular,
cuando un niño gritaba en medio de la
multitud, “¡el rey está desnudo!”, obviando lo obvio, tarea liberadora de la
literatura. Si la literatura universal nos enseña a ver a algunos políticos
como “lobos con piel de cordero”, la imagen del político mentiroso, como gato,
absurdo pero astuto, voraz de sus gobernados, vivaz de la estafa y del fetiche,
nos invita a considerarlo un “payaso de lo serio” o, como un gato, aquel que,
“está desnudo, pero bajo un disfraz peludo”. Su desnudez completa no se nos
entrega nunca, es imposible, pero pedir lo imposible se vuelve, en el don que
dicta la poesía, la devolución del símil asombroso, el gato parlante –con o sin
botas-, sagrado o maldito, menos que un chupa-cabras, pero más que un ratón.
Espectro de lo político, se esconde como el ratón, pero gruñe como el león,
planifica como el zorro, muerde como el lobo, rasguña como el tigre, salta como
el conejo. La gatocracia no es simplemente el gobierno de un gato, sino el
poder felino como disposición, dispositivo o instrumento al servicio del
marketing, del discurso mediático de los periodistas chismosos o de los
gendarmes, así como del bufón, del maestro o del revolucionario; es un animal
maldito cuando se lo asocia con la prostituta moderna –cuyos orígenes se
remontan a la época cristiana- y sagrado cuando se lo hace poseedor de la
astucia política, transgresor y comediante en la TV[1],
espíritu ancestral en el Tíbet[2],
objeto tanto del rebajamiento como del cariño de la dividida sociedad
capitalista. Sujeto, sin embargo, de una imagen originaria, la del tótem
arcaico, conjunción de sensualidad y perspicacia, inocencia y maldad, divinidad
y mundanidad, desearíamos que nos hable, pero su burla fundamental implica el
maullido o el silencio, la indiferencia o su atención a nuestros intereses y
deseos, egoístas o altruistas, pero pocas veces sinceros. El gato:
mentirosamente franco, rechazo seductor, diabólicamente divino, magníficamente
vulgar, ignorantemente sabio, tontamente astuto, deslumbrantemente sombrío,
vivaz y desganado, complejo y simple, atento e indiferente, capaz de
devolvernos nuestro sentido espabilado del mundo, sin apariencias demasiado irrealistas, nos
permite contemplar la realidad sin contemplaciones, su realidad nuestra
ficción, su ingenio, nuestra estupidez. Mas, para evitar un elogio del gato, admitamos
de paso que los incautos –y somos incautos- no hierran, como los gatos, que a
veces tropiezan y se caen, pero siempre caen de pie, son mortales como nosotros,
pero tienen siete vidas, son sabios cuando juegan y juguetones cuando admiten
saber.
Primera parte
El gato tirano
1
El gato (o El cuervo)
Heme aquí, en mi cuarto,
de noche, desvelado,
una epifanía me despierta, apesadumbrado:
una noche sombría, un desnudo manto,
y por la ventana abierta de mi cuarto
veo entrar, de pronto, un antiguo gato
negro y flaco, con ojos acerados
que me mira, esperando algo.
Lo miro, me acerco, pero no llego a tocarlo;
no es mío, parece ser de algún otro lado,
o tal vez sea callejero, alguien lo haya
abandonado...
Entonces me agacho, a su altura; está
sonriendo, qué raro,
¿cómo puede sonreír un gato?
Me siento a su lado, en la ventana de mi
cuarto,
su solitaria compañía me deja extrañado,
mas creo que mal confidente no es un gato.
-Pobre de mí, oh, amigo trasnochado-,
comienzo a decirle, anonadado-;
yo fui alguna vez como usted, amante del
trabajo,
así como ama el ruiseñor el canto,
de día cantaba, de noche esperaba un milagro,
todo el mes trabajaba, en la ciudad y en el
campo.
A mi familia sustentaba mi trabajo,
el pan de cada día yo traía silbando;
la alegría y el amor eran mis regalos,
una amada, dos hijos, un charango,
éramos felices, sin pedir tanto.
La leña cortaban mis manos en el campo,
mas en la ciudad no faltaba el trabajo;
de changas callejeras a cajero de supermercado,
pintando paredes y en la construcción, un buen
asado,
restregando un trapo en los vidrios de algún
auto,
cosiendo y remendando zapatos,
en el puerto
y de ferroviario,
de quiosquero y de repartidor de diarios,
de mesero en el restaurante en frente de la
radio,
a veces también tachero y con un pequeño
salario.
Heme aquí ahora, ho gato,
usted, que de la vida ha soportado tanto,
que yo le cuente mis desdichas no cambiará su
calvario,
ambos somos buenos conocedores del desamparo.
Acá le cuento lo que me han enseñado,
lo que me han entregado
y lo que me ha quedado...
Dicen que la miseria llega a todos, tarde o
temprano,
del más humilde al más acaudalado.
Pues cierto es que a mí me ha llegado,
de ser trabajador he dejado,
hasta ayer era un jubilado.
Hoy soy un pobre, abandonado,
mi mujer de este mundo se ha marchado,
mis hijos y sus hijos, por otro lado
con su casero se han endeudado
y sin casa se han quedado,
no pudieron con el alquiler y se han mudado.
Soy sólo un viejo, desconsolado,
cada mañana despierto angustiado,
cada tarde recuerdo el pasado
que no vuelve, por más que a cuanto Dios, buda
y Krishna he suplicado,
hoy sólo la muerte espero, acongojado.
Mas te miro y pienso, ya muchos otros se han
marchado...
y de pronto, escucho una burlona voz, que
proviene de tus felinos labios:
-Nunca más, nunca más...
¡Es imposible, este gato me ha hablado!
¿Qué clase de gato eres, solitario ronronear?
-Aquel que viene a escucharte cantar
tus últimas palabras de soledad,
para caer por fin, en la profunda oscuridad.
-Si mi muerte eres, ¿por qué he de contarte mis
desvaríos?
-Porque –respondes sonriente- nadie más que yo
los escuchará.
-Escucha, entonces, oh terrible presagio de mi
infortunado destino,
ni la garza, ni el gorrión, sólo tú, felino,
cual horroroso cuervo sombrío
aguantarás a este viejo enloquecido...
Ayer, decía, vivía de dicha sin igual;
la comida y la ropa estaban servidas, como
artículos baratos,
los remedios siempre fueron caros, pero como
hoy, no tanto;
se podían comprar los zapatos,
tomábamos leche a cada rato,
siempre fueron parte de la vida la escuela y el
trabajo,
los servicios estaban subsidiados,
no tenía un techo el salario
ni se morían de hambre los jubilados.
Por su parte, el gato,
sonriendo, encandilado,
dijo: -nunca más, nunca más...
-Sin respeto al ciudadano –continué, enojado-,
los gobernantes nos han burlado,
sus promesas no realizaron,
nuestros derechos han vulnerado,
con el ego bien hinchado,
miles de millones se han fugado,
y con mucho más se han quedado.
¿Volverán algún día los votados
a cumplir con lo que han pactado?
¿Volveremos a comer, vestirnos, trabajar,
dormir y vivir cuidados?
-Nunca más, nunca más...
De este bicho me he cansado, ya no hablo más,
me he callado;
tantos ya nos han engañado,
tantos otros, sobornados,
han pasado, disimulando
han venido y se han marchado,
sin dar cuenta nunca de sus pecados.
A mi cama regreso, suspirando,
mientras miro al techo oigo que el gato
se me ríe, ronroneando,
yo desgraciado, él afortunado,
siete vidas, cae parado,
es la muerte, que se ha encarnado,
en el animal más inesperado;
tantos otros ya han saltado
sobre el techo de mi cuarto
con un maullido desesperado,
tantos otros me han observado,
pero en la noche se esfumaron...
-Nunca más, nunca más...
2
Al acecho
En un rincón oscuro
su silueta se mueve, invisible;
viene, va, vuelve,
al acecho de una presa,
busca algo que conozco, pero que a la vez
ignoro.
Mi camino se estrecha, mi aliento se atora en
mis oídos;
cada vez más cerca de su objetivo,
él sabe que el aire está cargado de lluvia.
Aprieto el paso con energía, ese gato me está
mirando;
me sigue, se detiene, se esconde tras una
esquina,
respiro hondo y vuelvo la mirada sobre mi
hombro;
sé que está ahí, pero no lo veo más, lo cual me
preocupa.
Reanudo mis pasos en el callejón, ya falta cada
vez menos...
él, en las sombras, acecha las calles vacías;
sólo mis pasos se escuchan,
la luna es el ojo de un búho horrorizado,
las nubes negras cubren el cielo,
el gato salta, desapareciendo sobre un techo
alto;
ya casi llego, cuando de golpe me resbalo;
es entonces cuando el gato regresa, preparado,
sus ojos son gotas de fuego avivado
por la presa que entre sus garras ha cazado.
Un único maullido se oye en la noche
silenciosa,
Comienza el temporal y el gato cubre
amorosamente su premio,
No vaya a ser que la sangre del ratón se mezcle
con la de los hombres.
3
Domesticado
Me ha parecido ver un gatito domesticado
en la casa de Bibiana, la vecina solitaria,
es blanco, con rayas marrones a los lados,
tiene el pelaje suave, como las plumas de un
ganso,
dos ojos verdes como dos bosques miniaturizados
y un hocico negro, como la punta de una lanza
oxidada,
una cola larga, cual oreja de conejo,
con dos equiláteros por orejas,
cara larga de un perro.
No maúlla nunca,
parece un muerto viviente,
durmiendo en la azotea con los ojos abiertos
cual serpiente de fuego azul y de lágrimas de
helecho.
Sus pisadas dejan huellas diminutas,
andando a paso lento,
como un viejo con bastón para andar caminando,
serían las de un niño pequeño, pero libre y
salvaje.
Yo le dije que grite si se siente en peligro,
o perdido en la soledad de la selva urbana,
o que bostece si quiere acomodarse
en la alfombra descascarada,
o si se asomaba por mi ventana,
que saltara a mis brazos, que se quedara en mi
cama,
que durmiera en posición fetal
o en alarma permanente.
Pero heme aquí, domesticado,
yo también me dije a mí mismo que gritara
si me sentía perdido, en medio de la selva
urbana,
prefiero cualquier almohada,
incluso esta alfombra descascarada,
que la cacería y la revuelta contra la vecina,
que ayer me lanzaba escobazos e insultos,
pero que hoy me programa la comida y el agua,
como un pez pescado en un río contaminado...
Por eso hoy creo haber visto un gatito
domesticado,
su nombre lo ignoro, pero me da lo mismo,
duerme en la azotea, con permiso para no
ronronear,
si salta no puede salir de su zona de
seguridad,
si lo pierden de vista, puede que descubra la
libertad...
Si me escapara yo también, me darían a escoger:
o el ratón o el pescadito,
o la alfombra o el callejón frío,
vivir agazapado o morir con un maullido,
muerte salvaje, o domesticado gatito.
4
Sin ratón no hay gato
Desde que nace, hasta que muera, una regla de
oro tiene impuesta:
su status está en cazar, su presa temblará;
si hembra es, al macho puede conquistar,
pero si macho, también podría atacar.
Siempre la regla de oro, es inamovible;
está quien caza, quien es cazado,
quien vive, quien muere,
quien consigue casa, quien siempre será de la
calle,
El salvaje o el domesticable,
el asustadizo, el atrevido,
la vivaz o la neutral,
pero todos se olvidan de alguien más:
la paloma también vuela,
a veces aliada, a veces presa,
aunque no pueda esconderse, como el ratón
pelea;
su vida no tiene ataduras a la gravedad,
sus jefes son amos, pero esclavos del suelo
para siempre jamás.
Sin víctima no hay verdugo,
sin explotado no hay explotador,
sin colonia no hay imperio,
y sin ratón no hay gato.
5
Lo infranqueable
Hay un límite que no pasarás:
para algunos, es no matarás;
para otros, no vivirás;
para muchos, volarás;
para los menos, tendrás alas, pero te pesarán.
Para ti, por otra parte, la ley suprema no se
ha de enunciar;
pero si debiera, su absurdidad haría que todos
los que te rodean se rieran de ti sin parar:
saltarás; sin embargo, tu salto te detendrá en
el aire,
porque el aire le pertenece al pájaro,
el suelo al perro, los árboles a los que viven
en ellos,
los valles a los conejos, y los campos, a los
caballos, las vacas y los cerdos.
A ti, en cambio, ser vagabundo te conviene;
saltar y saltar, y quedar siempre abajo,
porque los gatos no vuelan,
pero tampoco las aves de corral, ni las ballenas
son amas de la tierra,
que respiran aire, pero que viven en el océano
o en el mar.
No asustas a los que te superan en tamaño,
ni puedes expresar tus lamentos aullando como
los lobos o los perros;
tus saltos no se comparan a los de los conejos,
que saltan más alto y más lejos que los sapos;
tu límite, el salto, ni tú mismo, ni otro gato.
Sólo cuando no caes de pie, transgredes la ley;
mas no te aflijas, te queda aún algo por lo que
maullar:
tu inteligencia y tu libertad sin igual,
tu astucia y tu sigilo,
tu capacidad para superar los problemas
y para adaptarte a la realidad.
y para adaptarte a la realidad.
6
Gatocracia
Dicen que en un paraje desconocido, hace mucho
tiempo atrás,
cuando todavía el hombre no era dueño de la
ilimitada inmensidad,
los primos de los tigres se multiplicaron uno
por millar,
y extendieron sus zarpas por todo el lugar;
eran tantos que las ratas comenzaron a temblar,
su astucia indignó a los zorros, que no
tardaron en correr,
los grandes leones y gorilas, con sus manadas
aguerridas,
frente les quisieron hacer, pero pronto quedó
clara la diferencia,
no de tamaño o fuerza, sino de astucia e
inteligencia.
Los elefantes, neutrales como pueden ver,
pusieron orden y llamaron a elecciones;
el primero en gobernar fue un elefante, pero su
lentitud le mereció rencores;
el siguiente, un león, pero su ferocidad daba
miedo a todos los demás;
luego, un tigre, un oso y un cerdo, acordaron
dividir en tres los poderes,
pero la cosa se complicó,
entonces el parlamento se disolvió,
y un gorila fue proclamado dictador.
Un zorro lo engañó, y la tranquilidad regresó,
pero su astucia desmedida le ganó la
desconfianza de antiguas presas;
con nuevas elecciones, ocurrió que un perro
ganó;
pero el perro se enojó y a los gatos amenazó;
nuevas elecciones, un gato las ganó,
y desde entonces hay paz y orden, y nadie ya se
quejó.
Claro, excepto por los ratones, que perdieron
sus cuevitas,
pero ya saben lo que dicen, ellos son como las
ratas, y las ratas
viven bajo los gatos, pero les sirven como
perros;
y de gatos rodeados de ratas, nada bueno puedo
salir.
7
Lucha de clases: gatos, perros y ratones
Se va a poner brava la cosa cuando los gatos se
emancipen al fin:
no tanto de los humanos, que les dan de comer,
sino de otros coetáneos,
que antes los acosaban, pero que hoy les llegan
a temer.
Cuando los gatos hicieron la revolución,
prometieron pobreza cero,
crecimiento económico, baja inflación;
comida para todos, mientras fuera de gato,
emprendimientos con seguros sociales,
empresas con contratos de dos renglones,
y hasta bebederos gratuitos en todas las plazas
de la ciudad.
Los perros ladraron y ladraron, en vana
acusación,
pero cayeron en oídos sordos, ¿quién los iba a
escuchar?
Un perro es leal, pero un gato, independiente.
Los nuevos sin techo, por su parte, se pusieron
a protestar,
pero los reprimieron, o se los comieron los
nuevos amos.
Los perros al bozal,
los ratones a las cloacas,
hoy todo gato tiene su casa,
total, peleas de gatos no faltan
aunque la población felina, quién sabe por qué,
hoy tiende a bajar.
Dicen que el caníbal es un monstruo,
pero si el ratón te come la lengua, no dudes en
gritar,
que cuando hay gato encerrado, hay que
sospechar;
que los problemas no existen, pero que los
hay, los hay.
Algo hay que comer, por pura necesidad.
8
El gato emperador
Entre la tierra, el mar y el cielo
de pie o sentado, estancando el tiempo,
mirando hacia el firmamento estrellado o al
suelo rebajado,
meneando tu cola, como al acecho,
espiando cada esquina, agazapado en silencio...
insensible a las fuerzas del mundo, lluvias y
vientos,
gobiernas tu palacio, con garra de hierro.
Tus pupilas feroces, dos trozos de piedra fría,
se asemejan, empero, a dos flechas ardientes,
flamantes de fuego,
que inspiran y queman, en todo su incendio,
a tus amigos respeto, a tus enemigos miedo.
Amo y señor eres, sin duda,
de tu palacio, desde tu alcoba obscura,
ante la que ninguna criatura está segura,
en la que entran pocos, pocos de ella salen,
a través de una puerta oculta,
porque la ventana es la tuya.
Cuando no se te da por deambular por el
palacio, de noche o de día,
saltas por los puentes, caminas sobre sus
barandillas,
apropiándote de las torres, de los fuertes y
los balcones,
hasta la más alta torre, buscando algo o a
alguien...
Cuando no se te da por esas, regresas a tu
trono,
real o imaginario, invisible a los ojos del
resto de nosotros,
para quienes viven a las afueras de tu palacio,
agitados sus corazones por dolores bastos,
y sus vientres, por el hambre y la sed de días
y de años;
para quienes vivimos dentro, excepto para las
sirvientas,
que si son de alta cuna y cortesanas, conocen tus
escondites;
porque para los que no frecuentamos tus
reuniones,
el trono sigue ahí, cubierto de almohadones,
aunque, de manera intermitente, hagamos acto de
presencia,
cuando nos ordenas abrirte las puertas,
cuando te servimos todo en bandeja,
si limpiamos las paredes y barremos las
alfombras,
si no fuera así, dormiríamos en mazmorras.
Tus amigos son siempre variados, mejor si son
tantos,
porque tus enemigos, dicen todos en palacio,
conocidos o no, su número va aumentando;
dicen que te frecuentan otros gatos,
pichones, palomas, ruiseñores,
elefantes, zorros y ratones,
perros, lobos y halcones,
ratas, cocodrilos y hasta dragones...
y hay quienes dicen que sólo son rumores.
Dicen los ancianos que alguna vez antaño,
gato naciste, bien cuidado y alimentado,
amigo fuiste de todos en palacio,
y mejor amigo tuviste, por acaso,
al rey, de vientre ancho,
alguna vez bueno con su pueblo, hasta conocer
tus encantos,
el rey gordo se volvió también avaro,
excepto contigo, su consejero más avispado,
murió viejo y solo, sin funeral alguno,
excepto si te contaran, único compañero de su
última luna,
no sin antes dejar órdenes a todos en palacio,
de que te edificáramos un monumento y te
erigiéramos en soberano,
dejándote en herencia todo: su trono, palacio,
reino y manto.
Hasta su familia, los nobles y los campos,
sus dos hijas te siguieron cuidando y amando,
pero tú, que eres gato, sólo pudiste dejarnos
suplicando,
no amas a nadie, excepto gatas trasnochadas en
un camposanto,
una de las hijas fue hechizada por un brujo de
la noche,
la otra, perdida, se encerró en la más alta
torre,
llorando de pena infinita, hasta inundar su
cuarto,
dicen que murió de pena, aunque los sirvientes
nunca la encontraron:
sólo hallaron sus joyas y su vestido, hecho jirones
como un trapo,
sus agujas de coser y sus zapatos de oro
blanco,
tal vez una noche, dicen algunos, un príncipe
invisible la haya raptado,
mas en el reino nadie jamás la ha encontrado;
sin embargo, los locos y los ancianos, han
atestiguado un raro milagro;
una paloma blanca, deslumbrante como la
princesa desaparecida,
volando por los muros de palacio, torres y
calles sin descanso,
hasta que, un día desafortunado, dicen que tú,
ruin gato,
te abalanzaste sobre ella, desapasionado, para
comerte sus entrañas,
y de la pobre paloma blanca queda, oh,
desventurados,
solamente sus restos, dos alas sin plumas y un
esqueleto desvencijado.
Mas sigues buscando, como desesperado, oh cruel
gato,
a alguien o algo, como desamparado,
enloquecer al viejo rey de antaño nunca fue
para ti demasiado,
quizás una amada o amante buscas en el palacio,
tu condena es vivir mientras puedas,
inconsolable, como animal extraviado,
tu odio por nuestros cuellos no calmará tu
propia pena.
Hoy intentaste acabar con todo finalmente,
te subiste a la ventana de tu alcoba
inescrutable,
miraste al horizonte y saltaste,
pero lo que para otros sería un milagro, para
ti fue desgracia:
pues caíste de pie, con toda tu gracia,
mas corriste asustado, por miedo al pueblo
hambriento y sin que les hiciera gracia
que al caer no murieras en el acto, para
facilitarles la tarea,
conseguir comida es más difícil sin nada en la
panza o en la muela.
Sin embargo, me he ido por las ramas, cual
pájaro cansado,
mejor les sigo contando lo que, días más tarde,
acaeció con nuestro señor gato.
Un niño travieso, cuyo nombre he vivido
ignorando,
dicen que es hijo de un noble cortesano
y de la ama de llaves, cuyo nombre descarto,
dicen todos en palacio, que vio venir corriendo
al emperador, el gato
y, sin previo aviso, le abrió la puerta de su
desordenado cuarto,
en el que aquel se escondió, por mucho rato;
sus padres, sin embargo, lo persuadieron para
que devolviera al señor a su trono,
cosa que el niño intentó, sin buenos
resultados:
le gritó, lo acarició, le hizo cosquillas, entre
tanto,
lo zamarreó, lo pateó, lo pinchó con un tenedor
muy largo,
le dejó comida, la habitual y los manjares
humanos,
lo mordió, lo acostó, le dio vino blanco y
frutillas,
lo vistió, lo abrazó, lo arrastró y le tocó en
violín lo poco que sabía,
hasta que, imprevisiblemente para todos los que
lo veían,
el gato saltó, llegando en poco tiempo a su
trono alto,
aunque dicen que entonces, una humilde
sirvienta, que lo estaba limpiando,
-¿quién lo diría?, ¡el trono no era simplemente
imaginario!-
sin mirar a su alrededor, se giró rápidamente,
sin pensarlo,
tropezando con el señor, que sufrió, dicen, un
potente desmayo.
Todavía hoy, queridos oyentes de este extraño
relato,
hay quienes esperamos que nuestro nuevo amo, el
gato,
reaparezca por su ventana, en la inexpugnable
–o no tanto-
alcoba de su antiguo amo, silencioso y
agazapado,
para alzar, con felina astucia suya
una pequeña garra de hierro imaginario,
mirando hacia el horizonte en la penumbra,
hacia el cielo estrellado, o al suelo
deshabitado,
pero aún –dicen- se esconde, desmayado,
más
allá de la vista de sus lacayos.
Los desamparados, según me han informado,
ya no comen gato, prefieren morirse de algo más
sano,
una vaca o un chancho, o incluso un caballo de
los campos,
yo, como una vulgar rata de alcantarillado,
y como cucaracha del reino de al lado,
no soy ni perro ni gato,
pero he comenzado a contentarme, puesto que me
han gustado,
con las palabras de los hombres y con sus
miserias de tantos,
como sus restos y deshechos, de comida y de
reinados,
que si el gato es rico y no pobre,
nunca me perseguirá para comerme, mas preferirá
atenderme,
porque los reinos se desmoronan a pedazos,
pero un gato desconocido mantiene
con sus garras los palacios.
[1] Piénsese, por ejemplo, en
todas las series de dibujos animados que tienen al gato como protagonista, como
Garfield o los Thundercats. No obstante, creemos que Kid vs. Kat es un caso
excepcional, al mostrar a Señor Gato, principal antagonista, tanto como animal
sagrado así como animal maldito, querido por unos y detestado por otros, aún si
el cariño y cuidado que Millie le da está garantizado únicamente por su sagrada
ignorancia de la verdadera naturaleza de aquel, a saber, el hecho de ser un
gato extraterrestre.
[2] Véase Michie, David, El
gato del Dalay-Lama, 2012.