miércoles, 22 de julio de 2020

Ninja o samurai I. Capítulo 3


  Una misión para comenzar

  -Vaya, no sabía que estudiar para ser un samurai fuera tan duro –decía Kasunaru, mientras acababa de limpiar las espadas de Ohara.
  -Bueno, después de un tiempo terminas por acostumbrarte –dijo Daisuke, trayéndole una bandeja con bollos de arroz-. Aquí, lo que más recibes son golpes.
  -En realidad, nos sorprende que sigas vivo –dijo Sadashi, apareciendo por detrás del pelirrojo.
  -Ahora que ya pasé mi prueba, ¿qué creen que ocurra?
  -Ahora eres oficialmente un aprendiz de samurai, felicidades –dijo la peliazul.
  -Francamente, espero que llegues a ser un gran guerrero. Aunque esté prohibido, me gustaría ponerte a prueba algún día –dijo Daisuke, cambiando su expresión de diversión por una de seriedad y reto.
  -¿Qué? –tanto Kasunaru como Sadashi miraron con desconcierto a su amigo.
  -Ya me escuchaste; conviértete en un digno guerrero, porque espero luchar contra ti alguna vez.
  -¡Pero creía que éramos amigos! –dijo Kasunaru, entre enojado y confundido.
  -Eso fue hasta que te admitieron aquí como aprendiz. Desde ahora, tú y yo somos rivales. –Y con esas últimas palabras, Daisuke se marchó sin voltearse ni una sola vez.
  -No le hagas caso, es uno de sus días de caza, seguro que es por eso que está de mal humor.
  -¿Qué significa eso? ¿De “caza”?
  -Cría halcones y águilas para entrenarlos y entrenarse a sí mismo para las batallas.
  -No importa. –Kasunaru desvió la mirada hacia la dirección en la que había partido Daisuke-. Espero estar listo para entonces; sé que lo estaré, Águila Roja.

Ninja o samurai I. Capítulo 2


  El examen de ingreso a la academia

  -Bien, parece que soy la primera en llegar, como siempre –dijo una mujer de aspecto juvenil, que no pasaría de los treinta, de tez pálida, con cabello y ojos marrones, vestida con un uwagi verde bosque, junto con un obi negro adornado con una cinta dorada, con dos wakizashis-. ¿Eh? Miyaru, ¿eres tú?
  -Buenos días, Michiko sensey; ¿se ha cortado el cabello? Luce menos cansada hoy, ayer no parecía muy feliz –dijo el señalado, un chico moreno de cabello amarillo y vestimentas azules, que acababa de sacar un mazo de cartas de su bolso, y se disponía a mezclarlas-. Oiga, ¿qué tal un truco? Ya sabe, para mi entrenamiento.
  -Lo siento, Miyaru; tal vez otro día, en algún sitio abierto y sin objetos afilados cerca. Por cierto, ¿cómo lo llevas?
  -¿Eso? Oh, está mejor que ayer, por lo menos ya no sangra –el chico se levantó y se quitó su sandalia del pie derecho, dejando ver una marca profunda hecha por algún arma.
  -la próxima vez, procura utilizar zapatos o algo así, ¿de acuerdo? Hablando de otra cosa, ¿cuáles trajiste hoy? ¿Las cartas especiales o las comunes?
  -Mi padre no quiere que vea las otras, dice que podrían matarme. Así que traje las clásicas, de todos modos nadie va a querer jugar conmigo después de lo de ayer.
  -No digas eso, no creo que todos piensen así de ti. Es decir, al menos Koemi no se rió de ti.
  -¡Claro que no, sólo me llamó idiota ciento cincuenta veces! Y Menuya tampoco, pero quedó paralizada del miedo y luego salió corriendo a buscar a algún médico. ¿Y sabe quién más tampoco se rió? Toranosuke, porque estaba gritándome: ¿Vamos! ¡Puedes hacerlo mejor, niño mago! ¿Qué tal si también le das al otro pie? Y el resto de la clase que sí se rieron, no creo que siquiera deseen sentarse a mi lado hoy.
  -Daisuke y Sadashi no se rieron, Miyaru. ¿Qué hay de ellos?
  -¿Qué hay de ellos? ¡me odian! Si no se rieron ayer fue porque sabían que no podía humillarme más.
  -¡Hola, Michiko sensey! Hola pequeño rompe-espejos –saludó una chica vestida casi completamente de negro, mientras colgaba su bolso en su silla y procuraba alejar su banco lo más posible del chico-. ¿No sabías, pequeño rompe-vidrios, que ahora vas a tener siete años de mala suerte? Claro, a menos que tu libro de magia diga algo sobre cómo eludir a los idiotas, aunque soy escéptica, ya que te habría matado a ti antes que protegerte, ya que ni un libro puede ser tan estúpido como para querer pasar toda la eternidad junto a alguien tan ingenuo. Y tienes suerte de que Michiko-Sama sea nuestra instructora, de lo contrario ya te habrían expulsado hace tiempo.
  -No, Koemi; pero creo que dice algo sobre las niñas que se han vuelto psicópatas antes siquiera de agarrar una espada –se burló Miyaru de vuelta.
  -Por lo menos, de ser psicópata, que por cierto no lo soy, no mataría accidentalmente a todos mis compañeros, lo cual por lo menos disminuiría mi pena de espada al cuello a prisión de por vida.
  -¡ya vasta, los dos! –Gritó de repente Michiko, harta-. ¡No ha comenzado todavía el segundo turno, y ustedes dos ya están insultándose! ¡Ni que fueran enemigos mortales!
  -No, pero si llego a graduarme de esta tonta academia algún día, mis agujas tendrán sangre en vez de seda en sus puntas.
  -Digo lo mismo; el día que mi padre me deje usar sus cartas, desearás que fuera un mal mago, y preferirás mil veces que te corte a la mitad en un cajón a que te aplique las cintas del infinito dolor.
  -¡ Miyaru! ¿Qué estás diciendo? ¡Estarías declarándole un duelo a tu propia compañera y conciudadana, y acabarías convirtiéndote en un traidor y en un ronin! –al oír esto, Miyaru agachó la cabeza, avergonzado; pero antes de que Koemi tuviera la oportunidad de sonreír y alzar su puño al aire como señal de victoria, la maestra continuó-. ¡y tú, Koemi! ¿Cómo puedes decir algo tan horrible a un compañero? ¿Sólo escúchate! ¡Tú cuidas la naturaleza, no la usas para matar a tus semejantes! No puede llamarse guerrero alguien que osa utilizar sus herramientas de bordado como un arma contra quien se enfada.
  Los niños se callaron, pero continuaron dirigiéndose miradas asesinas el uno a la otra y viceversa.
  -Ahora sí, ¿qué pasó con todos los demás? Ya es tarde.
  En eso, una fila de treinta niños de entre doce y trece años aproximadamente, se abrió paso por la puerta de madera del aula, trayendo al interior el caos exterior. Cuando el orden se hubo reestablecido, la maestra comenzó a tomar lista, extrañada por algo.
  -Qué extraño, ellos nunca llegan tarde. ¿habrá pasado algo malo?
  -¡Permiso, niños! ¡Abran paso, que estoy retrasado! –dijo un chico pelirrojo de mediana estatura, arrojando su antifaz a su bolso antes de caer en su asiento.
  -¡Con permiso, compañeros! Es mi culpa, ya sé. –decía apresuradamente una chica que venía detrás de su amigo, mientras apretaba algo en su mano.
  -¡Niños! ¿Qué les ocurre? Llegan tarde y ... ¡Un momento, señorita Akiyama! ¿Qué está haciendo ahorcando a ese niño? ¿Y qué hace él aquí? ¿Es un civil?
  -¡Michiko sensey, discúlpeme! ¡Es que si no lo tengo así, es capaz de aplastarme! Este chico realmente tiene una fuerza digna de un samurai.
  En efecto, lo que Sadashi sostenía era el andrajoso cuello de una camiseta desteñida debajo de una chaqueta llena de tierra y rota por diferentes partes; dentro de la ropa, un niño de su misma edad se sacudía furiosamente, como un pescado que han sacado del agua y que tiembla por oxígeno.
  De repente, todas las miradas estaban fijas en la escena, con murmullos y risas de fondo.
  -¡ya suéltame, chica loca! ¡Vas a matarme! –dijo kasunaru, liberándose, para sorpresa de la mayoría, del fuerte agarre de la chica-. Por los dioses, ¡de saber que ibas a hacer eso, me volvía corriendo a la caravana! Vaya loca.
  -¿Podría alguien explicarme qué rayos está ocurriendo? ¡Y no quiero excusas! ¡usted tampoco, señor Sennokaze! –de un segundo a otro, la apacible faz de Michiko Kurotoba se transformó en una mirada asesina, que hizo que un escalofrío recorriera las columnas vertebrales de los señalados, de golpe asustados.
  -Fue su idea, sensey; ya sabe como es Sadashi-San, tan inquieta.
  -¡Que no, sensey! Él venía corriendo detrás de nosotros ... yo pensé ... No sé cómo logró alcanzarnos y ver dónde estaba la academia. ¡Lo juro! Dimos un rodeo, ¡pero igual nos encontró! ¡Vaya mocoso!
  -¿Y tú, Daisuke-Kun, qué tienes que decir?
  -Debí alejarlo con mi tornado. Ya sé, en parte también es mi culpa. –El chico se encogió de hombros, abatido-. Fui yo quien lo encontró, debería haberme ido y ya. Creí que simplemente querría un autógrafo, después de todo algo tenía que hacer por el pobre, esos tres salieron volando.
  -¿Cómo dices? –esta vez la suavidad repentinamente adquirida por la voz de la maestra se hizo apenas más aguda, recalcando el veneno en ella-. ¿Acaso expusiste tus habilidades frente a un civil?
  -No había de otra, ¡en serio! Simplemente pasó, las circunstancias me dijeron que tenía que ayudarlo, ¡lo siento!
  -¡Para eso están las armas, jovencito! La próxima vez te quitaré tu máscara, y te encerraré en el gimnasio por las siguientes dos semanas, ¿me entiendes?
  Daisuke simplemente se limitó a asentir, regresando a su asiento. Mientras, los otros niños miraban a Kasunaru como leones que se disputan una jugosa presa, al tiempo que el chico los miraba entre asustado y enfadado. Sus manos estaban tan fuertemente apretadas en forma de puños, que sus nudillos se ponían blancos por momentos; Sadashi trató de echarlo, pero sólo consiguió hacerlo enojar aún más; entonces, ella rebuscó en su bolso, y le arrojó una shuriken, que el chico esquivó por milímetros.
  -¿Qué rayos te pasa? ¡No voy a decir nada, Sadashi! ¡Sólo deja de arrojarme armas!
  -Señorita Akiyama, ¿cree que esa es manera de tratar a un civil? –en cuanto la chica oyó esas palabras, se detuvo y fue a sentarse, impotente ante la situación-. En cuanto a usted, joven, ¿sabe dónde está?
  -Sí, mis nuevos amigos me lo dijeron. Es la academia de artes marciales, ¿verdad?
  -Claro; pero no es la gran cosa, si es que te esperabas algo más. Escucha ... Puede que ahora desees que te demos un reconocimiento o algo por descubrir la ubicación secreta de la academia, pero ... ya se me hizo tarde, hace más de diez minutos que debería haber comenzado la lección, y tú no estás ayudando; así que, con mis mejores deseos, ¿sería mucho pedir que te fueras? Ya sabes, todo el mundo dice que es más interesante el castillo del Ishi Kage que la academia ...
  -No pienso marcharme.
  -disculpa, ¿qué?
  -Que no pienso irme, eso he dicho.
  -¿Cómo dices? –ahora sí que la maestra estaba desconcertada.
  -¡ya me escuchó, no voy a irme! ¡Voy a quedarme aquí, con Sadashi y Daisuke! ¡Y ningún guerrero o shuriken, ni siquiera toda una caravana, va a evitar que me quede!
  -Si te quedas, vas a tener que ponerte algo más decente, mocoso –dijo un niño rubio, más alto que el resto y que sonreía socarronamente.
  -Toranosuke, ¿qué haces? –dijo Koemy, con curiosidad.
  -ya lo tienes; que se quede, nadie va a quejarse por eso; pero primero que se ponga algo más limpio, parece una rata que alguien sacó del campo y tiró en la ciudad –dijo el chico, provocando risas en gran parte de sus compañeros,
  -Espera, Toramosuke –dijo Sadashi, levantándose de su silla y apuntándolo con el dedo-; ¿acaso pretendes humillar a alguien? No creo que nuestra sensey aquí presente lo permita.  ¿Verdad que no, sensey?
  -nadie lo invitó, así que por mí pueden insultarlo, al menos eso hará que se vaya, y las amenazas lo disuadirán para que no diga nada –dijo la maestra, sentándose en su escritorio y observando.
  -¡Siéntate, estúpida niña lanza shuriken! –se burló Kaemy, provocando más risas en el grupo-. ¿No ves que estás sola?
  -Oblígame a hacerlo, viuda negra. De todos modos, es nuestra responsabilidad, así que nosotros lo sacaremos de aquí, no ustedes.
  -ya hablaste, niña estrella; pero me parece que no hay suficiente espacio como para que el tornado no cause daños a todos los que están dentro –dijo Borisuke, levantándose de su asiento y adoptando una mirada asesina hacia el resto de sus compañeros.
  -Vamos, no hay necesidad de una pelea; llamen a los guardias, y ellos se lo llevarán sin consecuencias para nadie –sugirió una niña de tez pálida.
  -Tienes razón, pequeña Sayuri; no hay necesidad de una pelea, de todos modos ya la tendría ganada. ¡Eh, tú! Vamos a darte ropa nueva, pero necesitamos que primero te quites la que ya tienes puesta.
  -¿Uh? ¿En serio? –dijo kasunaru, que había cambiado su expresión de furia por una de confusión-. ¿Aquí mismo? Pero es que hay mucha gente ... Y las niñas ... No sé...
  -Toranosuke, ya vasta; esto es lo peor que has hecho.
  -En eso tiene razón, señorita Akiyama –dijo de repente la maestra-; Menuya, ve y haz que alguien traiga a los guardias, ellos resolverán esto sin causarnos más problemas.
  Pero Sayuri estaba paralizada, muda como el resto de sus compañeros, ya que Kasunaru, ante la insistente voz de Yurosuke, llevó sus manos lentamente hacia su chaqueta, y se sonrojó de vergüenza.
  -¿Realmente si hago esto me dejarán quedarme y ser uno de ustedes?
  -Ya, sí, ¡sólo quítate la ropa y te daremos la adecuada para la academia! ¿O quieres que los otros profesores piensen mal de la sensey? ¿Qué estás esperando?
  Lentamente, Kasunaru comenzó a quitarse la chaqueta, arrojándola al suelo. Luego, poniéndose más rojo que un tomate, comenzó a quitarse la camiseta; sin embargo, en cuanto arrojó la segunda prenda al suelo, allí se detuvo, cruzándose de brazos.
  -Oye, ¿qué te pasa? ¿No sabes que todavía te queda ropa, o qué?
  -¡Por favor! ¡No me digan que el uniforme incluye pantalones especiales también!
  -Mira a tu alrededor, mocoso –dijo casualmente Kaemy, extendiendo sus piernas en su asiento.
  -En ese caso, creo que puedo cambiarme en algún baño o algo así.
  Sorprendidos todos ante esto, y al ver Yurosuke que su proyecto de humillar a un mocoso de la calle  e ignorante del mundo samurai, el rubio se levantó y fue hasta Kasunaru, con evidentes intenciones de desnudarlo de todos modos.
  -¡Eh, suéltame! –gritó el chico, una vez en las garras de su atacante, que lo elevaba unos cuantos centímetros de piso, por las axilas.
  -No durará mucho, ya lo verás.
  -¡Que alguien llame a los guardias, de una maldita vez! ¿Qué nadie me escucha? –decía la maestra, ahora realmente preocupada, por primera vez, de la situación.
  -¡Detente, Toranosuke! ¡Es un civil, no un enemigo! –gritó Sadashi, acercándose.
  -¿Y qué vas a hacer si no te hago caso? Sabes que si inicias una pelea, te expulsarán.
  Antes de que la peliazul pudiera alcanzar a Toranosuke, y sin que nadie, aparentemente, pudiera notar por qué, el rubio soltó a su víctima, gritando de dolor.
  -¡Maldito animal! –gritó el niño, agarrándose la entrepierna, que Kasunaru acababa de patear.
  -¿Qué ocurre, señorita Kurotoba? –al pararse, la señalada pudo ver que se trataba de dos samurais flacuchos, que venían detrás de un asustado Miyaru.
  -Es ese niño de ahí –indicó la maestra, señalando a Kasunaru, quien ahora miraba ferozmente al dolorido Toranosuke-. Aunque él, al menos, no está tratando de intimidar a nadie-y de repente cambió su mirada al bravucón- a diferencia de este otro; llévenlo a la entrada, creo que sabrá el camino para regresar a su casa. Al otro llévenlo con los directores, ellos sabrán qué hacer.
  Ante el repentino cambio de actitud de su sensey, tanto Borisuke como Sadashi sonrieron por el alivio, mientras Kasunaru miraba alrededor nuevamente confundido, y Toranosuke adquiría una expresión aterrada, mirando primero a los guerreros, luego a la maestra.
  -¿Qué quiere decir con eso, sensey?
  -Que estás expulsado, eso es lo que significa.
  -Pero ... pero ... ¡Pero el mocoso que no debería estar aquí es él, no yo!
  -¿Un civil? –dijo uno de los guardias, mirando inquisitivamente a la maestra.
  -Eso cambiará pronto, estoy segura; en cuanto a ti, Toranosuke, creo que los papeles se acaban de invertir. Así que, por favor, márchate, tus padres serán debidamente informados en unos días, aunque, de ser tú, no estaría con muchas ganas de volver a casa con lo que estabas apunto de hacer.
  Obedeciendo la orden de la guerrera, los dos samurais escoltaron tanto a Yurosuke a la salida como a Kasunaru a la sala de los superiores, cuidando que hubiera una distancia suficientemente grande entre los dos niños, para evitar otro incidente.

  -¿Aburrida, Konomy-Sama? –preguntó un hombre vestido con ropas formales a una mujer mayor, que en cambio llevaba un conjunto completo de ropas de palacio combinadas con un cinturón de cuero donde portaba su espada, y un par de votas enfundadas en acero, menos de la cantidad recomendada de partes de una armadura de un samurai fuera de la guerra.
  -Supongo que sí, Tamaru-Kun; o creo que nada interesante o fuera de lo común vaya a ocurrir hoy, ni en los próximos meses. Detesto ir a las guerras, pero incluso eso es más emocionante que vivir aquí, encerrada diez horas diarias en esta caja gris.
  -¡Disculpen, señor Kibura, señora Tsukichira! ¿Puedo pasar?
  -Claro, adelante –respondió la voz femenina.
  Al abrirse la puerta, un samurai delgado y algo descuidado, que era conocido por hacer guardia en la academia, traía del brazo a un niño, quien se destacaba por su ropa raída y sucia, que no era especialmente la de ningún aprendiz. Su cabello, a mitad de camino entre el marrón y el amarillo, parecía confundido.
  -¿Qué hace un niño de la ciudad aquí? –inquirió molesta la mujer.
  - Kurotoba-San me dijo que lo trajera ante ustedes, honorables señores. Discúlpenme, tengo que seguir vigilando la puerta, no vaya a ser que otro como él desee intentar entrar y armar un lío. –Y con eso dicho, el samurai se dio la vuelta, no sin antes realizar el típico saludo marcial, y se fue, cerrando la puerta y dejando solos a los tres.
  -Muy bien, esto será gracioso –dijo casualmente Tamaru, mientras terminaba su taza de té.
  -Juro que no diré nada, en serio –dijo Kasunaru, asustado ante la imponente presencia de los mayores, que parecían por lo menos intrigados.
  -¿Cómo has logrado encontrar la academia? No es un sitio que todo el mundo conozca, la ubicación de este lugar es secreta hasta para los mensajeros –dijo Konomy, cambiando su expresión anterior de fastidio por una de curiosidad.
  -Yo ... bueno ... –recordando lo ocurrido hasta entonces, el niño pareció quedarse mudo. No podía decirles que había seguido a Daisuke y Sadashi, su intuición le indicaba que eso no ayudaría-. ¿Casualidad? No sé, simplemente pasó; la historia es muy larga.
  -Tenemos todo el día para escucharte, querido –dijo la mujer, suavizando su expresión.
  -Eh ... Bueno, esto fue lo que pasó: no soy de aquí, vine de muy lejos, y bueno, pensé que ¿por qué no recorrer esta aldea y ver qué cosas raras habían aquí? Así que ... Bueno, digamos que estaba en eso cuando vi que algunas personas que vestían raro, se dirigían a un sitio apartado. Sin que me vieran, comencé a seguirlos y acabé aquí.
  -Está bien, pero queremos oír la verdadera historia –lo interrumpió el hombre, dejando perplejo a su interlocutor.
  -P-pero ... ¡Pero esa es la verdadera historia!
  -Vamos, no puedes engañarnos, somos samurais y sabemos cuándo una persona está diciendo la verdad, y cuándo está mintiendo.
  -Creo saber qué fue, más o menos, lo que sí ocurrió –dijo casualmente su compañera, sonriendo levemente-. Supongo que el descuido de alguno de nuestros estudiantes consiguió que llegaras hasta aquí, ¿me equivoco?
  -Bueno ... Sí –concedió finalmente Kasunaru, vencido por la evidencia-. Pero por favor, ¡no vaya a expulsarlos! Son los únicos niños que han sido buenos conmigo en la vida, y además ...
  -Detente, te estás confundiendo; no vamos a expulsar a nadie, no está en riesgo la seguridad de la aldea ni la vida de nadie. Sólo cálmate, ¿quieres? No vamos a morderte –dijo Tamaru, adoptando una expresión apacible         .
  -Lo ignoro, Sadashi –decía Daisuke, mientras ambos salían al patio-. Yo que él, me conformaría con que por lo menos no me sacaran a rastras.
  -¡Amigos! –decía alguien a lo lejos, corriendo hasta ellos por detrás.
  Al voltearse, pudieron ver que se trataba de Kasunaru, quien venía corriendo, aún vestido con sus harapos.
  -¿Qué ha pasado? ¿No van a cortarte la cabeza? –preguntó Sadashi, con preocupación.
  -No. Ellos...
  -¿Sí? –inquirieron los otros dos jóvenes, impacientes.
  -Ellos quieren ... quieren que realice un examen.
  -¡Eso es genial! –dijo Sadashi, levantando por los aires a su pronto nuevo compañero de estudios.
  -¿Qué te dijeron que harás? –esta vez fue Daisuke el interesado.
  -Ese es el problema, ¡maldición! –Kasunaru miró para otro lado, algo avergonzado-. ¿Pueden ayudarme con esto?
  -Claro, no hay problema –accedió Sadashi-. ¿qué dices tú, Daisuke?
  El otro se limitó a asentir.
  -Primero, ¿saben quién es Yashutotsu Ohara?
  En cuanto pronunció ese nombre, el rastro de entusiasmo que acababa de aparecer en los rostros de sus recientes amigos desapareció.
  -Mi prueba de admisión consiste, según parece, en presentarme ante él y dejar que me entrene por al menos diez minutos.
  -¿Qué? ¿Estás loco? –gritó la peliceleste, aterrorizada.
  -Esto no es bueno –la secundó el pelirrojo, cruzándose de brazos-. Sí, claro que sabemos quién es; de hecho, todo el mundo por aquí lo sabe, incluso los pobladores saben algo. Le llaman el Toro Azul. Es conocido como el guerrero más temido de nuestra aldea.
  -No me digas –el rostro del chico extranjero se puso pálido, como si le hubieran pedido que se tirara por un acantilado-. ¡No puedo hacer algo así!

Ninja o samurai I. Capítulo 1

Primera parte
Los Comienzos del Guerrero

  Capítulo 1

  Kasunaru llega a Kakureta rokkubirejji

  Aquella mañana de enero, el sol despuntaba ya en su primer despertar del día, alumbrando el mundo desde los cielos hasta los lejanos horizontes. Día por demás inusual, ya que el mismo se pintaba primaveral, a pesar del largo invierno hace poco empezado. Tras kilómetros y kilómetros de quejumbrosos árboles que reunían un bosque extensísimo, el Mugen Tsuyu, se abría al tocar su parte sudoeste, un extenso claro de verdes montañas. Kakureta rokkubirejji, o la Aldea de la Roca Escondida, se elevaba soberbia entre los accidentados terrenos, rodeada de pequeñas y medianas colinas por su parte norte, oeste y sur.
  A las puertas de la aldea, un grupo de alrededor de doscientos guerreros, enfundados en sus marrones y plateadas armaduras, algunos montados a sus caballos de guerra, a pie la mayor parte, guardaban las puertas de roble y roca recientemente construidas en el extremo oriental de la ciudadela. Uno de los que se encontraba más cerca del bosque, con una libreta y una pluma en una mano y un cuchillo en la otra, paseaba su mirada por las inmediaciones del claro, aún tranquilo a pesar de los avistamientos recientes de shinobis. A lo lejos, a media mañana, divisó una comitiva de gente.
  -¡Alto ahí! ¿Quiénes son?
  Un hombre robusto, con atuendos que mezclaban los hábitos de un monje budista con las maneras de un guerrero, al parecer quien dirigía la marcha, se adelantó, dando antes órdenes al grupo de que se detuviera y esperara una señal.
  -Disculpe, honorable samurai. Mi nombre es Kento Atsumarabutra, y dirijo esta caravana que puede ver a pocos pasos de nosotros. Mis respetos, esperamos encontrar una buena acogida en esta aldea, mañana seguiremos camino rumbo al norte.
  -Un momento, podrán pasar todos, pero antes necesito que se identifiquen y registren todos, por favor. Sé que es una medida algo exagerada, pero es necesaria, si queremos impedir el ingreso de shinobis en las Naciones Samurais.
  El que dirigía la caravana accedió, y en menos de tres horas, los más de cuatrocientos viajantes fueron registrados, tras lo cual Kento se dispuso a realizar su cometido.
  -Un momento, ¡tú! ¡Sí, tú! Ese del pelo enmarañado y con la bolsa al hombro. ¡No te identificaste! ¡Ven aquí e identifícate! –exigió el portero.
  El señalado, que no tendría más de doce años, que había quedado rezagado al final del grupo, llegó arrastrando los pies cansadamente ante el guerrero. El chico era rubio con los ojos de un fuerte color verde bosque, y vestía con unos harapos grises, que alguna vez podrían haber sido de otro color.
  -Muy bien, ¿cómo te llamas?
  -Ka ... su ... nar ... u ...
  -Lo siento, no pude oírte bien; ¿cómo dijiste que te llamas?
  -Kasu-naru... Kasunaru ... –el muchacho se quedó sin aliento, mientras tosía audiblemente-. Kasunaru.
  -Bien, muchacho. Pareces muerto de sed y de hambre; espero que te portes bien, esta aldea es muy estricta, hablo en serio. Ah, y no te olvides de usar el aseo público, también es para extranjeros –dijo el hombre, haciendo que sus compañeros se rieran.
  Sin replicar, el muchacho avanzó y se introdujo en la aldea, escoltado por las cientas de miradas de los guerreros.
  Al quedar solo con el comandante de la caravana, que ya había terminado de acomodar al resto en la ciudad temporalmente, Kasunaru lo observó con un rostro famélico pero altivo. En cambio, el otro lo miraba con gesto condescendiente.
  -Lo siento, muchacho; pero no he logrado conseguirte un lugar para que duermas esta noche. ¿Te queda dinero?
  -No, señor. Unos bandidos me robaron las últimas monedas que tenía la otra noche.
  -Bien ... No importa. ¿Sabes qué? Toma esto –el hombre, con pena en sus ojos, revolvió entre sus gastados bolsillos de su traje remendado, y sacó algunas monedas, que entregó al chico-. No es mucho, pero te alcanzará para esta noche; podrás alquilar algún cuarto barato si quieres, y para lo necesario de comida y ropa para una semana. Sin embargo, entérate que ya no podré ayudarte de ahora en más, por lo que si decides continuar con nosotros, tendrás que mendigar, hasta que lleguemos al siguiente monasterio budista; hasta entonces, probablemente mueras en el camino.
  -No, gracias; creo que me quedaré aquí, al menos hasta que consiga que alguien me escuche, alguien como usted. Gracias por todo; adiós.
  Estrechándose las manos, joven y viejo se despidieron, marchándose cada uno por su lado.

Ninja o samurai I. Prólogo

¡Llega una novela llena de acción y aventuras!

Únete a Kasunaru y sus amigos en sus aventuras. Samurais, ninjas, conflictos y batallas... ¿Cuál es el camino que deben seguir nuestros héroes para convertirse en guerreros valerosos y enfrentarse a sus destinos?

Poemas de la era de la COVID-19

En estos tiempos convulsos de incertidumbre y miedo, en una pandemia mundial, no dejamos de escribir sobre lo que sentimos que nos pasa. Por eso publicamos estos poemas, dedicados a la compleja y delicada situación, que no da signos de terminar pronto.

SILENCIO

¿Has visto, mirando por la ventana,
las calles vacías, llenas de fantasmas,
una hoja caída, llevada por la brisa,
el rocío ya viejo, horas pasadas de la mañana?

Dime tú, si has salido
para conseguir lo indispensable, el pan de ayer,
la carne más barata, la más negra papa,
tal vez un tomate, media zanahoria y dos manzanas,
el ladrido de un perro solitario, las hojas sin barrer.

Dime tú, que has crecido
en el interior resguardado de un fresno o de un sauce llorón,
nacido siendo brizna y convirtiéndote en un hermoso gorrión,
si al salir a la intemperie, el silencio te dejó aturdido.

Y dime tú, indefenso gorrión,
si al caminar en la soledad de los parques,
de pronto te has sentido acobardado, al encontrarte
sin pensar con un eco de sordo dolor.

Dime tú, desesperanza recién despertada
tras una noche de pura y sola diversión,
si al volver corriendo de la calle, para acurrucarte en un rincón,
te volviste hacia el espejo, con tal de ver una cara.

Encendiendo de pronto el televisor,
viste tú, sin esperar sorprenderte por nada,
ya no rostros, sino cuerpos metidos en ambulancias,
y crematorios de humo y horror.

Vuelvo a preguntarte, tras el muro que es ahora mi ventana,
si acaso conseguiste ver, desesperadas las naciones del mundo,
pueblos que morían por miles, hora a hora, segundo a segundo,
y fosas comunes, cual trincheras cavadas.

Si así aislados los pueblos has visto, asustado,
te pregunto de nuevo, con la pena arrebujada,
y con la cara entre mis manos enterrada,
cómo la muerte cunde, a la puerta de todos llamando.
¿QUÉ FUE DE LOS CANTANTES?
Dicen que se fueron, que se esfumaron;
dicen que murieron, que se fugaron;
dicen que partieron, pero que nunca regresaron.

Que existieron, en otros tiempos, bajo lunas y sol,
que durmieron el tiempo, acallando un distante dolor;
que luego se fueron, resistiendo la pasión.

Se resignaron a callar por las noches,
se acostumbraron a parlotear durante el día,
se convirtieron en siluetas sombrías
de cuyas voces solo quedan rumores.

Zarparon en barcos de humo,
de nubes blancas como la espuma,
de mantos azules como el mar,
evaporándose al tocar el sol.

Pero dicen que, por ahí, alguno
anda aún cantando, soplando búhos de luz,
el silencio persigue sus notas, la esperanza es su cruz.
NUNCA
Nunca te vi, te oí, te sentí,
nunca esperé, creí, añoré,
nunca me detuve, nunca seguí,
nunca vivir o morir, sólo temer.

Nunca grito, nunca llanto ni debilidad,
nunca derrumbado, vencido, nunca siquiera caído,
nunca emoción, sentimiento ni fragilidad,
nunca una segunda mirada atrás, un segundo latido.

Nunca una duda, pero tampoco una certidumbre,
nunca sino el perro faldero del vencedor,
nunca en el suelo ni en la cumbre,
nunca sino el más inconsciente servidor.

Nunca mancha, tacha o pecado,
nunca nada que se me pudiera reprochar,
nunca odio, tampoco perdón, nunca mojado,
nunca nada que no fuera belleza, bien y verdad.

Nunca inocente, nunca maldad,
nunca riesgo, nunca perdido,
nunca ganancia que no pudiera administrar,
nunca lo indemostrable, lo imposible o lo querido.

Nunca deseo, nunca pasión, amor,
nunca daño, sólo confort y seguridad,
nunca dormido, nunca despierto por ningún horror,
nunca roto o doblado, por ninguna precariedad.

Nunca vivo, nunca moribundo,
nunca muerto, más que muerto incluso,
nunca libre ni recluso,
nunca abierto o cerrado, menos que inmundo.

Nunca niño, joven o adulto,
nunca maduro ni recién nacido,
nunca perro, gato o pulpo,
nunca más que humano, inhumano y perdido.

Nunca perdido ni encontrado,
nunca suelto ni atado,
nunca cuerdo o enloquecido,
nunca dentro del nunca olvido.
CALZADO
Calzadas pantuflas floreadas,
calzadas en pies de gran grosor,
calzadas las botas mojadas,
calzado cada extremo inferior.

Calzar medias desteñidas,
ponerse vestidos vaporosos,
probarse la ropa más fina,
para volver a las medias a trozos.

Calzar, sí, y de manera ordenada,
pie a pie, descalzando botas por sandalias,
pantufla por zapato, bajo una atenta mirada,
sin pausa para un descanso, sin dejar nada atrás.

Calzo entonces la mirada, la piel,
el guante por la media, bufanda por campera,
mano a mano, ojo al pie,
a mano el desinfectante, por si alguien se entera.