El examen de ingreso a la academia
-Bien, parece que soy la primera en llegar,
como siempre –dijo una mujer de aspecto juvenil, que no pasaría de los treinta,
de tez pálida, con cabello y ojos marrones, vestida con un uwagi verde bosque,
junto con un obi negro adornado con una cinta dorada, con dos wakizashis-. ¿Eh?
Miyaru, ¿eres tú?
-Buenos días, Michiko sensey; ¿se ha cortado
el cabello? Luce menos cansada hoy, ayer no parecía muy feliz –dijo el señalado,
un chico moreno de cabello amarillo y vestimentas azules, que acababa de sacar
un mazo de cartas de su bolso, y se disponía a mezclarlas-. Oiga, ¿qué tal un
truco? Ya sabe, para mi entrenamiento.
-Lo siento, Miyaru; tal vez otro día, en
algún sitio abierto y sin objetos afilados cerca. Por cierto, ¿cómo lo llevas?
-¿Eso? Oh, está mejor que ayer, por lo menos
ya no sangra –el chico se levantó y se quitó su sandalia del pie derecho,
dejando ver una marca profunda hecha por algún arma.
-la próxima vez, procura utilizar zapatos o
algo así, ¿de acuerdo? Hablando de otra cosa, ¿cuáles trajiste hoy? ¿Las cartas
especiales o las comunes?
-Mi padre no quiere que vea las otras, dice
que podrían matarme. Así que traje las clásicas, de todos modos nadie va a
querer jugar conmigo después de lo de ayer.
-No digas eso, no creo que todos piensen así
de ti. Es decir, al menos Koemi no se rió de ti.
-¡Claro que no, sólo me llamó idiota ciento
cincuenta veces! Y Menuya tampoco, pero quedó paralizada del miedo y luego
salió corriendo a buscar a algún médico. ¿Y sabe quién más tampoco se rió? Toranosuke,
porque estaba gritándome: ¿Vamos! ¡Puedes hacerlo mejor, niño mago! ¿Qué tal si
también le das al otro pie? Y el resto de la clase que sí se rieron, no creo
que siquiera deseen sentarse a mi lado hoy.
-Daisuke y Sadashi no se rieron, Miyaru. ¿Qué
hay de ellos?
-¿Qué hay de ellos? ¡me odian! Si no se
rieron ayer fue porque sabían que no podía humillarme más.
-¡Hola, Michiko sensey! Hola pequeño rompe-espejos
–saludó una chica vestida casi completamente de negro, mientras colgaba su
bolso en su silla y procuraba alejar su banco lo más posible del chico-. ¿No
sabías, pequeño rompe-vidrios, que ahora vas a tener siete años de mala suerte?
Claro, a menos que tu libro de magia diga algo sobre cómo eludir a los idiotas,
aunque soy escéptica, ya que te habría matado a ti antes que protegerte, ya que
ni un libro puede ser tan estúpido como para querer pasar toda la eternidad
junto a alguien tan ingenuo. Y tienes suerte de que Michiko-Sama sea nuestra
instructora, de lo contrario ya te habrían expulsado hace tiempo.
-No, Koemi; pero creo que dice algo sobre las
niñas que se han vuelto psicópatas antes siquiera de agarrar una espada –se
burló Miyaru de vuelta.
-Por lo menos, de ser psicópata, que por
cierto no lo soy, no mataría accidentalmente a todos mis compañeros, lo cual
por lo menos disminuiría mi pena de espada al cuello a prisión de por vida.
-¡ya vasta, los dos! –Gritó de repente
Michiko, harta-. ¡No ha comenzado todavía el segundo turno, y ustedes dos ya
están insultándose! ¡Ni que fueran enemigos mortales!
-No, pero si llego a graduarme de esta tonta
academia algún día, mis agujas tendrán sangre en vez de seda en sus puntas.
-Digo lo mismo; el día que mi padre me deje
usar sus cartas, desearás que fuera un mal mago, y preferirás mil veces que te
corte a la mitad en un cajón a que te aplique las cintas del infinito dolor.
-¡ Miyaru! ¿Qué estás diciendo? ¡Estarías
declarándole un duelo a tu propia compañera y conciudadana, y acabarías
convirtiéndote en un traidor y en un ronin! –al oír esto, Miyaru agachó la
cabeza, avergonzado; pero antes de que Koemi tuviera la oportunidad de sonreír
y alzar su puño al aire como señal de victoria, la maestra continuó-. ¡y tú, Koemi!
¿Cómo puedes decir algo tan horrible a un compañero? ¿Sólo escúchate! ¡Tú
cuidas la naturaleza, no la usas para matar a tus semejantes! No puede llamarse
guerrero alguien que osa utilizar sus herramientas de bordado como un arma
contra quien se enfada.
Los niños se callaron, pero continuaron
dirigiéndose miradas asesinas el uno a la otra y viceversa.
-Ahora sí, ¿qué pasó con todos los demás? Ya
es tarde.
En eso, una fila de treinta niños de entre
doce y trece años aproximadamente, se abrió paso por la puerta de madera del
aula, trayendo al interior el caos exterior. Cuando el orden se hubo
reestablecido, la maestra comenzó a tomar lista, extrañada por algo.
-Qué extraño, ellos nunca llegan tarde.
¿habrá pasado algo malo?
-¡Permiso, niños! ¡Abran paso, que estoy
retrasado! –dijo un chico pelirrojo de mediana estatura, arrojando su antifaz a
su bolso antes de caer en su asiento.
-¡Con permiso, compañeros! Es mi culpa, ya
sé. –decía apresuradamente una chica que venía detrás de su amigo, mientras
apretaba algo en su mano.
-¡Niños! ¿Qué les ocurre? Llegan tarde y ...
¡Un momento, señorita Akiyama! ¿Qué está haciendo ahorcando a ese niño? ¿Y qué
hace él aquí? ¿Es un civil?
-¡Michiko sensey, discúlpeme! ¡Es que si no
lo tengo así, es capaz de aplastarme! Este chico realmente tiene una fuerza
digna de un samurai.
En efecto, lo que Sadashi sostenía era el
andrajoso cuello de una camiseta desteñida debajo de una chaqueta llena de
tierra y rota por diferentes partes; dentro de la ropa, un niño de su misma
edad se sacudía furiosamente, como un pescado que han sacado del agua y que
tiembla por oxígeno.
De repente, todas las miradas estaban fijas
en la escena, con murmullos y risas de fondo.
-¡ya suéltame, chica loca! ¡Vas a matarme!
–dijo kasunaru, liberándose, para sorpresa de la mayoría, del fuerte agarre de
la chica-. Por los dioses, ¡de saber que ibas a hacer eso, me volvía corriendo
a la caravana! Vaya loca.
-¿Podría alguien explicarme qué rayos está
ocurriendo? ¡Y no quiero excusas! ¡usted tampoco, señor Sennokaze! –de un segundo
a otro, la apacible faz de Michiko Kurotoba se transformó en una mirada
asesina, que hizo que un escalofrío recorriera las columnas vertebrales de los
señalados, de golpe asustados.
-Fue su idea, sensey; ya sabe como es Sadashi-San,
tan inquieta.
-¡Que no, sensey! Él venía corriendo detrás
de nosotros ... yo pensé ... No sé cómo logró alcanzarnos y ver dónde estaba la
academia. ¡Lo juro! Dimos un rodeo, ¡pero igual nos encontró! ¡Vaya mocoso!
-¿Y tú, Daisuke-Kun, qué tienes que decir?
-Debí alejarlo con mi tornado. Ya sé, en
parte también es mi culpa. –El chico se encogió de hombros, abatido-. Fui yo
quien lo encontró, debería haberme ido y ya. Creí que simplemente querría un
autógrafo, después de todo algo tenía que hacer por el pobre, esos tres
salieron volando.
-¿Cómo dices? –esta vez la suavidad
repentinamente adquirida por la voz de la maestra se hizo apenas más aguda,
recalcando el veneno en ella-. ¿Acaso expusiste tus habilidades frente a un
civil?
-No había de otra, ¡en serio! Simplemente
pasó, las circunstancias me dijeron que tenía que ayudarlo, ¡lo siento!
-¡Para eso están las armas, jovencito! La
próxima vez te quitaré tu máscara, y te encerraré en el gimnasio por las
siguientes dos semanas, ¿me entiendes?
Daisuke simplemente se limitó a asentir,
regresando a su asiento. Mientras, los otros niños miraban a Kasunaru como
leones que se disputan una jugosa presa, al tiempo que el chico los miraba
entre asustado y enfadado. Sus manos estaban tan fuertemente apretadas en forma
de puños, que sus nudillos se ponían blancos por momentos; Sadashi trató de
echarlo, pero sólo consiguió hacerlo enojar aún más; entonces, ella rebuscó en
su bolso, y le arrojó una shuriken, que el chico esquivó por milímetros.
-¿Qué rayos te pasa? ¡No voy a decir nada, Sadashi!
¡Sólo deja de arrojarme armas!
-Señorita Akiyama, ¿cree que esa es manera de
tratar a un civil? –en cuanto la chica oyó esas palabras, se detuvo y fue a
sentarse, impotente ante la situación-. En cuanto a usted, joven, ¿sabe dónde
está?
-Sí, mis nuevos amigos me lo dijeron. Es la
academia de artes marciales, ¿verdad?
-Claro; pero no es la gran cosa, si es que te
esperabas algo más. Escucha ... Puede que ahora desees que te demos un reconocimiento
o algo por descubrir la ubicación secreta de la academia, pero ... ya se me
hizo tarde, hace más de diez minutos que debería haber comenzado la lección, y
tú no estás ayudando; así que, con mis mejores deseos, ¿sería mucho pedir que
te fueras? Ya sabes, todo el mundo dice que es más interesante el castillo del Ishi
Kage que la academia ...
-No pienso marcharme.
-disculpa, ¿qué?
-Que no pienso irme, eso he dicho.
-¿Cómo dices? –ahora sí que la maestra estaba
desconcertada.
-¡ya me escuchó, no voy a irme! ¡Voy a
quedarme aquí, con Sadashi y Daisuke! ¡Y ningún guerrero o shuriken, ni
siquiera toda una caravana, va a evitar que me quede!
-Si te quedas, vas a tener que ponerte algo
más decente, mocoso –dijo un niño rubio, más alto que el resto y que sonreía
socarronamente.
-Toranosuke, ¿qué haces? –dijo Koemy, con
curiosidad.
-ya lo tienes; que se quede, nadie va a
quejarse por eso; pero primero que se ponga algo más limpio, parece una rata
que alguien sacó del campo y tiró en la ciudad –dijo el chico, provocando risas
en gran parte de sus compañeros,
-Espera, Toramosuke –dijo Sadashi,
levantándose de su silla y apuntándolo con el dedo-; ¿acaso pretendes humillar
a alguien? No creo que nuestra sensey aquí presente lo permita. ¿Verdad que no, sensey?
-nadie lo invitó, así que por mí pueden insultarlo,
al menos eso hará que se vaya, y las amenazas lo disuadirán para que no diga
nada –dijo la maestra, sentándose en su escritorio y observando.
-¡Siéntate, estúpida niña lanza shuriken! –se
burló Kaemy, provocando más risas en el grupo-. ¿No ves que estás sola?
-Oblígame a hacerlo, viuda negra. De todos
modos, es nuestra responsabilidad, así que nosotros lo sacaremos de aquí, no
ustedes.
-ya hablaste, niña estrella; pero me parece
que no hay suficiente espacio como para que el tornado no cause daños a todos
los que están dentro –dijo Borisuke, levantándose de su asiento y adoptando una
mirada asesina hacia el resto de sus compañeros.
-Vamos, no hay necesidad de una pelea; llamen
a los guardias, y ellos se lo llevarán sin consecuencias para nadie –sugirió
una niña de tez pálida.
-Tienes razón, pequeña Sayuri; no hay
necesidad de una pelea, de todos modos ya la tendría ganada. ¡Eh, tú! Vamos a
darte ropa nueva, pero necesitamos que primero te quites la que ya tienes
puesta.
-¿Uh? ¿En serio? –dijo kasunaru, que había
cambiado su expresión de furia por una de confusión-. ¿Aquí mismo? Pero es que
hay mucha gente ... Y las niñas ... No sé...
-Toranosuke, ya vasta; esto es lo peor que
has hecho.
-En eso tiene razón, señorita Akiyama –dijo
de repente la maestra-; Menuya, ve y haz que alguien traiga a los guardias,
ellos resolverán esto sin causarnos más problemas.
Pero Sayuri estaba paralizada, muda como el
resto de sus compañeros, ya que Kasunaru, ante la insistente voz de Yurosuke,
llevó sus manos lentamente hacia su chaqueta, y se sonrojó de vergüenza.
-¿Realmente si hago esto me dejarán quedarme
y ser uno de ustedes?
-Ya, sí, ¡sólo quítate la ropa y te daremos la
adecuada para la academia! ¿O quieres que los otros profesores piensen mal de
la sensey? ¿Qué estás esperando?
Lentamente, Kasunaru comenzó a quitarse la
chaqueta, arrojándola al suelo. Luego, poniéndose más rojo que un tomate,
comenzó a quitarse la camiseta; sin embargo, en cuanto arrojó la segunda prenda
al suelo, allí se detuvo, cruzándose de brazos.
-Oye, ¿qué te pasa? ¿No sabes que todavía te
queda ropa, o qué?
-¡Por favor! ¡No me digan que el uniforme
incluye pantalones especiales también!
-Mira a tu alrededor, mocoso –dijo
casualmente Kaemy, extendiendo sus piernas en su asiento.
-En ese caso, creo que puedo cambiarme en
algún baño o algo así.
Sorprendidos todos ante esto, y al ver
Yurosuke que su proyecto de humillar a un mocoso de la calle e ignorante del mundo samurai, el rubio se
levantó y fue hasta Kasunaru, con evidentes intenciones de desnudarlo de todos
modos.
-¡Eh, suéltame! –gritó el chico, una vez en
las garras de su atacante, que lo elevaba unos cuantos centímetros de piso, por
las axilas.
-No durará mucho, ya lo verás.
-¡Que alguien llame a los guardias, de una
maldita vez! ¿Qué nadie me escucha? –decía la maestra, ahora realmente
preocupada, por primera vez, de la situación.
-¡Detente, Toranosuke! ¡Es un civil, no un
enemigo! –gritó Sadashi, acercándose.
-¿Y qué vas a hacer si no te hago caso? Sabes
que si inicias una pelea, te expulsarán.
Antes de que la peliazul pudiera alcanzar
a Toranosuke, y sin que nadie, aparentemente, pudiera notar por qué, el rubio
soltó a su víctima, gritando de dolor.
-¡Maldito animal! –gritó el niño, agarrándose
la entrepierna, que Kasunaru acababa de patear.
-¿Qué ocurre, señorita Kurotoba? –al pararse,
la señalada pudo ver que se trataba de dos samurais flacuchos, que venían
detrás de un asustado Miyaru.
-Es ese niño de ahí –indicó la maestra,
señalando a Kasunaru, quien ahora miraba ferozmente al dolorido Toranosuke-.
Aunque él, al menos, no está tratando de intimidar a nadie-y de repente cambió
su mirada al bravucón- a diferencia de este otro; llévenlo a la entrada, creo
que sabrá el camino para regresar a su casa. Al otro llévenlo con los
directores, ellos sabrán qué hacer.
Ante el repentino cambio de actitud de su
sensey, tanto Borisuke como Sadashi sonrieron por el alivio, mientras Kasunaru
miraba alrededor nuevamente confundido, y Toranosuke adquiría una expresión
aterrada, mirando primero a los guerreros, luego a la maestra.
-¿Qué quiere decir con eso, sensey?
-Que estás expulsado, eso es lo que
significa.
-Pero ... pero ... ¡Pero el mocoso que no
debería estar aquí es él, no yo!
-¿Un civil? –dijo uno de los guardias,
mirando inquisitivamente a la maestra.
-Eso cambiará pronto, estoy segura; en cuanto
a ti, Toranosuke, creo que los papeles se acaban de invertir. Así que, por favor,
márchate, tus padres serán debidamente informados en unos días, aunque, de ser
tú, no estaría con muchas ganas de volver a casa con lo que estabas apunto de
hacer.
Obedeciendo la orden de la guerrera, los dos
samurais escoltaron tanto a Yurosuke a la salida como a Kasunaru a la sala de
los superiores, cuidando que hubiera una distancia suficientemente grande entre
los dos niños, para evitar otro incidente.
-¿Aburrida, Konomy-Sama? –preguntó un hombre
vestido con ropas formales a una mujer mayor, que en cambio llevaba un conjunto
completo de ropas de palacio combinadas con un cinturón de cuero donde portaba
su espada, y un par de votas enfundadas en acero, menos de la cantidad
recomendada de partes de una armadura de un samurai fuera de la guerra.
-Supongo que sí, Tamaru-Kun; o creo que nada
interesante o fuera de lo común vaya a ocurrir hoy, ni en los próximos meses.
Detesto ir a las guerras, pero incluso eso es más emocionante que vivir aquí,
encerrada diez horas diarias en esta caja gris.
-¡Disculpen, señor Kibura, señora Tsukichira!
¿Puedo pasar?
-Claro, adelante –respondió la voz femenina.
Al abrirse la puerta, un samurai delgado y
algo descuidado, que era conocido por hacer guardia en la academia, traía del
brazo a un niño, quien se destacaba por su ropa raída y sucia, que no era
especialmente la de ningún aprendiz. Su cabello, a mitad de camino entre el
marrón y el amarillo, parecía confundido.
-¿Qué hace un niño de la ciudad aquí?
–inquirió molesta la mujer.
- Kurotoba-San me dijo que lo trajera ante
ustedes, honorables señores. Discúlpenme, tengo que seguir vigilando la puerta,
no vaya a ser que otro como él desee intentar entrar y armar un lío. –Y con eso
dicho, el samurai se dio la vuelta, no sin antes realizar el típico saludo marcial,
y se fue, cerrando la puerta y dejando solos a los tres.
-Muy bien, esto será gracioso –dijo
casualmente Tamaru, mientras terminaba su taza de té.
-Juro que no diré nada, en serio –dijo
Kasunaru, asustado ante la imponente presencia de los mayores, que parecían por
lo menos intrigados.
-¿Cómo has logrado encontrar la academia? No
es un sitio que todo el mundo conozca, la ubicación de este lugar es secreta
hasta para los mensajeros –dijo Konomy, cambiando su expresión anterior de
fastidio por una de curiosidad.
-Yo ... bueno ... –recordando lo ocurrido
hasta entonces, el niño pareció quedarse mudo. No podía decirles que había
seguido a Daisuke y Sadashi, su intuición le indicaba que eso no ayudaría-.
¿Casualidad? No sé, simplemente pasó; la historia es muy larga.
-Tenemos todo el día para escucharte, querido
–dijo la mujer, suavizando su expresión.
-Eh ... Bueno, esto fue lo que pasó: no soy
de aquí, vine de muy lejos, y bueno, pensé que ¿por qué no recorrer esta aldea
y ver qué cosas raras habían aquí? Así que ... Bueno, digamos que estaba en eso
cuando vi que algunas personas que vestían raro, se dirigían a un sitio
apartado. Sin que me vieran, comencé a seguirlos y acabé aquí.
-Está bien, pero queremos oír la verdadera
historia –lo interrumpió el hombre, dejando perplejo a su interlocutor.
-P-pero ... ¡Pero esa es la verdadera
historia!
-Vamos, no puedes engañarnos, somos samurais
y sabemos cuándo una persona está diciendo la verdad, y cuándo está mintiendo.
-Creo saber qué fue, más o menos, lo que sí
ocurrió –dijo casualmente su compañera, sonriendo levemente-. Supongo que el
descuido de alguno de nuestros estudiantes consiguió que llegaras hasta aquí,
¿me equivoco?
-Bueno ... Sí –concedió finalmente Kasunaru,
vencido por la evidencia-. Pero por favor, ¡no vaya a expulsarlos! Son los
únicos niños que han sido buenos conmigo en la vida, y además ...
-Detente, te estás confundiendo; no vamos a
expulsar a nadie, no está en riesgo la seguridad de la aldea ni la vida de
nadie. Sólo cálmate, ¿quieres? No vamos a morderte –dijo Tamaru, adoptando una
expresión apacible .
-Lo ignoro, Sadashi –decía Daisuke, mientras
ambos salían al patio-. Yo que él, me conformaría con que por lo menos no me
sacaran a rastras.
-¡Amigos! –decía alguien a lo lejos,
corriendo hasta ellos por detrás.
Al voltearse, pudieron ver que se trataba de
Kasunaru, quien venía corriendo, aún vestido con sus harapos.
-¿Qué ha pasado? ¿No van a cortarte la
cabeza? –preguntó Sadashi, con preocupación.
-No. Ellos...
-¿Sí?
–inquirieron los otros dos jóvenes, impacientes.
-Ellos quieren ... quieren que realice un
examen.
-¡Eso es genial! –dijo Sadashi, levantando
por los aires a su pronto nuevo compañero de estudios.
-¿Qué te dijeron que harás? –esta vez fue Daisuke
el interesado.
-Ese es el problema, ¡maldición! –Kasunaru
miró para otro lado, algo avergonzado-. ¿Pueden ayudarme con esto?
-Claro, no hay problema –accedió Sadashi-.
¿qué dices tú, Daisuke?
El otro se limitó a asentir.
-Primero, ¿saben quién es Yashutotsu Ohara?
En cuanto pronunció ese nombre, el rastro de
entusiasmo que acababa de aparecer en los rostros de sus recientes amigos
desapareció.
-Mi prueba de admisión consiste, según
parece, en presentarme ante él y dejar que me entrene por al menos diez
minutos.
-¿Qué? ¿Estás loco? –gritó la peliceleste,
aterrorizada.
-Esto no es bueno –la secundó el pelirrojo,
cruzándose de brazos-. Sí, claro que sabemos quién es; de hecho, todo el mundo
por aquí lo sabe, incluso los pobladores saben algo. Le llaman el Toro Azul. Es conocido como el guerrero más temido de nuestra aldea.
-No me digas –el rostro del chico extranjero
se puso pálido, como si le hubieran pedido que se tirara por un acantilado-.
¡No puedo hacer algo así!