domingo, 22 de septiembre de 2019

GATOCRACIA: Dialéctica poética del pensamiento popular, I


Prefacio
El ser humano, cuando se expresa, cuando reflexiona o cuando actúa, utiliza asociaciones, a veces afortunadas, a veces desgraciadas. Un caso afortunado de esas asociaciones es, quizás, la metáfora, símil de definición y suspensión, pariente de la comparación y de la metonimia.
El significante de gato, por su parte, porta su flexibilidad lingüística cuando se reemplaza su sentido denotativo –mamífero doméstico que maúlla- por el metafórico o connotativo, alusivo. Es gato el que roba o el que miente –o rata, pero el significante ratero es hoy día menos usual-, así como lo es el que estafa, quien inventa ingeniosas argucias, incluso quien seduce con sus palabras, cual sofista contemporáneo, desde el podio popular o desde la camarilla gobernante.
El gato –literal- es, además, astuto, independiente, y su imagen a lo largo de la historia multiplica sus cualidades, o las reduce. El gato de los faraones egipcios, por ejemplo, era venerado y adorado como un dios; pero en la Edad Media, el gato era un signo demoníaco, como la serpiente. Para Agamben, el gato es la imagen perfecta que metaforiza la profanación, aquel animal que, jugando con su ovillo de estambre, piensa en el ratón que quiere cazar; profano y profanador, deshace o rompe –cual Shakespeare- los nudos de cualquier narrativa o diálogo preestablecidos, está siempre al acecho de derribar la definición vigente de las cosas para instaurar significados nuevos. Si por el contrario, nos retrotrajéramos a la fenomenología de Merleau-Ponti, veríamos en cambio que el gato tiene, por su capacidad de captar el mundo que lo rodea de una particular manera, si lo observamos atentamente, una fenomenología propia, sui-generis, cuya intención felina, cargada de lo que humanamente designamos con el nombre de pragmatismo, indica su ser o estar en el mundo, sin ignorar que cuerpo y conciencia son en él uno y el mismo acto –de astuta supervivencia-, sin fin alguno esencial o aristotélico, sin substancia, cuyos signos son el acecho, el maullido, el enrollamiento en sí o el desperezarse de sí en la superficie más cómoda posible. Ignoraríamos así, no obstante, el erotismo gatuno, lo que Bataille denomina el goce a pura pérdida, que en el hombre es su condición, pero que, también en el gato –o en el perro, y por qué no afirmarlo de todo animal superior-, constituye su quehacer epicúreo, mezcla de confort capitalista y astucia maquiavélica, que insiste tanto cuando caza como cuando no, si se alimenta de productos procesados, cuando juega o cuando maúlla, que en el caso del juego con el ovillo, no implica sólo la profanación, sino también el goce, el disfrute, la atracción transferencial del gato con sus camaradas, con sus cuidadores o con sus parejas.
Pero el gato –como animal y como significante- es también una invitación al riesgo, la incitación a la burla, sin retórica, la suya es una persuasión puramente corporal, de encantamiento o rechazo, que nos incita a acariciarlo, a darle de comer, a obedecer sus caprichos ínfimos. Cual político, es capaz de gobierno, de manipulación o de independencia, espontaneidad e, incluso, de justificación. No hay, empero, gatos esencialmente buenos o malos, aunque los hay ricos y pobres. Hay gatos salvajes y tranquilos, perezosos y andariegos, cobardes y valientes, ruidosos o silenciosos, pragmáticos o tontos.
La dialéctica, entendida en su sentido griego, clásico, implicaba para un sofista como Protágoras, que todo asunto es capaz de suscitar entre quienes hablan, dos discursos o sentidos opuestos, sin una superación necesaria o absoluta, en contraposición con la moderna dialéctica hegeliana. Por ello, no pretenderemos esbozar en este poemario dispar y fragmentario una revelación de la esencia o condición humana del gato, o una cualidad felina o gatuna de la práctica política humana, sino entregar, sencillamente, una metáfora viva, imágenes e ideas transpuestas, en constante tensión, de la stasis al éxtasis, las palabras en lucha, conflictiva y gozosamente. La experiencia de esta caminata del poema, su rodeo absurdo y cómico, retórico y revolucionario, rebelde y contestatario, satírico a veces, serio en otras ocasiones, no tiene la intención de derribar las estructuras vigentes del quehacer filosófico y político actuales, sólo de desnudar el mundo impuesto como lo dado, provocar, con la risa o con el enmudecimiento, una incitación erótica y retórica, una deconstrucción lúdica a la vez que seria, profana y sagrada, una transgresión poética de las formas estáticas de los monigotes neoliberales, de los gritones mediáticos y sensacionalistas, creativa y activa, para que no nos avergoncemos de desvelar las realidades cotidianas del sopor y de la rutina. Un cuento clásico concluía con un hallazgo singular, cuando un  niño gritaba en medio de la multitud, “¡el rey está desnudo!”, obviando lo obvio, tarea liberadora de la literatura. Si la literatura universal nos enseña a ver a algunos políticos como “lobos con piel de cordero”, la imagen del político mentiroso, como gato, absurdo pero astuto, voraz de sus gobernados, vivaz de la estafa y del fetiche, nos invita a considerarlo un “payaso de lo serio” o, como un gato, aquel que, “está desnudo, pero bajo un disfraz peludo”. Su desnudez completa no se nos entrega nunca, es imposible, pero pedir lo imposible se vuelve, en el don que dicta la poesía, la devolución del símil asombroso, el gato parlante –con o sin botas-, sagrado o maldito, menos que un chupa-cabras, pero más que un ratón. Espectro de lo político, se esconde como el ratón, pero gruñe como el león, planifica como el zorro, muerde como el lobo, rasguña como el tigre, salta como el conejo. La gatocracia no es simplemente el gobierno de un gato, sino el poder felino como disposición, dispositivo o instrumento al servicio del marketing, del discurso mediático de los periodistas chismosos o de los gendarmes, así como del bufón, del maestro o del revolucionario; es un animal maldito cuando se lo asocia con la prostituta moderna –cuyos orígenes se remontan a la época cristiana- y sagrado cuando se lo hace poseedor de la astucia política, transgresor y comediante en la TV[1], espíritu ancestral en el Tíbet[2], objeto tanto del rebajamiento como del cariño de la dividida sociedad capitalista. Sujeto, sin embargo, de una imagen originaria, la del tótem arcaico, conjunción de sensualidad y perspicacia, inocencia y maldad, divinidad y mundanidad, desearíamos que nos hable, pero su burla fundamental implica el maullido o el silencio, la indiferencia o su atención a nuestros intereses y deseos, egoístas o altruistas, pero pocas veces sinceros. El gato: mentirosamente franco, rechazo seductor, diabólicamente divino, magníficamente vulgar, ignorantemente sabio, tontamente astuto, deslumbrantemente sombrío, vivaz y desganado, complejo y simple, atento e indiferente, capaz de devolvernos nuestro sentido espabilado del mundo,  sin apariencias demasiado irrealistas, nos permite contemplar la realidad sin contemplaciones, su realidad nuestra ficción, su ingenio, nuestra estupidez. Mas, para evitar un elogio del gato, admitamos de paso que los incautos –y somos incautos- no hierran, como los gatos, que a veces tropiezan y se caen, pero siempre caen de pie, son mortales como nosotros, pero tienen siete vidas, son sabios cuando juegan y juguetones cuando admiten saber.


Primera parte
El gato tirano
1
El gato (o El cuervo)
Heme aquí, en mi cuarto,
de noche, desvelado,
una epifanía me despierta, apesadumbrado:
una noche sombría, un desnudo manto,
y por la ventana abierta de mi cuarto
veo entrar, de pronto, un antiguo gato
negro y flaco, con ojos acerados
que me mira, esperando algo.
Lo miro, me acerco, pero no llego a tocarlo;
no es mío, parece ser de algún otro lado,
o tal vez sea callejero, alguien lo haya abandonado...
Entonces me agacho, a su altura; está sonriendo, qué raro,
¿cómo puede sonreír un gato?
Me siento a su lado, en la ventana de mi cuarto,
su solitaria compañía me deja extrañado,
mas creo que mal confidente no es un gato.
-Pobre de mí, oh, amigo trasnochado-,
comienzo a decirle, anonadado-;
yo fui alguna vez como usted, amante del trabajo,
así como ama el ruiseñor el canto,
de día cantaba, de noche esperaba un milagro,
todo el mes trabajaba, en la ciudad y en el campo.
A mi familia sustentaba mi trabajo,
el pan de cada día yo traía silbando;
la alegría y el amor eran mis regalos,
una amada, dos hijos, un charango,
éramos felices, sin pedir tanto.
La leña cortaban mis manos en el campo,
mas en la ciudad no faltaba el trabajo;
de changas callejeras a cajero de supermercado,
pintando paredes y en la construcción, un buen asado,
restregando un trapo en los vidrios de algún auto,
cosiendo y remendando zapatos,
en el puerto  y de ferroviario,
de quiosquero y de repartidor de diarios,
de mesero en el restaurante en frente de la radio,
a veces también tachero y con un pequeño salario.
Heme aquí ahora, ho gato,
usted, que de la vida ha soportado tanto,
que yo le cuente mis desdichas no cambiará su calvario,
ambos somos buenos conocedores del desamparo.
Acá le cuento lo que me han enseñado,
lo que me han entregado
y lo que me ha quedado...
Dicen que la miseria llega a todos, tarde o temprano,
del más humilde al más acaudalado.
Pues cierto es que a mí me ha llegado,
de ser trabajador he dejado,
hasta ayer era un jubilado.
Hoy soy un pobre, abandonado,
mi mujer de este mundo se ha marchado,
mis hijos y sus hijos, por otro lado
con su casero se han endeudado
y sin casa se han quedado,
no pudieron con el alquiler y se han mudado.
Soy sólo un viejo, desconsolado,
cada mañana despierto angustiado,
cada tarde recuerdo el pasado
que no vuelve, por más que a cuanto Dios, buda y Krishna he suplicado,
hoy sólo la muerte espero, acongojado.
Mas te miro y pienso, ya muchos otros se han marchado...
y de pronto, escucho una burlona voz, que proviene de tus felinos labios:
-Nunca más, nunca más...
¡Es imposible, este gato me ha hablado!
¿Qué clase de gato eres, solitario ronronear?
-Aquel que viene a escucharte cantar
tus últimas palabras de soledad,
para caer por fin, en la profunda oscuridad.
-Si mi muerte eres, ¿por qué he de contarte mis desvaríos?
-Porque –respondes sonriente- nadie más que yo los escuchará.
-Escucha, entonces, oh terrible presagio de mi infortunado destino,
ni la garza, ni el gorrión, sólo tú, felino,
cual horroroso cuervo sombrío
aguantarás a este viejo enloquecido...
Ayer, decía, vivía de dicha sin igual;
la comida y la ropa estaban servidas, como artículos baratos,
los remedios siempre fueron caros, pero como hoy, no tanto;
se podían comprar los zapatos,
tomábamos leche a cada rato,
siempre fueron parte de la vida la escuela y el trabajo,
los servicios estaban subsidiados,
no tenía un techo el salario
ni se morían de hambre los jubilados.
Por su parte, el gato,
sonriendo, encandilado,
dijo: -nunca más, nunca más...
-Sin respeto al ciudadano –continué, enojado-,
los gobernantes nos han burlado,
sus promesas no realizaron,
nuestros derechos han vulnerado,
con el ego bien hinchado,
miles de millones se han fugado,
y con mucho más se han quedado.
¿Volverán algún día los votados
a cumplir con lo que han pactado?
¿Volveremos a comer, vestirnos, trabajar, dormir y vivir cuidados?
-Nunca más, nunca más...
De este bicho me he cansado, ya no hablo más, me he callado;
tantos ya nos han engañado,
tantos otros, sobornados,
han pasado, disimulando
han venido y se han marchado,
sin dar cuenta nunca de sus pecados.
A mi cama regreso, suspirando,
mientras miro al techo oigo que el gato
se me ríe, ronroneando,
yo desgraciado, él afortunado,
siete vidas, cae parado,
es la muerte, que se ha encarnado,
en el animal más inesperado;
tantos otros ya han saltado
sobre el techo de mi cuarto
con un maullido desesperado,
tantos otros me han observado,
pero en la noche se esfumaron...
-Nunca más, nunca más...
2
Al acecho
En un rincón oscuro
su silueta se mueve, invisible;
viene, va, vuelve,
al acecho de una presa,
busca algo que conozco, pero que a la vez ignoro.
Mi camino se estrecha, mi aliento se atora en mis oídos;
cada vez más cerca de su objetivo,
él sabe que el aire está cargado de lluvia.
Aprieto el paso con energía, ese gato me está mirando;
me sigue, se detiene, se esconde tras una esquina,
respiro hondo y vuelvo la mirada sobre mi hombro;
sé que está ahí, pero no lo veo más, lo cual me preocupa.
Reanudo mis pasos en el callejón, ya falta cada vez menos...
él, en las sombras, acecha las calles vacías;
sólo mis pasos se escuchan,
la luna es el ojo de un búho horrorizado,
las nubes negras cubren el cielo,
el gato salta, desapareciendo sobre un techo alto;
ya casi llego, cuando de golpe me resbalo;
es entonces cuando el gato regresa, preparado,
sus ojos son gotas de fuego avivado
por la presa que entre sus garras ha cazado.
Un único maullido se oye en la noche silenciosa,
Comienza el temporal y el gato cubre amorosamente su premio,
No vaya a ser que la sangre del ratón se mezcle con la de los hombres.
3
Domesticado
Me ha parecido ver un gatito domesticado
en la casa de Bibiana, la vecina solitaria,
es blanco, con rayas marrones a los lados,
tiene el pelaje suave, como las plumas de un ganso,
dos ojos verdes como dos bosques miniaturizados
y un hocico negro, como la punta de una lanza oxidada,
una cola larga, cual oreja de conejo,
con dos equiláteros por orejas,
cara larga de un perro.
No maúlla nunca,
parece un muerto viviente,
durmiendo en la azotea con los ojos abiertos
cual serpiente de fuego azul y de lágrimas de helecho.
Sus pisadas dejan huellas diminutas,
andando a paso lento,
como un viejo con bastón para andar caminando,
serían las de un niño pequeño, pero libre y salvaje.
Yo le dije que grite si se siente en peligro,
o perdido en la soledad de la selva urbana,
o que bostece si quiere acomodarse
en la alfombra descascarada,
o si se asomaba por mi ventana,
que saltara a mis brazos, que se quedara en mi cama,
que durmiera en posición fetal
o en alarma permanente.
Pero heme aquí, domesticado,
yo también me dije a mí mismo que gritara
si me sentía perdido, en medio de la selva urbana,
prefiero cualquier almohada,
incluso esta alfombra descascarada,
que la cacería y la revuelta contra la vecina,
que ayer me lanzaba escobazos e insultos,
pero que hoy me programa la comida y el agua,
como un pez pescado en un río contaminado...
Por eso hoy creo haber visto un gatito domesticado,
su nombre lo ignoro, pero me da lo mismo,
duerme en la azotea, con permiso para no ronronear,
si salta no puede salir de su zona de seguridad,
si lo pierden de vista, puede que descubra la libertad...
Si me escapara yo también, me darían a escoger:
o el ratón o el pescadito,
o la alfombra o el callejón frío,
vivir agazapado o morir con un maullido,
muerte salvaje, o domesticado gatito.
4
Sin ratón no hay gato
Desde que nace, hasta que muera, una regla de oro tiene impuesta:
su status está en cazar, su presa temblará;
si hembra es, al macho puede conquistar,
pero si macho, también podría atacar.
Siempre la regla de oro, es inamovible;
está quien caza, quien es cazado,
quien vive, quien muere,
quien consigue casa, quien siempre será de la calle,
El salvaje o el domesticable,
el asustadizo, el atrevido,
la vivaz o la neutral,
pero todos se olvidan de alguien más:
la paloma también vuela,
a veces aliada, a veces presa,
aunque no pueda esconderse, como el ratón pelea;
su vida no tiene ataduras a la gravedad,
sus jefes son amos, pero esclavos del suelo para siempre jamás.
Sin víctima no hay verdugo,
sin explotado no hay explotador,
sin colonia no hay imperio,
y sin ratón no hay gato.
5
Lo infranqueable
Hay un límite que no pasarás:
para algunos, es no matarás;
para otros, no vivirás;
para muchos, volarás;
para los menos, tendrás alas, pero te pesarán.
Para ti, por otra parte, la ley suprema no se ha de enunciar;
pero si debiera, su absurdidad haría que todos los que te rodean se rieran de ti sin parar:
saltarás; sin embargo, tu salto te detendrá en el aire,
porque el aire le pertenece al pájaro,
el suelo al perro, los árboles a los que viven en ellos,
los valles a los conejos, y los campos, a los caballos, las vacas y los cerdos.
A ti, en cambio, ser vagabundo te conviene;
saltar y saltar, y quedar siempre abajo,
porque los gatos no vuelan,
pero tampoco las aves de corral, ni las ballenas son amas de la tierra,
que respiran aire, pero que viven en el océano o en el mar.
No asustas a los que te superan en tamaño,
ni puedes expresar tus lamentos aullando como los lobos o los perros;
tus saltos no se comparan a los de los conejos,
que saltan más alto y más lejos que los sapos;
tu límite, el salto, ni tú mismo, ni otro gato.
Sólo cuando no caes de pie, transgredes la ley;
mas no te aflijas, te queda aún algo por lo que maullar:
tu inteligencia y tu libertad sin igual,
tu astucia y tu sigilo,
tu capacidad para superar los problemas
y para adaptarte a la realidad.
6
Gatocracia
Dicen que en un paraje desconocido, hace mucho tiempo atrás,
cuando todavía el hombre no era dueño de la ilimitada inmensidad,
los primos de los tigres se multiplicaron uno por millar,
y extendieron sus zarpas por todo el lugar;
eran tantos que las ratas comenzaron a temblar,
su astucia indignó a los zorros, que no tardaron en correr,
los grandes leones y gorilas, con sus manadas aguerridas,
frente les quisieron hacer, pero pronto quedó clara la diferencia,
no de tamaño o fuerza, sino de astucia e inteligencia.
Los elefantes, neutrales como pueden ver,
pusieron orden y llamaron a elecciones;
el primero en gobernar fue un elefante, pero su lentitud le mereció rencores;
el siguiente, un león, pero su ferocidad daba miedo a todos los demás;
luego, un tigre, un oso y un cerdo, acordaron dividir en tres los poderes,
pero la cosa se complicó,
entonces el parlamento se disolvió,
y un gorila fue proclamado dictador.
Un zorro lo engañó, y la tranquilidad regresó,
pero su astucia desmedida le ganó la desconfianza de antiguas presas;
con nuevas elecciones, ocurrió que un perro ganó;
pero el perro se enojó y a los gatos amenazó;
nuevas elecciones, un gato las ganó,
y desde entonces hay paz y orden, y nadie ya se quejó.
Claro, excepto por los ratones, que perdieron sus cuevitas,
pero ya saben lo que dicen, ellos son como las ratas, y las ratas
viven bajo los gatos, pero les sirven como perros;
y de gatos rodeados de ratas, nada bueno puedo salir.
7
Lucha de clases: gatos, perros y ratones
Se va a poner brava la cosa cuando los gatos se emancipen al fin:
no tanto de los humanos, que les dan de comer, sino de otros coetáneos,
que antes los acosaban, pero que hoy les llegan a temer.
Cuando los gatos hicieron la revolución, prometieron pobreza cero,
crecimiento económico, baja inflación;
comida para todos, mientras fuera de gato,
emprendimientos con seguros sociales,
empresas con contratos de dos renglones,
y hasta bebederos gratuitos en todas las plazas de la ciudad.
Los perros ladraron y ladraron, en vana acusación,
pero cayeron en oídos sordos, ¿quién los iba a escuchar?
Un perro es leal, pero un gato, independiente.
Los nuevos sin techo, por su parte, se pusieron a protestar,
pero los reprimieron, o se los comieron los nuevos amos.
Los perros al bozal,
los ratones a las cloacas,
hoy todo gato tiene su casa,
total, peleas de gatos no faltan
aunque la población felina, quién sabe por qué,
hoy tiende a bajar.
Dicen que el caníbal es un monstruo,
pero si el ratón te come la lengua, no dudes en gritar,
que cuando hay gato encerrado, hay que sospechar;
que los problemas no existen, pero que los hay, los hay.
Algo hay que comer, por pura necesidad.
8
El gato emperador
Entre la tierra, el mar y el cielo
de pie o sentado, estancando el tiempo,
mirando hacia el firmamento estrellado o al suelo rebajado,
meneando tu cola, como al acecho,
espiando cada esquina, agazapado en silencio...
insensible a las fuerzas del mundo, lluvias y vientos,
gobiernas tu palacio, con garra de hierro.
Tus pupilas feroces, dos trozos de piedra fría,
se asemejan, empero, a dos flechas ardientes, flamantes de fuego,
que inspiran y queman, en todo su incendio,
a tus amigos respeto, a tus enemigos miedo.
Amo y señor eres, sin duda,
de tu palacio, desde tu alcoba obscura,
ante la que ninguna criatura está segura,
en la que entran pocos, pocos de ella salen,
a través de una puerta oculta,
porque la ventana es la tuya.
Cuando no se te da por deambular por el palacio, de noche o de día,
saltas por los puentes, caminas sobre sus barandillas,
apropiándote de las torres, de los fuertes y los balcones,
hasta la más alta torre, buscando algo o a alguien...
Cuando no se te da por esas, regresas a tu trono,
real o imaginario, invisible a los ojos del resto de nosotros,
para quienes viven a las afueras de tu palacio,
agitados sus corazones por dolores bastos,
y sus vientres, por el hambre y la sed de días y de años;
para quienes vivimos dentro, excepto para las sirvientas,
que si son de alta cuna y cortesanas, conocen tus escondites;
porque para los que no frecuentamos tus reuniones,
el trono sigue ahí, cubierto de almohadones,
aunque, de manera intermitente, hagamos acto de presencia,
cuando nos ordenas abrirte las puertas,
cuando te servimos todo en bandeja,
si limpiamos las paredes y barremos las alfombras,
si no fuera así, dormiríamos en mazmorras.
Tus amigos son siempre variados, mejor si son tantos,
porque tus enemigos, dicen todos en palacio,
conocidos o no, su número va aumentando;
dicen que te frecuentan otros gatos,
pichones, palomas, ruiseñores,
elefantes, zorros y ratones,
perros, lobos y halcones,
ratas, cocodrilos y hasta dragones...
y hay quienes dicen que sólo son rumores.
Dicen los ancianos que alguna vez antaño,
gato naciste, bien cuidado y alimentado,
amigo fuiste de todos en palacio,
y mejor amigo tuviste, por acaso,
al rey, de vientre ancho,
alguna vez bueno con su pueblo, hasta conocer tus encantos,
el rey gordo se volvió también avaro,
excepto contigo, su consejero más avispado,
murió viejo y solo, sin funeral alguno,
excepto si te contaran, único compañero de su última luna,
no sin antes dejar órdenes a todos en palacio,
de que te edificáramos un monumento y te erigiéramos en soberano,
dejándote en herencia todo: su trono, palacio, reino y manto.
Hasta su familia, los nobles y los campos,
sus dos hijas te siguieron cuidando y amando,
pero tú, que eres gato, sólo pudiste dejarnos suplicando,
no amas a nadie, excepto gatas trasnochadas en un camposanto,
una de las hijas fue hechizada por un brujo de la noche,
la otra, perdida, se encerró en la más alta torre,
llorando de pena infinita, hasta inundar su cuarto,
dicen que murió de pena, aunque los sirvientes nunca la encontraron:
sólo hallaron sus joyas y su vestido, hecho jirones como un trapo,
sus agujas de coser y sus zapatos de oro blanco,
tal vez una noche, dicen algunos, un príncipe invisible la haya raptado,
mas en el reino nadie jamás la ha encontrado;
sin embargo, los locos y los ancianos, han atestiguado un raro milagro;
una paloma blanca, deslumbrante como la princesa desaparecida,
volando por los muros de palacio, torres y calles sin descanso,
hasta que, un día desafortunado, dicen que tú, ruin gato,
te abalanzaste sobre ella, desapasionado, para comerte sus entrañas,
y de la pobre paloma blanca queda, oh, desventurados,
solamente sus restos, dos alas sin plumas y un esqueleto desvencijado.
Mas sigues buscando, como desesperado, oh cruel gato,
a alguien o algo, como desamparado,
enloquecer al viejo rey de antaño nunca fue para ti demasiado,
quizás una amada o amante buscas en el palacio,
tu condena es vivir mientras puedas, inconsolable, como animal extraviado,
tu odio por nuestros cuellos no calmará tu propia pena.
Hoy intentaste acabar con todo finalmente,
te subiste a la ventana de tu alcoba inescrutable,
miraste al horizonte y saltaste,
pero lo que para otros sería un milagro, para ti fue desgracia:
pues caíste de pie, con toda tu gracia,
mas corriste asustado, por miedo al pueblo hambriento y sin que les hiciera gracia
que al caer no murieras en el acto, para facilitarles la tarea,
conseguir comida es más difícil sin nada en la panza o en la muela.
Sin embargo, me he ido por las ramas, cual pájaro cansado,
mejor les sigo contando lo que, días más tarde, acaeció con nuestro señor gato.
Un niño travieso, cuyo nombre he vivido ignorando,
dicen que es hijo de un noble cortesano
y de la ama de llaves, cuyo nombre descarto,
dicen todos en palacio, que vio venir corriendo al emperador, el gato
y, sin previo aviso, le abrió la puerta de su desordenado cuarto,
en el que aquel se escondió, por mucho rato;
sus padres, sin embargo, lo persuadieron para que devolviera al señor a su trono,
cosa que el niño intentó, sin buenos resultados:
le gritó, lo acarició, le hizo cosquillas, entre tanto,
lo zamarreó, lo pateó, lo pinchó con un tenedor muy largo,
le dejó comida, la habitual y los manjares humanos,
lo mordió, lo acostó, le dio vino blanco y frutillas,
lo vistió, lo abrazó, lo arrastró y le tocó en violín lo poco que sabía,
hasta que, imprevisiblemente para todos los que lo veían,
el gato saltó, llegando en poco tiempo a su trono alto,
aunque dicen que entonces, una humilde sirvienta, que lo estaba limpiando,
-¿quién lo diría?, ¡el trono no era simplemente imaginario!-
sin mirar a su alrededor, se giró rápidamente, sin pensarlo,
tropezando con el señor, que sufrió, dicen, un potente desmayo.
Todavía hoy, queridos oyentes de este extraño relato,
hay quienes esperamos que nuestro nuevo amo, el gato,
reaparezca por su ventana, en la inexpugnable –o no tanto-
alcoba de su antiguo amo, silencioso y agazapado,
para alzar, con felina astucia suya
una pequeña garra de hierro imaginario,
mirando hacia el horizonte en la penumbra,
hacia el cielo estrellado, o al suelo deshabitado,
pero aún –dicen- se esconde, desmayado,
más allá de la vista de sus lacayos.
Los desamparados, según me han informado,
ya no comen gato, prefieren morirse de algo más sano,
una vaca o un chancho, o incluso un caballo de los campos,
yo, como una vulgar rata de alcantarillado,
y como cucaracha del reino de al lado,
no soy ni perro ni gato,
pero he comenzado a contentarme, puesto que me han gustado,
con las palabras de los hombres y con sus miserias de tantos,
como sus restos y deshechos, de comida y de reinados,
que si el gato es rico y no pobre,
nunca me perseguirá para comerme, mas preferirá atenderme,
porque los reinos se desmoronan a pedazos,
pero un gato desconocido mantiene
con sus garras los palacios.




[1] Piénsese, por ejemplo, en todas las series de dibujos animados que tienen al gato como protagonista, como Garfield o los Thundercats. No obstante, creemos que Kid vs. Kat es un caso excepcional, al mostrar a Señor Gato, principal antagonista, tanto como animal sagrado así como animal maldito, querido por unos y detestado por otros, aún si el cariño y cuidado que Millie le da está garantizado únicamente por su sagrada ignorancia de la verdadera naturaleza de aquel, a saber, el hecho de ser un gato extraterrestre.
[2] Véase Michie, David, El gato del Dalay-Lama, 2012.

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