Los Comienzos del Guerrero
Capítulo 1
Kasunaru llega a Kakureta rokkubirejji
Aquella mañana de enero, el sol despuntaba ya
en su primer despertar del día, alumbrando el mundo desde los cielos hasta los
lejanos horizontes. Día por demás inusual, ya que el mismo se pintaba
primaveral, a pesar del largo invierno hace poco empezado. Tras kilómetros y
kilómetros de quejumbrosos árboles que reunían un bosque extensísimo, el Mugen
Tsuyu, se abría al tocar su parte sudoeste, un extenso claro de verdes montañas.
Kakureta rokkubirejji,
o la Aldea de la Roca Escondida, se elevaba soberbia entre los accidentados
terrenos, rodeada de pequeñas y medianas colinas por su parte norte, oeste y
sur.
A las puertas de la aldea, un grupo de
alrededor de doscientos guerreros, enfundados en sus marrones y plateadas
armaduras, algunos montados a sus caballos de guerra, a pie la mayor parte,
guardaban las puertas de roble y roca recientemente construidas en el extremo
oriental de la ciudadela. Uno de los que se encontraba más cerca del bosque,
con una libreta y una pluma en una mano y un cuchillo en la otra, paseaba su mirada
por las inmediaciones del claro, aún tranquilo a pesar de los avistamientos
recientes de shinobis. A lo lejos, a media mañana, divisó una comitiva de
gente.
-¡Alto ahí! ¿Quiénes son?
Un hombre robusto, con atuendos que mezclaban
los hábitos de un monje budista con las maneras de un guerrero, al parecer
quien dirigía la marcha, se adelantó, dando antes órdenes al grupo de que se
detuviera y esperara una señal.
-Disculpe, honorable samurai. Mi nombre es
Kento Atsumarabutra, y dirijo esta caravana que puede ver a pocos pasos de
nosotros. Mis respetos, esperamos encontrar una buena acogida en esta aldea,
mañana seguiremos camino rumbo al norte.
-Un momento, podrán pasar todos, pero antes
necesito que se identifiquen y registren todos, por favor. Sé que es una medida
algo exagerada, pero es necesaria, si queremos impedir el ingreso de shinobis
en las Naciones Samurais.
El que dirigía la caravana accedió, y en
menos de tres horas, los más de cuatrocientos viajantes fueron registrados,
tras lo cual Kento se dispuso a realizar su cometido.
-Un momento, ¡tú! ¡Sí, tú! Ese del pelo
enmarañado y con la bolsa al hombro. ¡No te identificaste! ¡Ven aquí e
identifícate! –exigió el portero.
El señalado, que no tendría más de doce años,
que había quedado rezagado al final del grupo, llegó arrastrando los pies
cansadamente ante el guerrero. El chico era rubio con los ojos de un fuerte
color verde bosque, y vestía con unos harapos grises, que alguna vez podrían
haber sido de otro color.
-Muy bien, ¿cómo te llamas?
-Ka ... su ... nar ... u ...
-Lo siento, no pude oírte bien; ¿cómo dijiste
que te llamas?
-Kasu-naru... Kasunaru ... –el muchacho se
quedó sin aliento, mientras tosía audiblemente-. Kasunaru.
-Bien, muchacho. Pareces muerto de sed y de
hambre; espero que te portes bien, esta aldea es muy estricta, hablo en serio.
Ah, y no te olvides de usar el aseo público, también es para extranjeros –dijo
el hombre, haciendo que sus compañeros se rieran.
Sin replicar, el muchacho avanzó y se
introdujo en la aldea, escoltado por las cientas de miradas de los guerreros.
Al quedar solo con el comandante de la
caravana, que ya había terminado de acomodar al resto en la ciudad
temporalmente, Kasunaru lo observó con un rostro famélico pero altivo. En
cambio, el otro lo miraba con gesto condescendiente.
-Lo siento, muchacho; pero no he logrado
conseguirte un lugar para que duermas esta noche. ¿Te queda dinero?
-No, señor. Unos bandidos me robaron las
últimas monedas que tenía la otra noche.
-Bien ... No importa. ¿Sabes qué? Toma esto
–el hombre, con pena en sus ojos, revolvió entre sus gastados bolsillos de su
traje remendado, y sacó algunas monedas, que entregó al chico-. No es mucho,
pero te alcanzará para esta noche; podrás alquilar algún cuarto barato si
quieres, y para lo necesario de comida y ropa para una semana. Sin embargo,
entérate que ya no podré ayudarte de ahora en más, por lo que si decides
continuar con nosotros, tendrás que mendigar, hasta que lleguemos al siguiente
monasterio budista; hasta entonces, probablemente mueras en el camino.
-No, gracias; creo que me quedaré aquí, al
menos hasta que consiga que alguien me escuche, alguien como usted. Gracias por
todo; adiós.
Estrechándose las manos, joven y viejo se
despidieron, marchándose cada uno por su lado.
-Disculpe, señora; ¿cuánto cuestan esas
verduras de ahí?
-Depende; ¿sabes negociar? ¿Tienes suficiente
dinero?
-Hm ... a ver ... –Kasunaru rebuscó en sus
raídos bolsillos, y extendió las veinte o treinta monedas de oro y plata que le
habían dado.
-Yo no haría eso si fuera tú, chico; sin
embargo, con esa cantidad te puedo dar diez quilos de cualquier cosa.
-Hm ... En realidad sólo con algunas papas y
zanahorias me alcanza; es sólo para la cena de esta noche.
Luego de realizar el modesto negocio con la
mujer que atendía el puesto, kasunaru se guardó las veintinueve monedas que le
quedaban en uno de los bolsillos, mientras hacía lo mismo con las verduras,
pero en la bolsa que llevaba atada a la espalda.
Al cruzar la esquina, alejándose del mercado,
el joven fue de repente abordado por tres adolescentes mayores, tal vez no más
de un par de años por encima suyo. Iban armados con cuchillos de cocineros, y
aunque vestían pobremente, mantenían un porte de autoridad, por lo que su posición
social sería superior, al menos, a la de un indigente, como la del recién
llegado.
-¡Oye tú, mocoso! –dijo uno de los tres, el
más alto de todos, encabezando el grupo-. Acabamos de ver que llevas en tus
bolsillos una gran cantidad de dinero; ¿no te gustaría compartirlo con
nosotros?
-¿Eh? No sé de qué están hablando; soy nuevo
aquí, llegué hoy, y...
-Vamos, no es algo tan difícil; sólo queremos
que compartas algo de ese dinero con tus nuevos amigos. Si quieres, podemos
enseñarte la ciudad, aunque eso va a costarte más caro. –dijo otro, que
acariciaba distraídamente una barba gris y mugrienta.
-En serio, no termino de entender lo que
quieren; es cierto que tengo algo de dinero, pero soy pobre, y no me alcanzará
para mucho tiempo, un mes con suerte. Sin embargo, creo que podrían ayudarme a
obtener algún trabajo por aquí, aunque yo puedo recorrer la ciudad por mi
cuenta, suelo andar solo.
-Veamos, veamos; amigos, parece que el
pequeño es un ingenuo que no conoce cómo se hacen las cosas por aquí. Es
sencillo –continuó el tercero, un gordinflón de manos grasientas que había
guardado su arma por un momento-, sólo entréganos diez o doce de esas monedas
brillantes, no hay necesidad de hacer más nada por ti, a menos que desees
acabar en el hospital.
De repente, una silueta pasó velozmente por
el lado derecho del niño, descubriéndose como un guerrero, con una máscara que
le cubría los ojos, además de un tabardo rojo y pantalones blancos.
-¡Basta! ¡Déjenlo en paz!
-Vaya, qué sorpresa; ¿y qué puede hacer un
samurai contra nosotros tres? –dijo el gordo, provocando una risa general entre
sus compinches-. Además, por lo que se ve, se trata de un aprendiz, va a ser
como limpiarnos los zapatos.
-Cuida tu boca, puede acabar rota –dijo el
guerrero, sin inmutarse siquiera. Era al menos cuatro centímetros más alto que
Kasunaru, pero tenía el aspecto de ser de su edad o tal vez un año mayor; su
cabello era pelirrojo y sus ojos relucían en un furioso color azul a través de
su máscara de un pájaro, de color roja-. Ahora, ¿van a decirme qué están
buscando?
-¿No es obvio? El chico trae un montón de
dinero, y con la mitad nos alcanzará para una noche en la casa de té de la
señorita Minoko –dijo el más alto, cruzándose de brazos y sonriendo.
-Eso podemos arreglarlo; simplemente déjenme
que les de una patada, van a llegar allá en un par de segundos, cortesía del
Akawashi[1].
-¡Muy gracioso, guerrero! Si te crees tan
rudo, ¿por qué no intentas hacerlo? Tenemos ganas de cortar algo, la cocina no
está cerrada –dijo el gordo, enfadado.
-Será un placer, amigos.
Los tres atacantes, furiosos y con sus armas
en alto, corrieron hacia el guerrero a toda velocidad, pero se pararon en seco
a un par de pasos del mismo. El samurai, con las manos abiertas apuntando al
cielo, hizo unos movimientos extraños, luego de lo cual se arrojó sobre sus
oponentes y, golpeándolos con las puntas de los dedos, los echó literalmente a
volar, con un fuerte grito por respuesta. Asombrado, kasunaru simplemente se
quedó en shock, con los ojos como platos.
-ya está, no seguirán molestándote. ¿Eres
nuevo aquí?
-¿Cómo hiciste eso? ¿Eres un dios o algo así?
-¿Qué, eso? –el guerrero simplemente se rió,
mientras le extendía una de sus manos al muchacho para estrechársela-. ¡Oh,
vamos, no voy a hacerte daño! En serio, no voy a hacerte volar por el aire,
claro, a menos que me lo pidas.
-¡no, gracias! Pero es que jamás había visto
algo así en mi vida. Por cierto, soy Kasunaru. ¿Cómo te llamas tú?
-Oh, qué tonto. Olvidé presentarme yo
también. Primero busquemos algún sitio más apartado, no vaya a ser que esos
tipejos quieran la revancha.
Asintiendo, kasunaru comenzó a seguirlo,
mientras su compañero caminaba con la mirada atenta en diferentes lugares, como
quien evita que lo descubran espiando. Al llegar debajo del de un techo de paja
de un negocio que hacía el receso del mediodía, decorado con un par de lámparas
de papel multicolores, el samurai se relajó, invitando a kasunaru a sentarse a
su lado en el suelo. Mientras se quitaba la máscara, el niño pudo observar una
serie de cicatrices en el centro de la frente, a lo largo de las cejas, así
como debajo de las pupilas verdes y por debajo de la nariz.
-¿Por qué la máscara? ¿Alguien te busca?
-Digamos que sí, algo así; pero no se trata
de ningún enemigo, es mi sensey, Michiko Kurotoba. Un auténtico fastidio, si me
lo preguntas. Pero también es para evitar que me reconozcan fuera de la
academia, para evitar problemas; ya sabes, por la familia y esas cosas. Ya
resulta suficientemente molesto que te esté prohibido visitar a tus propios
padres fuera de las fechas estipuladas como que para colmo tenga que esquivar a
la gente como si fuera de otro mundo, sólo porque son civiles.
-¿Eh, cómo? No te entendí nada. ¿Acaso no
tienen prohibido ustedes los samurais hablar de esas cosas con extraños?
-Mi sensey no está aquí, así que no voy a
seguir sus tontas reglas, además de que no pareces una amenaza. Ah, me estaba
olvidando de eso; me presento, soy Daisuke Sennokaze. Como ya te habrás dado
cuenta, soy un aprendiz de guerrero, como el resto de mis compañeros.
-¡Increíble! Lo es, ¿verdad?
-Depende; pero dime algo, ¿adónde piensas
pasar la noche? No parece que conozcas la aldea.
-De hecho, así es. Llegué aquí esta mañana, con una
caravana que se dirige al norte; pero pretende quedarme, aunque no es
que realmente sepa qué hacer o adónde ir. Sólo me estoy quedando aquí porque
apenas sé quién soy, y estoy buscando a alguien que me ayude a conocer mi
destino. Además, mi memoria está borrosa desde que tengo siete años, que fue
cuando huí de mi pueblo natal, aunque mis recuerdos comienzan justo el día
siguiente, cuando me desperté en medio del bosque.
-¿y desde entonces vives viajando, sin un
destino fijo?
-Sí. ¿Qué hay de ti? Supongo que te
convertirás en un gran samurai algún día.
-No hay mucho que contar, en verdad. Mis
padres desean que así sea, pero sinceramente no tengo los mismos propósitos;
después de todo, uno llega a cansarse un par de meses oyendo todo el tiempo
murmullos y chismorreos de que tu familia es la más antigua de la aldea, y
cosas así.
-¡ Daisuke, Daisuke! ¿Dónde te metiste?
–se escuchó a un par de metros del lugar en el que estaban.
De golpe, una niña de cabello azul, un par de
centímetros más baja que el guerrero, aparentemente de su misma edad, apareció
por la esquina, canturreando de modo infantil. Al verlos, corrió hasta estar
junto a ellos, quedando sin aliento por un momento, y sonriendo ampliamente.
-¡Daisuke, al fin te encuentro! Creo que eso
significa que yo gano.
-¿No me escuchaste? Te dije que ya me había
cansado de jugar al escondite, tonta. ¿No deberías estar entrenando con Michiko
sensey?
-Y yo te dije que ya acabó por hoy mi
entrenamiento matutino, recién vuelvo a las cuatro. ¿y qué haces sin tu
máscara? ¿Qué tal si alguien te ve?
-Lo liquido, así de sencillo. Ah sí, te
presento a mi nuevo amigo, kasunaru; Kasunaru, te presento a Sadashi Akiyama.
-¿Qué? ¡Ah, sí! ¡Hola! Qué gusto.
-Hola –dijo kasunaru, distante; no estaba
acostumbrado a tratar con personas tan efusivas-. ¿También eres amiga de Daisuke?
-Digamos que sí, llámalo así si quieres. Pero
tenemos prohibido hablar con cualquier persona que no esté relacionada con la
academia. Sin embargo, odio las reglas, son para idiotas; ¿eres nuevo por aquí?
-Sí, llegué hoy. Veo que también las chicas
son rudas por esta zona.
-¡Por supuesto! Sólo trata de aprovecharte de
alguna chica aquí, te prometo que eso no terminará bien para ti. Aunque supongo
que tú no serías ese tipo de personas; es bueno encontrar más de uno que se
comporte correctamente, aparte de Daisuke.
-Oye, recién llega al pueblo, no lo trates
como si intentara algo malintencionado.
-Lo siento, mis modales. Soy Sadashi,
encantada de conocerte. Hm ... –la niña analizó al chico de arriba abajo, como
una madre a su hijo que viene empapado de la calle y no desea ver su casa llena
de suciedad-. Espera, ¿tienes hogar? ¿Sabes adónde quedarte?
-¡ya quisieras! No realmente.
Luego de ese comentario, Kasunaru desvió la
mirada y los tres se quedaron callados por un par de minutos.
-Sí, por supuesto; pero no me gustaría luchar
sin un motivo para hacerlo, o bajo un señor despiadado –estaba diciendo Daisuke,
con mirada meditabunda-, tampoco es mi único propósito volverme un guerrero. Si
cesan los conflictos entre las naciones samurai y las ninja algún día, creo que
podría dedicarme a criar pájaros, que de todos modos era la pasión de mi
abuelo, antes de que lo mataran unos bandidos indignos.
-Sé que debo aprender a controlar el vuelo de
mis shuriken mágicas, pero en cuanto termine la academia, mi sueño es dedicarme
a las artes de palacio, algo mucho más sencillo y menos peligroso que
enfrentarse cada día a la posibilidad de morir –dijo Sadashi, dando su opinión
respecto al tema propuesto: los deseos para el mañana-. ¿y tú, Kasunaru?
-¿Eh? ¿Qué quieres decir?
-¿Cuáles son tus planes para el futuro? –dijo
la niña.
-No tengo ni idea, desde que tengo memoria he
vivido en los albergues y a la intemperie, sin un sitio fijo para dormir, a
veces me he dedicado al robo y a la estafa, con tal de conseguir algo de comer;
aunque si me dieran a elegir, personalmente me gustaría gobernar un país o algo
así.
-¿Gobernar? ¿En serio? –dijo Sadashi,
incrédula-. ¿A quién en su sano juicio le gustaría llevar el peso de toda una
nación sobre la espalda?
-No estoy diciendo que vaya a ser fácil; sólo
quisiera que no hubiera tanta injusticia en el mundo, y creo que solamente
teniendo en mis manos un poder así podría frenarla. No quiero que nadie sufra lo mismo que yo. Además, no me miren así, yo
odio estudiar, aprendí a leer por pura casualidad; de hecho, ahora lo que más
deseo es convertirme en un guerrero, ya que pueden hacer lo que quieran y nadie
se burla de ellos.
-No es tan cierto eso, en la academia es
normal que los mayores se burlen de los más pequeños, y generalmente los demás
los respetan y temen, ya que saben que su fuerza es grande y desconocida. Sólo
no he pasado por eso gracias a que mi familia es rica, y porque las chicas y
los maestros ya me tienen suficientemente harto y humillado sólo con sus
murmullos.
-¡Pero es que yo quisiera ser como ustedes!
No hay bandidos que les esté robando, la gente los respeta y saben qué hacer y
qué decir en el momento justo. Detesto que los demás se rían de mí y me llamen
jovencito, renacuajo o mocoso, como si tuviera cinco años. Si yo fuera un
guerrero, ninja o samurai, nadie volvería a burlarse de mí de esa forma jamás,
¡se los aseguro! Al menos podría vivir tranquilo.
-Oh, no. –Sadashi miró por encima de su
hombro.
-Ya empezamos –dijo Daisuke, fastidiado.
-¿Qué? ¿Fue algo que dije?
-Shh –dijo Sadashi, mirando en todas
direcciones-. Puf, menos mal –suspiró.
-Baja la voz, niño –dijo Daisuke-; tenemos
suerte de que nadie te haya oído, aparte de nosotros.
-Estoy confundido; ¿qué pasa?
-¡No vuelvas a decir eso! –dijo Sadashi,
enojada y asustada al mismo tiempo-. ¿No sabes que está prohibido decir ese
tipo de cosas? Aquí ser un ninja es peor que ser un ladrón, un asesino o un
violador; la gente corriente les teme y odia, y los samurais aprietan los
dientes y rugen de ira cada vez que oyen pronunciar esa palabra. Cuando un
samurai enemigo aparece por la aldea, todos lo sirven y respetan, porque
ignoran los motivos de la contienda y creen que cualquiera que ose llamarse
samurai ha de ser alguien bueno y justo, pero socorren antes al guerrero de la
aldea que al enemigo por orgullo y por lealtad al jefe; en cambio, cuando el
enemigo que llega al país es un ninja, nadie le abre la puerta, los samurais se
pelean para ver quién irá a darle la primer estocada, y también para ver quién
arrastrará su cadáver hasta el castillo o su cuerpo moribundo ante los
verdugos.
-Hay un proverbio en las naciones samurais
que dice: “lucha junto a tu señor, y serás honorable; lucha contra el mal
señor, y serás justiciero; lucha y muere con tus amigos, y serás leal y un buen
amigo; pero traiciona al buen señor, traiciona o mata a tus amigos y huye del
camino dispuesto por tus padres y ancestros, y serás un ninja”. Así son las
cosas por aquí; y supongo que lo mismo ocurre en las naciones ninja: se dice
que allí quien se hace llamar un samurai, es el primero que será llamado
traidor, servil, cobarde, y allí adonde vaya le tienen por enemigo, y si es
inteligente, se convertirá en un ninja entre aquellos, para evitar que su
cabeza sea cortada ante la menor distracción –dijo Daisuke, con el rostro
serio.
-¡Rayos, lo siento! No tenía idea.
-Será mejor que volvamos, el almuerzo ya
estará frío a esta hora, y en un par de horas tendremos que continuar con
nuestros entrenamientos –dijo Sadashi, dispuesta a irse.
-Espera, ¿eso significa que se van? ¿Nos
volveremos a ver?
-Fue un placer conocerte, pero no creo que
volvamos a cruzarnos en la vida. Adiós –y con eso, Daisuke se levantó y siguió
a su compañera por la calle, mientras se recolocaba la máscara.
-¡No, esperen! –Kasunaru, alarmado por la
inminente despedida de los aprendices de samurai, y abrumado por pensar que los
dos primeros amigos que hubiera hecho en su vida lo abandonaran, se levantó de
un salto y corrió para alcanzarlos-. ¡No se vayan!
Deteniéndose un momento para mirar atrás, Sadashi
improvisó un saludo con su mano izquierda, para continuar camino. Kasunaru, que
comenzaba a perderlos de vista, cayó de rodillas a la calle de tierra, sin
aliento mientras algunas personas que salían de una florería dejaban lo que
estaban haciendo para observar la escena.
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