Una misión para comenzar
-Vaya, no sabía que estudiar para ser un samurai
fuera tan duro –decía Kasunaru, mientras acababa de limpiar las espadas de
Ohara.
-Bueno, después de un tiempo terminas por
acostumbrarte –dijo Daisuke, trayéndole una bandeja con bollos de arroz-. Aquí,
lo que más recibes son golpes.
-En realidad, nos sorprende que sigas vivo
–dijo Sadashi, apareciendo por detrás del pelirrojo.
-Ahora que ya pasé mi prueba, ¿qué creen que
ocurra?
-Ahora eres oficialmente un aprendiz de
samurai, felicidades –dijo la peliazul.
-Francamente, espero que llegues a ser un
gran guerrero. Aunque esté prohibido, me gustaría ponerte a prueba algún día
–dijo Daisuke, cambiando su expresión de diversión por una de seriedad y reto.
-¿Qué? –tanto Kasunaru como Sadashi miraron
con desconcierto a su amigo.
-Ya me escuchaste; conviértete en un digno
guerrero, porque espero luchar contra ti alguna vez.
-¡Pero creía que éramos amigos! –dijo
Kasunaru, entre enojado y confundido.
-Eso fue hasta que te admitieron aquí como
aprendiz. Desde ahora, tú y yo somos rivales. –Y con esas últimas palabras, Daisuke
se marchó sin voltearse ni una sola vez.
-No le hagas caso, es uno de sus días de
caza, seguro que es por eso que está de mal humor.
-¿Qué significa eso? ¿De “caza”?
-Cría halcones y águilas para entrenarlos y
entrenarse a sí mismo para las batallas.
-No importa. –Kasunaru desvió la mirada hacia
la dirección en la que había partido Daisuke-. Espero estar listo para
entonces; sé que lo estaré, Águila Roja.
Ya habían pasado cerca de seis meses desde
que el misterioso y nuevo visitante, ya no tan misterioso ni nuevo, Kasunaru,
llegara a la Aldea de la Roca Escondida. Para ponerse cerca del nivel de sus
nuevos amigos, había tenido que recibir una instrucción previa de alguien
llamado Kenzo Itsunakame, llamado por allí el Hombre Mono por razones que
durante cierto tiempo le fueron desconocidas al joven, hasta que el propio Kenzo
le confesó que su apodo se debía a su habilidad para manejarse entre los
árboles.
De repente, un día como cualquier otro, se
presentaron de improviso tres hombres vestidos de forma extraña, al parecer
forasteros. Vestían como los practicantes del Cung Fu, y se veían agotados y
heridos. Uno de ellos, que parecía su líder, elevó su voz para hacerse oír
entre los murmullos del grupo de curiosos que acababa de reunirse en el patio
de la academia.
-¿Quién es el jefe aquí?
-Soy yo. ¿En qué puedo servirles? –enseguida,
hizo presencia el director Kibura, acompañado de un médico samurai, que se
prestó a atender las heridas de los recién llegados de inmediato.
-Somos del País Soleado. Nuestro jefe nos
pidió que acudiéramos al de esta aldea en busca de ayuda, ya que en nuestro
país no existen guerreros. –El que parecía el líder de los forasteros habló,
extendiéndole a Kibura un pergamino-. Aquí explicamos toda nuestra situación
–dijo mientras extraía un par de monedas de cobre y bronce-. ¿Esto será
suficiente para pagar sus servicios?
-En realidad, debo consultar esto primero con
Lord Riku, ya que él es quien se encarga de ordenar las misiones. Acompáñenme,
señores.
Mientras los tres forasteros seguían al
director, los estudiantes reanudaron los murmullos.
-¿Alguien podría explicarme qué está
ocurriendo? ¿Quiénes eran esos tres? –preguntaba Kasunaru, rodeado por su nuevo
grupo de amigos.
-A mí no me mires, nunca nos enteramos de
nada, a menos que los directivos lo aprueben –se apresuró a informarle Miyaru,
quien se encontraba mezclando sus cartas por puro nerviosismo.
-Seguro no es nada de nuestro interés.
Siempre aparece gente así, con informes sobre cualquier cosa a la aldea –dijo Daisuke,
cruzado de brazos. Se llevó una mano a su banda hecha con varias tiras de seda
roja en su frente, una que kasunaru había entendido con el paso de los días que
utilizaba para cubrir su extraña cicatriz en vez de su máscara, ya que estaba
en el interior de la academia-. No debemos intrometernos en los asuntos de los
mayores.
-Uh, chicos, será mejor que volvamos a
clases, el resto de primero ya ha comenzado a irse –apuntó Sadashi, guardando
uno de sus Tessen o abanicos de batalla en su mochila.
Al finalizar las clases ese día, alrededor de
las tres de la tarde, volvieron a oír de los tres visitantes. Según parecía, se
trataba de una misión, y todo el mundo estaba eufórico ya que hacía meses que
no ocurría nada.
-¿A quién creen que se la den? –preguntaba Sayuri, una chica de estatura menor a la mediana, castaña y de ojos café, de tez pálida, cerca
de los tres.
-Evidentemente a ninguno de nosotros –dijo
Koemy, otra chica, ésta más alta, también castaña, que llevaba dos frascos
llenos de insectos en sus manos.
-¡Chicos, esperen! –dijo alguien de repente,
deteniendo al curso. Al voltearse, pudieron ver que se trataba de Kurotoba
Michiko, la sensey de su clase-. Necesito que tres de ustedes vengan conmigo. Daisuke,
Sadashi, Kasunaru, acompáñenme.
Los cuatro se dirigieron fuera de la
academia, y pronto los estudiantes descubrieron que estaban yendo hacia el
palacio del señor. Era un castillo modesto pero no por ello menos regio, de una
única torre de más de treinta metros de altura, en fuertes y vivos verdes y
marrones. Un guardia los condujo a la sala de reuniones, donde se encontraba Lord
Riku, observando un pergamino. Al notar que ellos entraban al recinto, en el
salón central, hizo a un lado su trabajo, centrándose en sus visitantes.
Lord Riku era un hombre robusto, con la piel bronceada, de un metro
ochenta de altura aproximadamente; aparentaba unos sesenta, aunque se veía en
buena forma. SU melena castaña estaba sujeta por un fino hilo de seda verde
atado con una pequeña roca blanca; sus ojos marrones los miraban debajo de un
par de pobladas cejas, sobre unas cuantas arrugas. Tenía una nariz prominente,
sonrisa fácil y mentón saliente. Vestía una túnica ceremonial, el símbolo del Shogun, debajo de un
tabardo –un haori-, ambos verde oscuro, con un dibujo de la cabeza de un oso
con las fauces abiertas entre dos garras, en verde sobre negro, en medio de su
pecho. En su obi verde claro, cuatro cintas doradas brillaban al frente,
símbolo de su estatus como guerrero de mayor poder y rango de la aldea;
finalmente, portaba sandalias amarillas de cáñamo trenzado. Su silla de jefe
era de piedra sólida, completamente verde, excepto por la estera amarilla, que
quedó al descubierto al levantarse para recibirlos. Un enorme tetsubo de
piedra, de dos metros y medio de largo y con una gran roca esculpida en forma
de una cabeza de oso con la boca abierta coronaba la punta, en verde.
-Vaya, no me sorprende, Michiko, estos tres
parecen los indicados. Sólo procura que vayan con cuidado, ¿entendido?
-Un momento, ¿qué está pasando? –Kasunaru
notaba que ahora él no era el único intrigado.
-Una misión, de eso se trata –informó Riku
sonriendo-. ¿Se acuerdan de los tres forasteros que aparecieron en la aldea
esta mañana? Algo muy malo está sucediendo en su pueblo, y necesitan de nuestra
ayuda. Y un samurai nunca rechaza defender una causa justa, por más
insignificante que sea. Así que pensé en darles a ustedes esta misión. ¿Creen
que podrán hacerlo?
-¿En serio? ¿Una misión? –Sadashi parecía
sorprendida por decir lo menos.
-¡Genial! ¡Mi primera misión! –Kasunaru
estaba más que satisfecho, colocándose en una postura de batalla.
-Claro. Cuente con nosotros –se limitó a
expresar Daisuke, sin tanta emoción como sus compañeros.
-¡Bien! Michiko, haz que estén listos para
partir mañana en la mañana.
-Un momento, eso es cuando estoy dando mi
clase. ¿quién se ocupará de hacerlo si no estoy?
-Le diré a alguno de mis ayudantes que te
reemplace hasta que cumplan la misión. Es importante, y creo que te haría bien
salir un poco de este lugar.
-Como ordene, Lord Riku. Así se hará –dijo la
sensey haciendo una reverencia, antes de marcharse con sus estudiantes.
Al día siguiente, partieron los cuatro con
rumbo al País Soleado, que quedaba a treinta kilómetros y a dos ciudades de la
aldea. El pueblo al que irían, llamado Sol azul, era un pueblo pequeño ubicado
al noroeste, diez kilómetros más allá de la frontera.
-¿Qué sabemos del País Soleado, chicos?
–preguntó la instructora, mientras ensillaba sus caballos-. Lord Riku me
entregó el pergamino con las instrucciones de la misión y me explicó lo que le
contaron los forasteros, pero tuve tiempo de buscar en el libro de viajes del
mundo de la biblioteca pública. Sadashi, ¿podrías leer, por favor?
-Claro. “Esta zona es fructífera en toda
clase de frutos y plantas medicinales, así como en trigo y maíz. Estos
elementos son la base de su economía, así como la madera que venden a otros
países cercanos. [...] Es un país apacible, que ha estado viviendo
pacíficamente durante más de ochenta años, ya que no participó de la última
gran guerra samurai acontecida hace diez años. Su posición ha sido neutral
desde que se tiene memoria, y sus gentes son agradables y hogareñas; sin
problemas de pobreza o de delincuencia desde hace más de veinte años...”
-Bueno, parece un lugar que no tendría por
qué recurrir a guerreros –la interrumpió su sensey-. ¿Qué puede haber provocado
que su señor nos solicitara?
-Entonces ¿es un país tranquilo? ¿Nada Más?
Tal vez simplemente quieren que les ayudemos a arreglar una gotera. No me
importaría quedarme ahí por un tiempo –dijo kasunaru, soñando con la idea.
-No seas tonto, nadie llama a sus tierras a
guerreros a menos que sea por algo mucho más importante. Seguro que se trata de
algo grave –dijo Daisuke, de pronto molesto.
-Bueno, las instrucciones sólo dicen que
tenemos que mantener segura la casa de un hombre llamado Takeshi Kizuma. Habrá
que preguntar para saber quién es, pero los soleños me comentaron cómo se veía,
así que tal vez no sea difícil encontrarlo –continuó Michiko, mientras los
cuatro montaban sus caballos.
Cuatro horas después, se encontraron llegando
al país indicado, pero las cosas no eran lo que aparentaban. Todos esperaban
uno o dos policías o soldados de guardia, pero había al menos unos veinte allí,
todos armados como infantería, aunque sin portar armaduras samurai. Michiko les
mostró sus identificaciones, pero los hombres parecían sospechar que ellos eran
enemigos o algo así.
-Espera, ¿esos no son los guerreros que
solicitó el señor Tukuma? –preguntó uno de los guardias, haciendo que los demás
les dejaran pasar-. Disculpen a mis compañeros, todos estamos muy alterados por
todo lo que ha venido pasando. Pueden pasar, no hay problema.
-¿A qué se refiere? –inquirió la bugeisha, encabezando
a su grupo mientras seguía al hombre, quien se apresuró a montar su propio
caballo, para guiarlos al interior.
-Una larga historia. Pero será mejor que les
advierta yo antes de que los pobladores se les echen encima con antorchas.
Incluso nosotros tenemos que andar con precaución, tememos que las cosas sigan
empeorando y no queremos que eso ocurra. Unos bandidos han estado asaltando y
saqueando los pueblos vecinos, pero la policía no ha conseguido atraparlos.
Pensábamos que eran simplemente un grupete de niñatos, hasta que uno de mis
compañeros se topó con ellos de frente, y de él sólo conseguimos recuperar su
cadáver. Tenía heridas profundas de lo que sospechamos son armas de guerreros.
Por eso nuestro señor ha solicitado su ayuda.
-ya veo –dijo la guerrera, asintiendo-. ¿Qué clase de armas? ¿Shuriken,
cuchillas? ¿Navajas?
-No, señora; más
bien se veían como cortes de espadas largas. Como de... espadas samurais.
-Imposible. Nuestros
enemigos actuales son los ninjas, ¿cómo es que las heridas son de armas
samurai? Eso no tiene ningún sentido.
-Mi tarea es
informar, no hacer conjeturas. Soy soldado, no detective, señora. –El hombre se
limitó a quedarse callado por el resto del trayecto hasta el siguiente pueblo,
indicándoles con un gesto de su lanza que se detuvieran-. Es aquí. Pregunten
por un hombre alto, uno que viste como un artista marcial.
-De acuerdo.
Gracias.
Al adentrarse en el
lugar, descubrieron, todavía más aturdidos que antes, que algo no andaba bien
en este país: se suponía que las gentes de aquí eran hogareñas; esperaban
encontrar vecinos en las veredas, conversando quizá; en su lugar, todas las
puertas de las casas de madera de una sola planta estaban cerradas, y en la
mayoría sus dueños habían clavado maderas o trozos de metal, como si quisieran
dejar algo o a alguien peligroso fuera. Al llegar a una plaza en el centro,
descubrieron que los árboles habían sido quemados, los bancos estaban tirados
por todas partes, y alguien acababa de apagar una fogata horas antes, ya que
habían signos de fuego por el suelo. El aire olía a sangre y tierra quemada, y
una pequeña humareda se elevaba desde algún sitio en la distancia.
-¿Qué rayos pasó
aquí? –dijo a nadie en particular kasunaru, desconcertado, compartiendo con sus
amigos una mirada de temor.
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